jueves, julio 20, 2006

Homo homini lupus (y II)




Otro fragmento de la conversación.





Hicieron un pequeño alto en la conversación, mirándose intensamente. Nora enseñó sus cartas.
- No lo digo por decir —insistió ella—. Si te soy sincera, no creas que no me escandalizan tanto esas ideas como estaba haciendo ver.
- Lo suponía. Si no, no hubiera seguido por ese derrotero y me hubiera puesto a hablar del crecimiento del calabacín o de la lluvia en Sevilla.
- Lo que quiero decir es… que no es la primera vez que las oigo, aunque nunca de forma tan feroz. Hay personas a quienes quiero y admiro que tienen opiniones parecidas.
- No te veo del brazo de un novio antisocial y pesimista —bromeó Pablo.
- Siendo así, tendré que descartarte. Una lástima —Nora disfrutó durante un largo segundo de su revancha dialogística y la sonrisa de Pablo—. Como digo, conozco a otras personas con esa tendencia... eh, ¿cómo era?… ah, antisocial, y creo que sé a qué se debe —hizo un larga pausa, deleitándose por dentro y de antemano por lo que iba a decir.
- Venga esa revelación, que me tienes en ascuas.
- Los que decís eso, y queréis creerlo, sois gente con un gran amor por todo el mundo, con grandes deseos de hacer algo útil y hermoso por los demás, hasta que veis cómo vuestra fé en el mundo y en los demás, e incluso en Dios, se trunca poco a poco, puede que a veces de golpe, por la falta de respuesta de los demás, del mundo o de... no, de Dios no creo, pero sí de quienes se atreven a hablar en su nombre y no hacen sino mancillarlo. Es, digamos, como un amor no correspondido.
- Si no puedo hacer que me quieran haré que me odien.
- Exacto. Además, esa fé herida se agrava con un sentido de la responsabilidad que puede llegar a ser agobiante. El esquema es el mismo en estos casos, siempre se repite, de una manera u otra. Veis que el mundo, o una parte de éste, o una persona, lo que sea, necesita ayuda, y acudís rápidamente a arrimar el hombro. No lo hacéis buscando la recompensa ni el agradecimiento, pero la realidad es demasiado dura: no sólo no se agradece esa colaboración o, cuando menos, se ignora, sino que se desprecia olímpicamente y en ocasiones hasta se os echa a patadas… Hablo simbólicamente, por supuesto. Y aquí viene lo mejor: a pesar de lo ocurrido, seguís pensando que no habéis hecho cuanto podíais, que sois vosotros mismos quienes no os habéis esforzado lo suficiente, o que habéis fallado, y seguís sufriendo porque las cosas no van bien. Lo intentáis de nuevo, y vuelve a pasar lo mismo. Os creéis responsables, aunque sea en parte, de las desgracias que surgen en la vida, de los terremotos, de los genocidios o hasta del paro. Aunque no lo sepáis, tenéis una idea muy noble de las cosas. Demasiado noble, incluso. Por eso cargáis con una responsabilidad que no os corresponde y que se disfraza de rechazo. Al final, hay quienes acaban integrándose en cierta manera con los demás, adaptándose a lo que hay, y se hacen misioneros o voluntarios de organizaciones humanitarias. Pero hay quienes no se adaptan, convirtiéndose en algo así como revolucionarios ocultos, conspiradores solitarios que boicotean a su manera el orden establecido y esperan una señal, que saben no llegará nunca, para alzarse contra la injusticia, contra el Mal con mayúsculas —Nora hizo una pequeña pausa antes de acabar con un gesto tiernamente triste—. Una fé doliente y desesperada.


Para un tratamiento menos dramatizado, véase el blog de Telémaco (con quien discrepo cariñosamente en este asunto).
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