lunes, mayo 07, 2007

Estupefacientes (VIII). El amor (1).


En la Sección Femenina, Rrio hablaba en fechas pasadas sobre las claves del deseo, relacionando los conceptos de deseo y amor (*). En dicha entrada se hacía la siguiente reflexión sobre ambas ideas:
«El deseo es un sentimiento de posesión carnal, de ansia de gozo, que obviamente se origina en el cerebro. A diferencia del amor, que todos ponemos cerca del seno izquierdo, en ese músculo incansable y delicado, quizás porque cuando se sufre de amor suele doler el corazón espinado.»

Sin dejar de apreciar esta concepción relativamente habitual, los antirrománticos militantes no la compartimos en absoluto. Entre otros motivos, porque a ese músculo incansable y delicado sólo le atribuimos sus funciones musculares, esto es, de bomba impelente y aspirante de sangre y nada más (y nada menos).

El amor y el deseo son sensaciones que nacen, crecen y mueren en el cerebro, como todas las demás pulsiones, sensaciones y sentimientos desarrollados por el ser humano. No sé si alguien se sentirá disgustado por el contenido de estas palabras, pero es así. Es el desarrollo cerebral, para mal o para bien, lo que nos diferencia de los demás seres resultantes de la evolución natural. El amor, como la fé religiosa, la atracción sexual, la reflexión filosófica o la expresión artística, son producto de nuestras neuronas, en las que, de existir, reside ese concepto denominado alma.

Lo que en determinados ámbitos, especialmente el literario, se denomina amor apasionado no es más que una tormenta bioquímica. Una asociación de hormonas y neuronas. Esa supuesta pasión no es más que una combinación de serotonina, endorfinas y dopaminas, drogas que produce nuestro cerebro, con la androsterona y la oxitocina que segrega la hipófisis cuando se produce el contacto físico de hombres y mujeres en las distintas combinaciones posibles. Todas esas señales y secreciones las interpreta la corteza cerebral, y no otro órgano ni esencia anímica, como un enamoramiento. Pero, ¿qué ocurre cuando termina la tormenta? Supongo que sólo hay dos posibilidades: el amor cesa o persiste, dependiendo del predominio de los instintos naturales, en el primer caso; o de la voluntad de ambas personas, en el segundo.

Sólo aceptando que el amor no es más (ni menos) que amistad en un 90%, y que, a su vez la amistad se basa en el componente lealtad al 99%, se llegará a una aproximación más o menos lúcida de aquél primer concepto. El resto de los porcentajes corren el albur del juego de la hipófisis y las alteraciones sanguíneas primaverales.

Y, aunque parezca increíble, hay quien piensa como este desaprensivo prosaico. Sin ir más lejos, el detective Michael Ohayon, álter ego de la escritora Batya Gur, quien, después de repetidos fracasos sentimentales, alcanza una relación amorosa sólida y explica a su amada la validez de esa relación de la siguiente manera:
«—Ahora lo que quiero es que me expliques cómo ha sido... cómo ha sido tan... tan auténtico, esa es la palabra: auténtico.
—Lealtad —dijo sin pensar, y él mismo se sorprendió de la palabra que se le había escapado sin sopesarla—. Y no me pidas que lo explique —añadió—, porque no tengo explicación, tan sólo la siento, de ti hacia mí y de mí hacia ti.
—Lealtad —se ofendió, en este caso qué es, ¿amistad? ¿Relación laboral? ¿Y qué hay de la pasión? ¿Qué hay de...? ¿Qué hay del amor?
—Es lo mismo —dijo Michael muy deprisa—, para mí, al menos, pero también para ti.
—¿Cómo que lo mismo? —preguntó Ada, en un tono donde se mezclaban el asombro y el reproche—, ¿lealtad y amor son lo mismo? ¡Qué dices!, ¡son dos cosas completamente opuestas! Cuando dos personas se enamoran hay... Es algo, es la guerra, no hay ninguna lealtad. Cuando te enamoras tienes miedo todo el rato, y yo ahora, yo no... no tengo miedo, de cualquier modo no de eso, sé que no me harás nada malo y que no habrá juegos, ¿entonces eso es estar enamorado?
—No lo sé, si tú llamas estar enamorado a lo que ocurre entre el hombre del sombrero negro y la mujer de la combinación negra, puede que sea una contradicción, porque ellos... ellos lo que buscan es otra cosa...
—¿Sí? —preguntó en un tono agresivo, casi amenazante—, explícame qué es lo que buscan.
—¿Ellos? Ellos buscan emociones del tipo... emociones en tecnicolor, no tienen ningún interés el uno por el otro, están enamorados de la aventura, de lo que les pasa, de su reflejo el uno en el otro. No tienen ningún interés salvo en la emoción, en la guerra, en vencer, en meterse al otro en el bote.
—¿Mientras que nosotros...? —se tumbó de lado y sus ojos oscuros se abrieron de par en par en actitud expectante.
— Mientras que nosotros... nos vemos el uno al otro de verdad. Nosotros hemos encontrado, tú y también yo, algo diferente, en la parte más bonita que tenemos, algo que aún no se ha echado a perder. Yo en ti y tú en mí.
Aunque hizo que se disgustase, se sintió aliviado al oírle decir medio ofendida:
—Aún ni siquiera te he dicho... aún no te he dicho que yo... No estamos hablando de amor en absoluto, tú no quieres saber... No me preguntas si yo...
—¿Qué hay que preguntar? Te he visto y te he oído. Obsérvanos, ¿hay algo que preguntar? Yo sé que me quieres, sencillamente lo sé. Y tú también lo sabes.»

Ya sé que muchos/as llegarán a apiadarse de mi esforzada dueña después de leer las líneas precedentes, si es que las han terminado, y si lo han hecho sin marearse. Pero no por ello me voy a ofender ni a defender. Jane Austen y yo somos así.
________________________________
(*) Me parece interesante reparar en la acepción 2 del diccionario de la RAE. Como diría Holmes, «curious!».


___
___
Technoradas