sábado, junio 02, 2007

Las acacias en flor

No quería moverse. Podría romper la magia, aclarar lo inexplicable. Barría cada gota, cada átomo, cada pincelada del panorama con sus ojos, hasta el detalle ínfimo.
Ante ella, una hilera de acacias en flor disparándose desde el borde de la avenida silenciosa, crepuscular.
Como cada año, repentínamente, en un soplo velado, las acacias —sus acacias— habían florecido.
Era el nacimiento natural de sabor más distinguido, el deleite más juvenil del verano en germen: el sol dilatándose, la luz creciente. Era un momento sin tiempo, un cuerpo sin materia, un espacio derramado. Un refresco del año joven, no por esperado menos reconfortante; una sorpresa perpetua cada primavera.
Se dispuso a ignorar al tiempo; a serle infiel.
Esas acacias eran su símbolo de vida, el presagio del futuro en ciernes, del mañana cierto. Se veía a sí misma, veía su pasado, su porvenir, reflejado todo en una sola imagen. Una imagen desnuda, sin metáforas ni sobreentendidos. Sin disfraz. Libre.
Las oía susurrar, oía sus risas mudas, balbuceos recién nacidos. Plantada al pie de una de ellas, como una aparición, disfrutaba aspirando cada partícula de su aroma fuerte de primaveras, un aroma humedecido flameando desde el pozo de la noche inminente.
Sus ojos grises rebuscaban entre las ramas para encontrar fogonazos de pétalos creciendo en el cuarto de la luna de mayo. Quería saborear la sombra futura de aquellos pedacitos de verde joven y blanco doncellil. Las flores… ¡Esas flores! Blancas, orgullosas, lozanas aún recién nacidas. Meciéndose, escintilando arracimadas.
En el arrobo, se llevó las manos a la cara. Sintió bajo las palmas la madera palpitante de sus mejillas. Las sintió encendidas por la savia ardiente bajo su piel. Como si fuera una de ellas, notó la fuerza de la tierra gateando desde las plantas de los pies.



Recobrada de la miniatura de éxtasis, reanudó su marcha, aún sintiendo el arrebol producido por el espectáculo fértil de las acacias. Lo había conseguido, aunque no lo pareciera: había engañado al tiempo, se había vengado de tan injusto forzador. ¡Cómo iba a disfrutar contándomelo!
Al llegar a casa corrió a mis brazos.
Acabados los mimos, mohínes y caricias, se abandonó a la rutina. Dejó escapar su torrente verbal, dio cuenta de la exigua colación y, sin darse cuenta, como en sus días de niña chica, se durmió.



Al abrir los ojos, se ha dejado mecer en la cama por la paciencia de la mañana. Yo escribía estas líneas. Las interrumpí al sentirla despierta. Desayunamos con el recuento de recuerdos diarios, colocando un puñado más de teselas en el mosaico de nuestros días.
¿Sabes? Ya han florecido las acacias.
Yo sé que esa frase significa el comienzo de un nuevo ciclo de amor. Porque nuestro amor se rige también por las estaciones. La primavera nos empuja a un amor primigenio, sísmico, bárbaro, incivilizado. En verano lo moldeamos jadeante, perezoso, excitado, abierto. En otoño lo vivimos sereno, hipnotizado, bajo palio. En invierno es recoleto, sutil, profundo. Hasta que lo revienta y reinventa de nuevo la primavera. Y nos sorprenden las acacias en flor.



Venía en el metro releyendo las Cartas de Lady Mary Wortley. He encontrado el librito en mi mesilla de noche, debajo de un montón de papeles inservibles que me resisto a tirar. Fijándome en los subrayados, he encontrado este párrafo:
Creo haber leído en alguna parte, con un cierto sentido despectivo, que las mujeres siempre son presa del arrobamiento cuando hablan de belleza, pero no logro imaginar por qué no debería ocurrir así. Más bien considero una virtud el ser capaces de admiración sin asomo de deseo o envidia.
«¡Pues claro! ¿Qué estrechez mental, qué desperdicio de corazón podría ponerlo en duda?», anoté en su día al margen, en algún arrebato juvenil.
Luego, al salir de la estación, me encontré con las flores de las hileras de acacias que forman junto a nuestra casa. No sé cuánto tiempo me quedé ahí, bajo las copas de una y otra. Como tonta.
No he podido resistirlo, y esta mañana me he puesto a escribir sobre las acacias en flor. Hasta que se ha despertado el muy perezoso. Y pegajoso.

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