lunes, octubre 16, 2006

Festival de blogs - Obviedades

Obviedades: cosas que están incorporadas a nuestra vida cotidiana, a las que no damos ninguna importancia porque las damos por supuesto y que sin embargo otra mucha gente no tiene, o hasta hace poco eran un privilegio

Suena tu despertador digital y te levantas sin darte cuenta de cómo ha sido.
Abres el grifo de la ducha y no te extraña que de inmediato salga agua caliente, limpia, depurada, que ha brotado de algún incansable manantial a cientos de kilómetros de tu bañera.
Calientas tu desayuno en el microondas. Es de lo más normal.
Arrancas tu automóvil (siempre arranca a la primera) y tan acostumbrado estás a él que lo manejas como si fuera una prolongación natural de tu cuerpo.
Por el camino ves sin inmutarte cómo se desliza una especie de bala gigante en las entrañas de la tierra y muy por encima de ti un aparato enorme asciende vertiginosamente: el metro y un avión, nada del otro mundo.
Enciendes tu ordenador y a través del monitor atiendes su frenético funcionamiento, como todos los días. Todo lo que le ordenas mediante el teclado, por complicado que sea, lo ejecuta de inmediato. Para eso están estos armatostes, ¿no?
Escribes con el procesador de textos unas líneas y al de poco las están leyendo un puñado de congéneres repartidos a lo largo y ancho del planeta. Algo que tú también haces respecto de los demás.
Envías un fax y, por supuesto, eso mismo que introduces en la ranura sale por otra ranura parecida en las antípodas. En el peor de los casos, saldrá algo borroso.
De vuelta a casa, sales con la bolsa de basura y la depositas en un contenedor que, evidentemente, alguien vacía todos los días después de estar lleno.
Tu pareja, legítima o fáctica, te pide que le ayudes a colgar la ropa que un artefacto polifémico se ha encargado de lavar, aclarar y medio secar. Como siempre.
Enciendes el televisor, cambias reiteradamente de canal y acabas (cuando empiezas a cabrearte) apagándolo; todo ello a varios metros de distancia. Inconcebible lo contrario.
Optas por uno de tus refugios: la música. En pleno trance, escuchas como si estuviera junto a ti la voz de María Callas, a pesar de que murió hace muchos años. Es algo que vienes haciendo desde tiempo inmemorial
En fin, así todos los días. O muy parecido. Y no te das cuenta de nada. Es todo tan natural, tan obvio que a nadie, ni siquiera a ti mismo, llama la atención. Si así fuera tu vida, si no hubiera nada más, te diría, como los Lunnis, «chaval, estás fatal; chaval, te veo muy mal».
Menos mal que hay otros ingredientes en tu vida que la mantienen a flote: una mujer que te mete caña a diario para no embrutecerte, con la que has vadeado un sinfín de putadas de la vida y con la que has hecho un pacto que ni el mismísimo diablo podrá romper; un pirata de tres años que te agota, te aturde, a veces te irrita y al que no puedes dejar de idolatrar; y un cronopio de once meses que empieza a torearte porque ya te va tomando la medida, y el pañal, de puro gusto, te lo tienes que poner tú cada vez que se ríe a carcajadas. Y de esto sí que te das cuenta. Buena cuenta. Todos los días (y unas cuantas noches). Y te das cuenta de que has ganado un día más; y aunque vayas a la cama destrozado, con aire de derrota, sabes que has ganado porque has resistido en medio de tanta lucha. Y das gracias a ese Dios en el que dices no creer, porque así te educaron; porque, aunque alguien diga que te da algo por nada, tú siempre preguntas qué se debe y, si no pagas, agradeces sinceramente; porque, en el fondo, diga lo que diga ese alguien, nada que merezca la pena en esta vida sale gratis, y las heridas diarias no te las quita nadie. Eso, chaval, eso es lo que te salva, lo que te hace aprender cosas nuevas cada día, lo que impide que tu vida no sea una obviedad más en un mundo obvio. Un charco de lamentos que se evapora con los primeras luces del día. Por eso te gusta llamarte aprendiz, porque los que somos como tú nos pasamos la vida siendo aprendices de nosotros mismos.
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