lunes, junio 05, 2006

En Estambul

Había dejado de nevar.
Les vi casualmente desde un taxi junto al muelle de Kuruçeşme, camino de Bebek, en medio del atasco provocado por un accidente de tráfico. A través de la ventanilla asperjada por copos de nieve derritiéndose, contemplé su asimétrica discusión.Ella, abatida, apoyada sobre un pretil, con la vista fija en el agua chocando obstinadamente contra la orilla, escuchaba los argumentos de Ilan, incapaz de permanecer quieto y a quien parecía escapársele la vida palabra a palabra. Sin tardar, él calló; mostraba una rigidez ominosa. Rüya se incorporó, le acarició el rostro y se alejó lentamente, alicaída y cabizbaja.
La nieve retornó; mas no retornó sola. Ella regresó corriendo; sofocada, se plantó ante él, le miró como quien se asoma a un abismo y le arreó un bofetón. Luego le abrazó, le sepultó en oleadas de lágrimas e hipidos. Acabaron devolviéndose la vida boca a boca, agarrándose de los cabellos, sorbiendo sus propias existencias compulsívamente, al ritmo creciente de la nevada. Así permanecieron, bullentes, palpitantes, calados hasta los huesos, bajo la argentería crepuscular del Bósforo.
Mi taxi reanudó su carrera.

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Detuve el vehículo en el evocador portal de la calle Valikonağı. Nada iba a ser lo mismo porque todo empezaba de nuevo.
- Hola, mi querido Ilan. Un momento...
Dobló el cuerpo con la facilidad de una gimnasta, ahuecó su guedeja con ambas manos y recobró su postura de golpe, como un resorte, terminando de atusar la nebulosa de bucles trigueños.
Tu melena, cual rebaño de corderos ondulante por las pendientes de Galaad.
- Ya está… Ven, dame un beso.
La imagen siempre rediviva de Rüya se encarnó en la palidez ebúrnea de su piel, sus piernas torneadas con exquisitez impropia de la especie humana y unos ojos que definían el adjetivo turquesa.
Rüya completó el proceso combinado de aseo, cosmética y atavío de imprescindible observancia «sólo para presentarme con dignidad» ante sus congéneres al punto del crepúsculo.
- Es la hora. ¿Me acompañas?
Poco antes de la hora exacta, Rüya encendió las dos neviot y quedamente recité la bendición en mi hebreo intemporal.
Bendito seas, Señor, nuestro Dios, Rey del Mundo, que nos has santificado con Tus preceptos y nos has ordenado encender las velas del Shabat.
Después introdujo su pañuelo de los viernes en el bolso y salimos prestos, rumbo a la mezquita de Ortaköy. Si no nos dábamos prisa, llegaríamos tarde a la oración del anochecer.
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