jueves, junio 07, 2007

La Consagración de la Primavera


El Teatro de los Campos Elíseos de París tembló casi literalmente el día 29 de mayo de 1913, cuando el músico Igor Fiodorovich Stravinsky y el empresario Sergei Diaghilev llevaron a escena su tercer ballet conjunto para la compañía de los legendarios Ballets Rusos. Algún tiempo antes, Diaghilev había encargado a Stravinsky la composición de un nuevo ballet; el empresario quería rendir un homenaje a su tierra natal con la creación de una obra que girase en torno a las tradiciones de la Rusia ancestral. Así surgió el ballet La consagración de la Primavera (en su título original, Le sacre du Printemps, tableaux de la Russie païenne), subtitulada Cuadros de la Rusia pagana en dos partes.

El argumento trata del sacrificio ritual de una joven virgen, elegida para bailar hasta la muerte ante su tribu con el objeto de lograr los favores del dios de la primavera, imaginado en el escenario de una Rusia primitiva y pagana. La partitura se divide en dos partes: La adoración de la tierra, en la que se santifica la tierra, los bailarines se funden con ella; y El sacrificio de la elegida, en la que se elige a la doncella que será sacrificada para propiciar el advenimiento de la primavera. Cada una de las partes comienza con una introducción, para seguir con series de danzas que giran en torno a los misterios de la vida: Danzas de los adolescentes, Rondas primaverales, Danza de la Tierra, Glorificación de la elegida, para culminar con la Danza sagrada del sacrificio en la que la muerte genera, a su vez, la vida.


Nadie mejor que el genial Jean Cocteau, tras asistir a la tumultuosa première en los Campos Elíseos de París, ha definido el espíritu de esta especie de poema sinfónico: «Una sinfonía rezumante de salvajes ceremonias y de los dolores del parto de la Tierra, melodías que parecen surgir del fondo de los siglos y de profundos cataclismos. La Consagración es como las Geórgicas de la Prehistoria».
El propio Stravinsky, en la audición previa en concierto ofrecida un mes antes en el Casino de París, afirmó: «Una sola idea da identidad a la obra: el misterio de la primavera y su violenta explosión de poder creador. En La Consagración he querido representar el pánico de la Naturaleza ante la belleza eterna».

Para la plasmación formal de estas ideas Stravinsky utiliza la orquesta como un formidable instrumento de percusión; formidable y exuberante: una cuerda reforzada, que pierde, no obstante, su tradicional protagonismo; veinte instrumentos de madera y dieciocho de metal (doble cuarteto de trompas, cinco trompetas, tres trombones y dos tubas); y, por supuesto, percusión por doquier, con una batería de cinco timbales. La combinación de los tres grupos instrumentales, fusionando sus elementos sonoros de una manera mágica sobre un fondo de ostinati, derrocha tintes de belleza ruda y agresiva.
Por ejemplo, es continua utilización del talón(1) en las cuerdas, a modo de percusión, martilleando el oído de forma continua; o la exhalación de bramidos por parte de los vientos. Así mismo, lleva a algunos instrumentos a sus posibilidades expresivas más extremas, como la famosa melodía inicial del fagot, que exige un registro agudísimo y extravagante, dando la impresión de un gemido angustioso y doliente. Y, last but not least, el aspecto rítmico es igualmente abrumador: ritmos salvajes, abruptos, polirritmos, síncopas y cambios de medida se suceden de forma constante, obsesiva, produciendo una sensación continua de desasosiego al recrear la brutalidad del argumento.

Uno de los cambios más radicales en la historia de la música y la danza, como lo fue esta obra, nos puede parecer hoy fácilmente digerible y alentador para el espíritu musical. Sin embargo, el público asistente al Teatro de los Campos Elíseos de París no opinó lo mismo; o, al menos, no de forma unánime. Si a ello le añadimos el diseño escénico de Nicholas Roerich (la primera imagen corresponde al primer acto), la audaz coreografía de Vaslav Nijinsky y el vestuario excesivamente liviano de las bailarinas, podemos aproximarnos al tamaño del escándalo. Los pataleos y protestas de un sector se mezclaban con la euforia y los gritos de apoyo de otro, de modo que, antes de llegar a la segunda parte, la música apenas resultaba audible. Al final, se organizó una batalla campal en la que las damas no se privaron de participar. Incluso se dice que se llegó a concertar algún duelo para el día siguiente.

Particularmente, no me extrañan las reacciones de la época. Ni las actuales, porque no hay interpretación o representación de la obra que pase desapercibida. Guiado por la curiosidad que me provocaron las explicaciones en clase de Música sobre este ballet, allá por el año 79 acerté a comprarme un disco con una deliciosa versión (2) de La Consagración, la mejor que he escuchado hasta la fecha, y puedo asegurarles que aún me dura el estremecimiento.

Si alguno de ustedes ha escuchado esta impresionante creación humana, sabrán de qué hablo. Si no han tenido la ocasión, en esta página tendrán ocasión de hacerlo, además de poder recibir, al mismo tiempo, explicaciones sobre el significado de cada tramo, la partitura ejecutada en cada momento y un intento de recreación de lo que se supone fue la coreografía original (que, muy lamentablemente, se perdió).

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(1) DRAE: 4. m. Parte por la que se agarra el arco del violín y de otros instrumentos semejantes, y, por ext., parte posterior o extremo de otros objetos, como la caña de pescar o el cuchillo del carpintero.
(2) Deustche Grammophon, Orquesta Filarmónica de Berlín, Herbert Von Karajan, 1977. Por si a alguien le interesare.