viernes, febrero 16, 2007

In ictu oculi


María Inés Basterrechea d’Ithurbide, compañera del recién iniciado tercer curso de Empresariales, era una preciosa muchacha de Neguri, uno de esos ejemplares que han inducido al género humano a considerarse único, irrepetible y creado a imagen y semejanza de Dios (o los Dioses, en su caso). Tuvo la suerte de coincidir con ella un viernes festivo en una de las tiendas de la Rue Gambetta del delicioso pueblecito vascofrancés de San Juan de Luz.

—Hola, ¿qué tal? —fue la única timidez que Pablo se atrevió a pronunciar, no muy original en su contenido, pero sí por el hecho de ser la primera vez que osaba dirigirse a un ser cuya existencia había supuesto sólo en historias mitológicas o fantasías líricas.

—¡Mira tú, si no es mudo! Yo que pensaba: a éste o le resulto muy desagradable o es que es mudo, porque es incapaz de decir nada en mi presencia, casi ni de dar los buenos días. Y, claro, la primera opción no me convencía, porque soy una chica muy dulce y con muy buen carácter, así que había optado por lo segundo.

Ella iba con su hermana y una amiga de la familia; él, con unos parientes medio cercanos. Casi sin proponérselo, y sin ganas de acabar el encuentro ni de regresar a sus respectivos domicilios, cada uno se desentendió de sus respectivos acompañantes. Se fueron juntos a cenar en Aux Pigeons Blancs, un rinconcito estratégico junto a la Plaza de Luis XIV, antes de acabar en el coquetón y algo decadentista Hotel Madison en régimen de alojamiento y desayuno. Aunque consumar, lo que se dice consumar, no consumaron nada, sí que se rieron de lo lindo. Un íntimo misterio decir de qué.

No obstante, el escándalo que se organizó al llegar el domingo por la noche a su casa —aún resonaba en sus oídos— le hizo perder su fama de buen chico, un puñado de saludos, un par de amigos de poca monta y a su novia de toda la vida —esto es, la que le venía aguantando desde hacía unos cuatro años—. A cambio, ganó una pésima reputación entre las indoctas jóvenes casaderas preferidas por su madre y el comentario más elogioso y orgulloso que pudiera salir de los labios de su abuela María Elena: «¡Sí señor, un Polientes de los buenos, de la rama golfa!»; consolidaba así su posición de nieto predilecto. Además, no pudo estar menos de acuerdo con su abuela cuando ésta conoció a la manzana de la discordia («Esa sí que es una mujer de verdad, no ese otro saco de huesos con el que andaba»): cualquier daño, cualquier pérdida sería insignificante comparada con las manos, la risa y la boca de Inés, con las que pudo arrobarse durante los tres años posteriores, en un noviazgo pertinaz y, a pesar de su inicio, bastante temperado.

Inés se infiltró por todos y cada uno de los recovecos de la vida de Pablo desde el día en que se conocieron. Pudiera ser que el tiempo y la distancia hubieran aumentado sus cualidades hasta idealizarla, como ocurre en los boleros. Pero seguía estando ahí, omnipresente, como si llevara toda la vida dentro de él, con su pelo castaño brillante, con sus ojos de gato, con su risa luminosa y abundante. Reconoció que al principio le impresionó su belleza, y creyó que se trataba de un mero capricho, una enajenación transitoria. Pero sólo fue cuestión de tiempo sucumbir a su genio diáfano y envolvente. Descubrieron cada cual en el otro —y en sí mismos— una sensualidad blanca y espontánea que, como el relente cantábrico, cala hasta los huesos sin apenas sentirlo. Cautivado sin remedio. Así lo sintió ella; así se dejó arrastrar él, hundiéndose hasta el cuello en un amor que amenazaba con arrasar su vida hasta los cimientos si no lo remediaba pronto. Así que intentó encauzarlo, decidiendo seguir los pasos de Inés, torcer juntos el camino hasta donde ella se lo permitiera. Después, el diluvio.

Incluso los padres de Pablo, que conocieron a Inés pasado el disgusto inicial, respiraron tranquilos a la vista de la feliz conclusión de la persistente incapacidad de su hijo para alcanzar compromisos duraderos con sus congéneres del sexo femenino. Casi tanto como los de Inés, cuya satisfacción superó todas las expectativas al conocer el proyecto de young bussines gentleman al que tanta afición había tomado su hija, que tan bien encajaba en su entorno social y que, a diferencia de otros muchos candidatos precedentes, sabía diferenciar entre una driza y una escota.

Todo era perfecto. Todo fue perfecto durante dos años, once meses y veintidós días, según el cómputo de Pablo.

Y todo acabó del mismo modo que había empezado, demostrando la extrema fragilidad de las ilusiones que nacen en torno a los afanes que no usan la palabra hoy. Un paso en falso, un insustancial malentendido o un accidente absurdo, minucias todas fugaces y volátiles, son capaces de guadañar anhelos, esperanzas, sueños e incluso vidas enteras de golpe, en un abrir y cerrar de ojos. In ictu oculi.

Una tarde de finales de octubre Inés cerró su silencio y su aire melancólico —cosas inconcebibles en ella— con un beso dulce, largo y desconsolado. Pablo, aplastado bajo un pánico paralizador y fulminante transmitido por su —hasta entonces ninguneada— intuición, supo que era un beso de despedida, último y primero. No sabía cómo ni por qué, pero se le mostró evidente después de mirarse a los ojos.

—No puede ser. No saldría bien —empezó a responder ella sin necesidad de preguntas—. Creo que eres demasiado especial, demasiado bueno para mí. Todo este tiempo ha sido fácil, bastaba con dejarse llevar. Ha sido perfecto. Pero si siguiéramos así, todo se vendría abajo. Yo no… no sé cómo podría hacerte feliz, amarte y ser feliz al mismo tiempo. No lo sé porque yo no soy… no soy tu persona, tu persona, ¿me entiendes? Yo... no te merezco. No, calla, sé lo que digo. N-no... no sé si alguien... Sólo sé que todo será distinto, todo menos tú, y me da miedo, demasiado miedo. No quiero, no puedo arriesgarme a fracasar. No podría soportar ese fracaso, no contigo, porque te quiero demasiado. Si no puedo manejar este amor, mucho menos en el futuro… Te haría completamente infeliz, y me moriría de pena. Prefiero hacernos ahora este daño, mientras podamos recuperarnos, que no… cuando… —Inés se interrumpió cuando sus ojos, que habían intentado suavizar el dolor que producían sus palabras, flaquearon, empezando a humedecerse, aunque se rehizo pronto—. Pensaba que te tenía cariño, un afecto especial, sencillo, que con el tiempo podría convertirse en amor. Pero una no controla esas cosas y cuando me quise dar cuenta me encontré perdidamente enamorada, con un amor absorbente, excesivo, imperioso. He tratado de engañarme, de ocultarlo y ocultártelo, esperando que la fiebre pasara, pero no ha sido así…

—No lo entiendo.

—Te quiero demasiado. Demasiado. Y eso es mucho peor que no querer porque no puede remediarse. Duele más y no tiene remedio.

De nada sirvieron peros ni razones, que buenamente intentó dar en medio del desconcierto y la consternación.

—¿No lo ves? —recalcó ella en cuanto pudo superar la congoja— Ni siquiera me montas una escena, ni un mal grito... Sé que es como deben ser las cosas, así, como tú las haces, pero no creo que yo esté preparada para eso. Lo único que conseguiría es hacerte la vida imposible.
El desastre se había producido. Pablo tenía la certeza de que el remedio no estaba en sus manos, pero tenía que intentarlo.

—Pero, ¿por qué no? ¿Quién entonces, si no tú?

—No… no lo sé. Alguien que te merezca de verdad. Sólo espero que lo averigües pronto.

Esas fuerzas invisibles e invencibles de la cara oculta de la vida le obligaron a rendirse. Lo peor de todo, lo que peor llevaba, era que no sabía lo que había hecho o, más probablemente, lo que no había hecho para encontrarse en esa situación. Súbita, insospechada, violenta. Demasiado para un burguesito mimado por la vida. ¿Tenía que ser así? Parecía un cruel truco de magia: ahora está, ahora no está. Ahora te quieren, ahora no te quieren. Inés estaba y le quería, Inés ya no estaba y no le quería. Así, a pelo. Era, acaso, como morirse de repente. Así debería de ser la muerte: ahora estás, ahora ya no estás. Un pequeño paso. Eso es todo. Se acabó. In ictu oculi. Dolía. Y empeñó toda su disciplina, que no era poca, en ahogar y ensordecer el dolor, confiando en que el tiempo se encargara de hacer las curas hasta que, lentamente, la herida se cerrase. Sólo quedaría, al final, una cicatriz en una zona invisible, donde no afea, donde nadie, ni siquiera uno mismo, puede ver si está abierta o cerrada. No pensar y seguir andando. O dejarse llevar, como un canto rodado.

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9 comentarios:

  1. "Creo que eres demasiado especial, demasiado bueno para mí". Pobre Pablo. Qué típico y supongo que real argumento de Inés. Pero por muy cierto que sea... pobre Pablo, joder (perdón)
    Magnífco.

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  2. Tal vez lo que Inés temía, al quererlo tanto, es que se convirtiera en un hábito marital dicha relación. Puedo llegar a comprenderla, aunque yo no lo hubiera dejado por nada del mundo. Precisamente los hombres como él son los mejores para una convivencia.
    Ya va siendo hora que veamos impresos en las librerias estos trabajos. Si esto sucede, espero que lo anuncies.
    Me ha encantado la historia, además nombras Neguri que es un precioso lugar. Yo he pasado varios veranos (cuando era estudiante) en Algorta.

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  3. Me lo quiero leer despacito este fin de semana.Lo he mirado por encima.Una de mis más intimas amigas(heredó mi primer novio y casose con él)se llama María Basterrechea.Qué bonito es San Juan de Luz y qué carísimo!!!!.Cuando lo lea te cuen...

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  4. Raúl Sí, real argumento.
    No hay necesidad de perdón alguno: hay palabras adecuadas para cada ocasión, y esta creo que lo es.
    Muchas gracias.

    Ula Bueno, uno escribe de lo que sabe, la mejor manera de embaucar (que es, en el buen sentido, a lo que nos dedicamos los plumíferos) a quien nos lee.
    Por supuesto que puede comprenderse la postura de Inés, pero eso no quiere decir que sea la más acertada a la larga. Una amiga mía (de ficción) dice que hay cierta clase de hombres que a los veinte años resultan algo romos y aburridos debido a su sentido del ridículo, y son relativamente abundantes; a los treinta empiezan a adquirir un notable atractivo con su sosiego y cordura, aunque son escasos; y a los cuarenta resultan imprescindibles por su amistad y lealtad, pero ya no queda ninguno disponible.

    Wodehouse San Juan de Luz no es bonito, es irreemplazable. Coincidencia tras coincidencia.

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  5. Esto era para meditar unpoco.No...cuando lo leí el otro día pensé:"Qué bonito qué bien escribe este tío,que envidia me da!",pero no me conformaba con el contenido.
    Tras darle vueltas unos días(ya!qué pasa una es lenta...)llego a la conclusión de que :Inés se casa por interés con este chico,que es un pánfilo,que como no espabile se la van a dar todas en el mismo lado y que además inés nunca le ha querido,se aburre soberanamente porque la va la marcha y además seguro que tiene alguien "escondido"que la ama como ella quiere.No la va la vida fácil y convencional de niña burguesita,en su casita metida para tener hijos y llevarle las zapatillas al marido.Qué hubiera espabilado el tío y se hubiera puesto en su sitio.De vez en cuando no es malo dar un puñetazo en la mesa...es muy necesario.Me encanta cómo escribes.Muack!!!

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  6. Wodehouse Opinión legítima y loable. En tal caso, pobre Inés, y no pobre Pablo, como opinábamos la mayoría.
    De todos modos, no creo que alguien como Pablo esperase encontrar en ella una dócil y apocada esposa. Yo creo (creo, es decir, sólo opino) que él se contentaba con quererla y que ella le quisiese. Pero la vida da demasiadas vueltas y vete a saber cómo hubiera acabado todo. Puede que como tú lo pintas.
    No sabes cómo te agradezco tan detenida lectura. Besos.

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  7. Te agradezco yo a tí que escribas tan bien y aceptes mi punto de vista.Es que al veros a todos haciendo piña con Pablo,me sale la vena sin querer de ponerme de parte(no de parte)del otro lado o al menos tratar de ponerme en su lugar.A lo mejor hasta me he identificado con "Inés rebelde".Piensa que a él le basta con quererla y ser querido,pero en un matrimonio tiene que haber más ingredientes que ese.Al menos para mí.Por ejemplo:Yo no podría estar con alguien que no fuera trabajador y voluntarioso,y sobre todo no podría estar o querer a alguien por quien no sienta admiración.Necesito admirar cosas que yo no tengo y me gustaría tener y que veo en él y viceversa.
    No sé...parece que con quererse es bastante,al principio quizá,pero luego resulta poco.Además...Tú lo reflejas fenomenalmente en tu relato,no podía ser de otro modo.
    Agradezco que nos hagas parar y reflexionar de vez en cuando.Besos!!!C´mo está la mamá???Mejor???Eso espero.

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  8. Bffff
    Muy bien hilado.

    Me siento muy identificado.

    En vez de Neguri, otros nombre, otras patrias, el mismo corazón, parecido destino.
    Y esa p. sinrazón que nos hace débiles ante la belleza, en vez de aguerridos.

    La típica excusa; "Te quiero, pero .,.. no quiero hacerte daño", después de haber f..., claro.)

    Sóo puedo pensar que es mejor eso, para poder volar al cielo o al infierno, da igual, o desplegar las alas sobre la blanda arena, y dejarse acariciar por la marea.

    Maestro; El signo de nuestro nuevo siglo. Inés abandona a D. Juan, marioneta en sus manos, corazón novato, Perra Vida.

    Byoy Casares tuvo seguridad, brillo apolomo, conquistó y supo leer el Libro de Arena de la Biblioteca de Alejandría.
    No es tu problema, supongo. A por Ellas, Tod@s¡

    Sólo la saliva sabe a beso.

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  9. Antoni Creo que D. Juan siempre ha sido una marioneta, y sólo las ciegas de espíritu caían en sus manos.
    Arena y marea...
    Por cierto, cuando me empiecen a publicar a gran escala te voy a contratar para hacerme las reseñas, ¿vale?
    Un abrazo.

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¿Y ustedes qué opinan de todo esto?