viernes, diciembre 29, 2006

M de Música. Mozart y Música.


Está a punto de acabar el año conmemorativo del ducentésimo quincuagésimo aniversario de W. A. Mozart y yo con estos pelos. Si bien este modesto blog vio la luz en mayo de este mismo celebrador año (Mozart, Arriaga, Shostakovich), circunstancia que ha mermado en todo un cuatrimestre la posibilidad de adhesión a la causa, ello no exime de culpa a su responsable.
No me extrañaría que, a estas alturas, no pocos de ustedes, con César al frente, hayan chasqueado la lengua y movido lastimeramente la cabeza al tiempo que afirmaban «Tch, tch, este no es un blog serio; no es más que un soplo estéril, palabrerío a granel…». Así que pasaré del mero propósito al acto de enmienda.
Y ello al hilo de un delicioso CD doble que hallé semanas atrás en una tienda de Bayona (Francia, no Pontevedra), notablemente rebajado, y que responde al título de Mozart pour les enfants. Una armoniosa recopilación de K ó KV cuyo denominador común es la arista más traviesa del semidiós austríaco; estupendas grabaciones en los que dominan los de la St. Martin-in-the-Fields, la Wiener Philarmoniker, o Aldo Ciccolini al piano, entre otros; una recopilación para disfrutar una y otra vez de fragmentos de sinfonías, sonatas o divertimentos, arias de óperas, amén de varias pequeñas piezas como El paseo en trineo, Les petit riens o Una Broma musical. Aunque uno posee un buen surtido de vinilos y compactos con la obra del prodigio irrepetible, este elixir concentrado de belleza y elegancia es un auténtico juguete que nunca agota ni se agota.
Por otra parte, tendrían que ver la cara del pirata trecemesero cuando empieza a escuchar proveniente de la nada —para él— los acordes de la Pequeña Música Nocturna. No me estoy refiriendo a esa cosas del efecto Mozart, ni demás parafernalia nigromántica psicológica. No, me refiero a ese brillo opaco de refinamiento salvaje, ese delicado vicio de percibir e identificar acordes por encima de cualquier otra cosa que emita algún sonido que delata a los melómanos y no puede ocultarse al menos durante unos instantes. Impagable.
Bueno, precisamente a fin de no convertir soplo estéril o palabrerío a granel una emoción tan urgente, nada más que decir por mi parte sino aquello de Peter Greenaway: «M is for Man, Music and Mozart».

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