viernes, enero 12, 2007

Las flores del ángel


No recuerdo desde cuando está. Hace años, pero no sé cuántos.

A pocos metros de mi casa, en una esquina, junto a un cruce de calles, hay alguien que cada pocos días, renueva un humilde ramo de flores adosado a una farola, sobre una estampa con una imagen del Sagrado Corazón y una plegaria. No hacen falta más explicaciones. Ni de lo que ocurrió ni de quién pone tanto amor (sólo alguien que da la vida) en renovar tan lacerante imagen.

Cada vez que doblo esa esquina para enfilar el garaje de mi casa, ese ángel me recuerda lo frágil que soy, lo endeble del sostén de otras vidas que dependen de la mía; un ángel que, sin duda quedó sin dueño en este territorio enemigo. El sufrimiento de habérsele arrebatado los días de sus días convierte los míos en otro dolor distinto, el dolor recordatorio de la parvedad esencial de la vida, el dolor del aprendizaje (porque aprender duele) diario, eterno y necesario de la existencia como un insignificante animalillo humano más. Pero, del mismo modo, el dolor de convertir el miedo en aliento y gallardía para seguir avanzando hasta el límite. Y también, sí, el dolor que convierte la presencia de la persona amada en urgencia imperiosa de pertenecerle.

No las necesita. Ni tampoco las querrá. Pero me gustaría darle las gracias.

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Technoradas