viernes, enero 26, 2007

Mi lado femenino (II) - Nora Helmer


Calculo que tendría unos quince o dieciséis años cuando leí por primera vez el texto de don Enrique Ibsen titulado Casa de Muñecas (*). Ya entonces me impresionó hondamente esa protagonista femenina rebosante de coraje reprimido, de enormes ganas de amar frustradas, de una dignidad inquebrantable a fuerza de resistir tantos intentos de quebranto. Y creo que no era para menos. Aún hoy, ciento veintiocho años después, el gesto de Nora Helmer sigue requiriendo grandes dosis de valor y resulta difícil de practicar, cuando no imposible; y, según el ambiente en que se produzca, es motivo de escándalo. ¡Una mujer que abandona hogar y familia! Eso en nuestro avanzado y decadente reducto occidental; para qué vamos a hablar de otras sociedades…
Nora Helmer (nunca sabremos su apellido de soltera) es una mujer de apariencia anímica frágil, porque así se ha visto obligada a mostrarse desde su más tierna infancia, aunque de enorme fortaleza moral; capaz de entregarlo absolutamente todo, de realizar cualquier cosa, incluso caer en el más profundo deshonor, por su marido y sus hijos. Su único y enorme consuelo es conservar el amor que cree recibir de aquellos a quienes tanto ama. Pero, al parecer, ese precio es demasiado alto. El terrible desengaño al que le somete su marido acabará con todo su mundo, destruirá todas sus ilusiones de amor concordante y le llevará a abdicar de toda su actual vida, a abandonarlo todo, casa, marido e hijos, de un modo fulminante, para iniciar una nueva y dura vida en la que pueda dejar de figurar como una muñeca consentida y menospreciada. Una vida en la que pueda ser ella misma, con sus virtudes y defectos. Una mujer. Una persona.
Helmer.- ¡Abandonar tu hogar, tu esposo, tus hijos!... ¿No piensas en lo que se dirá?
Nora.- No puedo pensar en esas pequeñeces. Sólo sé que para mí es indispensable.
Helmer.- ¡Ah! ¡Es irritante! ¿De modo que faltarás a los deberes más sagrados?
Nora.- ¿A qué llamas tú mis deberes más sagrados?
Helmer.- ¿Necesitas que te lo diga? ¿No son tus deberes para con tu marido y tus hijos?
Nora.- Tengo otros no menos sagrados.
Helmer.- No los tienes, ¿Qué deberes son éstos?
Nora.- Mis deberes para conmigo misma.
Helmer.- Antes que nada, eres esposa y madre.
Nora.- No creo ya en eso. Ante todo soy un ser humano con los mismos títulos que tú..., o, por lo menos, debo tratar de serlo. Sé que la mayoría de los hombres te darán la razón, Torvaldo, y que esas ideas están impresas en los libros; pero ahora no puedo pensar en lo que dicen los hombres y en lo que se imprime en los libros.

He asistido dos veces a representaciones de la obra, pero he de señalar que, aún habiendo sido aceptables las respectivas interpretaciones, no he llegado a percibir la angustia, el desaliento, el rasgamiento interior que sacude a mi entrañable Nora durante la mayor parte de la acción. Quizá sea demasiado exigente al respecto. O quizá esté tan acostumbrado al texto, puesto que después de aquella primera vez lo he releído otras dos veces más, que no pueda encajar mi representación mental con una representación en escena.
Helmer.- Nora, con placer hubiese trabajado por ti día y noche, y hubiese soportado toda clase de privaciones y de penalidades; pero no hay nadie que ofrezca la honra por el ser amado.
Nora.- Lo han hecho millones de mujeres.
Helmer.- ¡Eh!, discurres como una niña, y hablas del mismo modo.
Nora.- Es posible; pero tú no piensas ni hablas como el hombre a quien yo puedo seguir. Ya tranquilizado, no en cuanto al peligro que me amenazaba, sino al que corrías tú... todo lo olvidaste, y vuelvo a ser tu avecilla canora, la muñequita que estabas dispuesto a llevar en brazos como antes, y con más precauciones que nunca al descubrir que soy más frágil.
[Levantándose] Escucha, Torvaldo: en aquel momento me pareció que había vivido ocho años en esta casa con un extraño, y que había tenido tres hijos con él... ¡Ah! ¡No quiero ni pensarlo siquiera! Tengo tentaciones de desgarrarme a mí misma en mil pedazos.


En todo caso, puedo asegurar que Nora Helmer marcó de manera concisa la pauta a seguir en las relaciones que en el futuro habría de mantener con las mujeres que, de alguna manera, incidirían en mi paso por el mundo de los vivos. Nora fue para mí un aldabonazo en mi conciencia para hacerme notar el injusto desequilibrio que implica la asignación de condiciones distintas entre los seres humanos. En este caso, entre hombre y mujer. Y sigue siendo un modelo, un referente con el que pulsar (nunca de aprehender, algo si no imposible, muy difícil) la forma de pensar y de sentir de toda mujer con que me relaciono.
Puedo confesar, incluso, que tras la segunda lectura de la obra intuí la venida de un momento en que habría de afrontar con alguna impenitente, correosa, incondicional y adorable Nora la parte más extensa e importante de mi jornada. Y la intuición (tarde, pero a tiempo, me di cuenta) no es uno de mis puntos débiles.
Helmer.- Nora... ¿ya no seré más que un extraño para ti?
Nora.-
[Tomando el saco de viaje] ¡Ah, Torvaldo! Se necesitaría que se realizara el mayor de los prodigios.
Helmer.- Di cuál.
Nora.- Necesitaríamos transformarnos los dos hasta el extremo de... ¡Ay, Torvaldo! No creo ya en los prodigios.
Helmer.- Pues yo sí quiero creer. Di: ¿deberíamos transformarnos los dos hasta el extremo de...?
Nora.- Hasta el extremo de que nuestra unión fuera un verdadero matrimonio. ¡Adiós!

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(*) Colección Austral de Espasa-Calpe, 1979. Algo ha llovido desde entonces.
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