jueves, noviembre 30, 2006

Estupefacientes (VI). La música (2).



«Después de tocar Chopin, me parece estar llorando a causa de pecados que nunca cometí y plañendo tragedias ajenas. La música, me parece, produce siempre ese efecto. Nos crea un pasado que ignorábamos y nos colma de un sentimiento de dolor, de un dolor oculto a nuestras lágrimas.
Me imagino a un hombre que ha llevado una vida completamente vulgar y que oye por casualidad algún curioso fragmento musical y descubre de pronto que, sin saberlo, ha pasado por terribles experiencias y conocido tremendas alegrías o desenfrenados amores románticos o grandes renunciaciones.»

Hay palabras encadenadas que a uno le provocan una envidia inconmensurable. Envidia de no ser capaz de encadenarlas de tal manera. Una de ellas es ésta, atribuída a Oscar Wilde, que expresa algunos de los sentimientos que le inspiraba la música, o cierta clase de música.

Como ya vimos en su momento, Settembrini alegaba en un pasaje de La montaña mágica que «la música despierta el tiempo, la música despierta»; aunque también tenga un reverso muy distinto, como una adormidera. Es, dentro de las artes, más bárbara(*), la que más acento pone en el aspecto salvaje del ser humano, la que más le acerca al mundo de los sentidos y le aleja del de las ideas, la que más le aleja de la inacción y le impele al movimiento. Y las frases de Wilde acrecentan y pulen esta percepción.

_______________________________________
(*) R.A.E.: Grande, excesivo, extraordinario.

___
___
Technoradas