miércoles, marzo 21, 2007

A dos amigos que llevan diez años juntos


Dijo un gran poeta que estamos hechos de la misma materia que los sueños (*). Creo que no hay nada más cierto; y más incierto.

Nada más cierto, por la inconsistencia de nuestras vidas; por la precariedad de nuestro tiempo; o, a veces, por lo absurdo de nuestro comportamiento. Pero nada tan incierto como el suelo en que aterrizan esos sueños; nada tan engañoso e incierto como eso que llamamos presente.

Un presente que desaparece entre dos clases de sueños. Entre una especie de espejismo, el pasado, algo inmaterial que subsiste sometido al inapelable arbitrio de nuestra memoria; y una entelequia, una mera ilusión, que es el futuro. Pero, de ambos sueños, sólo el pasado es el que nos identifica. Somos lo que hemos sido. O, tratando de emular de nuevo al poeta de Stratford, somos el puñado de recuerdos que nos han marcado a lo largo de nuestra existencia. Somos lo que de nosotros han hecho ciertos momentos, ciertos días de la infancia, somos una fiesta de boda, un viaje inolvidable, una primera cita, un día aciago… Y, cuando tenemos la suerte de tener hijos, pasamos, además, a ser, desde el mismo momento en que ven la luz, todos y cada uno de sus días.

Esos momentos, esos días, nos llevan y nos traen. De hecho, sin ir más lejos, estamos metidos en estas líneas echando un vistazo hacia atrás. Estamos en estas líneas porque estuvimos en otras similares hace diez años. Cuando miramos hacia atrás encontramos un espejo que nos devuelve una maraña de alegrías, de dolor, de aciertos y errores, de sensaciones, de broncas y de caricias, de lucha día a día y codo con codo, arrancando a la vida todo lo que tenemos y lo que no tenemos.

Y es que diez años al pie del cañón dan para mucho. Sobre todo para ver cuánto y cuán bueno podemos conseguir en este viaje de ida.

Diez años. No sé si son muchos o pocos, pero lo que sí sé, o me consta (y eso es lo mejor de todo) es que sólo es el principio.
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(*) We are such stuff as dreams are made on (William Shakespeare, La Tempestad, acto IV, escena I).



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