viernes, febrero 23, 2007

Mercenario / Funcionario

Uno es un mercenario. Tengo conciencia de tal y lo asumo, si no con placer, con honestidad y conciencia. Cada uno vive la vida desde su lado de la barricada y sale adelante como puede. Y a mí me ha tocado, y no me he resistido a ello, poner mi cabeza y mi brazo al servicio de quien mejor pague. O, al menos, de quien pague. Dicho más finamente por parte de los señores académicos de la lengua, soy un «hombre que desempeña por otro un empleo o servicio por el salario que le da». Ah, ¿que ustedes también lo son? Acabáramos.

El caso es que uno ha dado en poner su fuerza bruta laboral al servicio del interés público. Vamos, soy lo que ese común a quien sirvo llama un funcionario. Más concretamente, un humilde funcionario de pueblo. Y, aunque es difícil de creer, ingresé en este cuerpo de empleados gubernativos por vocación y convencimiento.

Comprendo y comparto en alguna medida las execraciones, ludibrios y anatemas que han caído, caen y seguirán cayendo sobre este segmento de masa laboral al que pertenezco. Somos como los tiranos, odiados y envidiados por igual. Y la comparación no es del todo baladí: cada uno de nosotros, desde el ordenanza hasta el subdirector general, señoreamos de un modo u otro, trocitos variables en magnitud de alguna de las variadas administraciones públicas existentes.



Sin embargo, existe gente que pulula por los salones, pasillos, escaleras, cocinas y hasta las cloacas (1) administrativas entregada, bien entregada, por convicción y retribución, al acrecimiento y mejora del gobierno de la república (2). A veces son francotiradores solitarios que esperan el advenimiento de un gobernante al que entregar su lealtad, de los que cabe decir, como se dijo del célebre mercenario don Rodrigo Díaz de Vivar en el cantar medieval:
¡Dios, qué buen vassallo,
si oviesse buen señor!

Otras veces, cuando les sonríe la fortuna, constituyen un equipo leal y autónomo, bien avenido y dirigido, cuya sinergia multiplica incesantemente los frutos de sus respectivos trabajos. En esos casos no hay equipo de empresa privada que le llegue a los talones en eficacia y celo profesional. Un humilde servidor sabe algo de eso y habla con conocimiento de causa porque ha conocido alternativamente las dos variedades de funcionamiento (es que son ya seis trienios cumplidos).

En todo caso, todo este rollo puede resumirse en un sencillo párrafo. Un buen libro de Jean Lévi, El gran emperador y sus autómatas, incluye en uno de sus pasajes una no sé si real o imaginaria circular del Gobernador de la Comandancia de Nankiun sobre el comportamiento de un buen funcionario:
«El buen funcionario es íntegro y sincero. Sirve a sus superiores con diligencia. Es honrado, cordial y tiene espíritu de equipo. Sabe lo que puede decidir por sí solo en los asuntos de Estado. Por tanto, no se deja guiar por sus inclinaciones. […] Por el contrario, el mal funcionario […] pone sus intereses personales por encima del interés general.»

O así.


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(1) Gran invento de los romanos, las cloacas son imprescindible para el saneamiento y la salud pública. ¿O es que preferiríamos vivir chapoteando en deyecciones propias y ajenas?
(2) D.R.A.E. República. (...) 5. Causa pública, el común o su utilidad.


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