lunes, junio 11, 2007

En la mezquita

Se plantaron frente a la mezquita de Ortaköy, que a esa hora ya estaba iluminada. Poseía un aspecto bastante peculiar, mezcla del estilo Imperio de los palacios decimonónicos como Dolmabahçe y del aire más oriental de las mezquitas barrocas como Nuruosmaniye.
—¿Te gustaría ver algo realmente curioso y que, con toda certeza, no te enseñarán en el circuito? —preguntó él, dando por segura la respuesta.
Se descalzaron a la entrada, donde él le prestó su americana para que cubriera sus hombros y brazos.
—Me favorece la ropa amplia, ¿verdad? —dijo ella sepultada en la prenda, tibia, que la envolvió en un abrazo cálido, dulce y prolongado.
Él, mientras tanto, se había acercado a un individuo con barba y tan alto como él, a quien había estrechado la mano y decía algo en turco —algún saludo ritual, probablemente— y en un inglés muy rudimentario.
—¿Le conoces? — preguntó ella al tiempo que saludaba al individuo con una sonrisa y un leve movimiento de cabeza.
—Sí, ya hemos sido presentados —contestó sin más explicaciones.
Antes de darle tiempo a ampliar el interrogatorio, él le recomendó que se abrochara los botones de la americana para disimular las aberturas laterales del vestido en lo posible. Ella sujetó, además, dichos laterales con las manos para impedir en absoluto que las aberturas cumplieran su cometido. Antes de entrar, se había tocado improvisadamente con un chal a la italiana.
—¿Estoy muy ridícula?
—Eso es algo que se me antoja imposible.
El interior era simple y suntuoso: un haram con la clásica planta cuadrada y decoración habitual. La gran lámpara central era de cristal de Paşabahçe, de tipo palaciego, y, aún apagada, irisaba por efecto de la luz de varios apliques laterales. En las paredes, entre los huecos que dejaban las vidrieras, había pinturas con motivos vegetales o simulaciones arquitectónicas y caligrafías primorosas.
De pronto, se encendieron las luces de la gran lámpara central, y sus reflejos irisados estallaron esparciéndose por todo el haram. Fue un momento de ansiedad luminosa. En el exterior se oía la llamada a la oración del ocaso.


Entraba cada vez más gente. El barbudo se acercó haciéndoles señas.
—Ven, vamos a seguirle —propuso él.
Les condujo por una puerta lateral a una escalera alfombrada. Subieron al piso superior y atravesaron una corta galería en penumbra. Esa zona del edificio carecía de todo mueble, ornamento o incluso luz, y se asemejaba a las estancias de un palacete antiguo que hubieran desmantelado. «¿Pero qué hago? ¡Qué inconsciente soy! Aquí voy, tras los pasos de dos extraños, en un lugar de lo más siniestro». Por último, el hombre les señaló una pequeña tribuna que daba a la sala de oración, en su costado derecho, y se fue. Él se acercó a poca distancia del balcón, y allí se sentó con las piernas cruzadas. La luz y el color del haram les inundó de nuevo. Se giró hacia ella, que se había quedado quieta, sin comprender, con semblante inexpresivo.
—Vamos, siéntate aquí conmigo. Va a empezar la oración —dijo quedo.
—Pero... ¿qué dices? ¿Podemos estar aquí? —preguntó ella, sentada ya junto a él.
—Sí. Pero, como sabes, las mujeres tienen que permanecer en un sitio apartado, y a la gente de los demás pueblos protegidos nos está permitido asistir de modo respetuoso. Al menos en esta mezquita, que no en todas.
Estaban medio escondidos en la tribuna. Apenas veían la pared de la quibla y algunos metros hacia atrás.
Los fieles se alinearon en filas. Uno de ellos, ataviado con un turbante blanco y una túnica azul, se puso al frente de ellos, junto al mihrab.
Sólo Dios es grande.
Empezó a entonar el cántico de la fatiha de una manera similar a la llamada de los almuecines, y tampoco muy distinta de los cantos de los popes en las iglesias ortodoxas y de los jazanim de muchas sinagogas.
En el nombre de Dios, clemente y misericordioso. Alabado sea Dios, dueño del Universo, muy bueno y misericordioso, soberano en el día de la retribución. A Ti es a quien adoramos; de Ti es de quien pedimos ayuda. Dirígenos por el camino recto, por el camino de aquellos a quienes has colmado con tus beneficios, y no por el de aquellos que han incurrido en tu cólera ni por el de los que se extravían.
Según avanzaba el rezo, los fieles efectuaron los movimientos rituales, arrodillamientos, inclinaciones y postraciones, y recitaron las oraciones e invocaciones prescritas con la humildad y la devoción exigibles a todo creyente. Al final, todos recitaron silenciosamente su profesión de fe y se desearon mutuamente la paz. Fue entonces cuando el imán se giró de cara a los fieles, y ella le identificó, asombrada sin medida. ¡Era el hombre que les había guiado hasta la tribuna!
Comenzaban a bajar las escaleras cuando se sinceró.
—Debo reconocer que estoy impresionada. Ha sido… muy sugestivo, ¿verdad? Ah, vaya, me olvidaba de tu agnosticismo.
—Sí, esa es la palabra, sugestivo. Tanto como podría serlo una misa celebrada con fe y sentimiento, o con la debida ceremonia, como las ortodoxas.
—¿Ortodoxas has dicho? ¿Tú apelando a la ortodoxia? —inquirió con una sorpresa irónica.
—He de decirte que, al margen de mis creencias, adoro los ritos, las liturgias de cualquier religión, sobre todo cuando en ellas hay verdadera fe, o sentimientos auténticos, o amor por lo que se hace, llámese como se quiera. Y ten por seguro que eso lo detecta el ateo más miserable, como yo. Sólo hay que saber escuchar.
—No, si al final va a resultar que eres un místico.
—¡Ca! En todo caso un mistificador.
El imán, que les esperaba al pie ya sin su atuendo de oración, la miró alarmado, palpándose la cabeza con las manos. ¿Qué es lo que iba mal?
—¡El chal! Se te ha caído —susurró él.
Al bajar por las escaleras, el chal se había deslizado hacia atrás sin que ella, por efecto de la agitación, lo notara. Sobresaltada, obedeció al instante temiendo la inminente regañina que le iba a caer. Pero no hubo disgusto ni reprimenda. El imán, sin embargo, se mostró afable; fue él quien casi pareció pedir disculpas. Las palabras que pronunció el imán sobre el suceso quedarían grabadas en su memoria. Un razonamiento sencillo, ambiguo e intuitivo, dicho en un inglés un tanto desmejorado: «No problem, no problem. The question is not the mosque, is not me, not the woman. The question is God, only God.». No era a él ante quien tenían que rendir cuentas ni ante quien se tenía que cubrir la cabeza. No era por él, ni por la mezquita. Sólo por y ante Dios. El sometimiento, el islam, no era frente a nadie ni nada de este mundo; sólo a Dios y su voluntad.

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