viernes, marzo 09, 2007

140 años de soledad


Cuarenta años atrás, cuando el mundo tuvo noticia de la tarde en que el coronel Aureliano Buendía conoció el hielo, este servidor de ustedes ni siquiera había aprendido a leer. Mientras esto escribo, mi hijo mayor aún no ha aprendido a leer. No digamos el pequeñín.

Alto ahí, no se carcajeen. No es una comparación. Sólo una personalísima paradoja temporal. Cuando esos tiranos anarquistas sepan el año en que Cien años de soledad vio la luz, hace mucho tiempo, en una galaxia muy lejana, podrán pensar: «¡Méja!(*) Mi padre ya tenía dos años largos...». Si para entonces sigo respirando, terminarán de clasificarme entre los fósiles vivientes postjurásicos del siglo XX. Sin paliativos. Ley de vida. Ley debida. Porque a las estirpes condenadas a no alcanzar la gloria de los Buendía, se nos ha compensado con no sufrir cien años de soledad y tener, acaso, una segunda oportunidad sobre la tierra.

Lo único que podré intentar frente a tan inapelable clasificación es que se repita la historia. Si me sale bien, conseguiré que esos tiranuelos, el uno detrás del otro, se enamoren irremediable y perdidamente de Amaranta Buendía, como le ocurrió a su padre con diecinueve añitos recién cumplidos. Y si, del mismo modo, luego topan con otra dulce pecadora que desbanque a ese amor impracticable con saña, mas también con una ternura envolvente que urda en torno suyo una telaraña invisible de amor que tengan que apartar materialmente con los dedos, miel sobre hojuelas. La venganza estará, como procede, servida en plato frío.

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(*) Interjección expresiva de impresión súbita usada por buena parte de la población navarra meridional y riojana oriental.

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