miércoles, noviembre 14, 2007

De libros, balas y cabezas

En la entrada anterior vino la de cal. Ahora toca la de arena para glosar la amenaza de un bobo en horas bajas: «El mundo necesita tanto de otro libro nuevo como de una bala en la cabeza».

Esta —cada vez menos— sorprendente afirmación, recogida del blog de la Liberería Internacional, corresponde a un agente literario estresado en medio de la feria de Frankfurt. La mejor glosa que puede realizarse al respecto está en la entrada de dicho blog, y a ella me remito.
Si se edita tanto pese a las dificultades para que un autor llegue a ser editado, ¿sobran o no escritores y libros? Sí, sobran. Sobre todo, sobran editores irresponsables, que publican bodrios porque se creen que los podrán vender más fácilmente que si se limitaran al valor literario intrínseco de las obras. Pero también sobran escritores.
Hay mucha gente que se emociona escuchando, pongamos, a Coltrane. Sin embargo, todos sabemos que para llegar a tocar así hay que pasar muchos años aprendiendo a dominar el saxo, y tener un talento desbordante. Con los libros, pasa lo mismo, pero todos aprendemos a escribir en el colegio, se trata de una forma artística aparentemente más accesible. Es tentador creer que es fácil escribir. De todas formas, la bajada de títulos por autores noveles es una señal de que el mercado del libro cada vez es más un mercado y cada vez menos del libro.
Como librera de bien, Teresa vierte un poco de sal y vinagre en la herida para contener el estupor. Es que no se puede menos que suscribir sin reservas estas consideraciones. Desde que tengo uso de blog vengo leyendo a todo el mundo sensato (a Txetxu, a J.A. Millán, a Chema García, a Javier Celaya y otros) lo mismo: sobran libros, sobran editores, sobran escritores... Las cifras son concluyentes. Sobramos muchos. Hasta ahí todos de acuerdo. Pero a partir de ahí todo son dudas. Lo que no vengo leyendo, lo que no leo ni oigo en sitio alguno es una descripción de lo que hay al otro lado de ese túnel con una luz brillante al fondo. ¿Quién sobra? ¿Quién lo decidirá? ¿Cómo se hará? ¿Cuándo? ¿Hay vida inteligente en este planeta? ¿Y en otros? ¿Es lo de Boris Planeta un agüero?

Bobadas aparte, sí sabemos quienes y cómo, y la clave está en el último inciso de la cita anterior. Los grandes grupos editoriales. Y de su funcionamiento también sabemos cosas.
En ninguna editorial se leen los manuscritos que envían escritores buscando una primera oportunidad. La mayoría incluso ya ha dejado siquiera de aceptarlos. Todo se hace a través de agentes literarios. La locura es que ya ni los agentes leen manuscritos.
Mientras los códigos secretos que desvelan las amenazas del mundo se vendan a diez duros —sin regateo— en cualquier mercadillo; a Random House le salga gratis la publicidad masiva y, de paso, a Ken Follet le levanten estatuas en la capital de un país que se las niega a su Baroja (hasta el año pasado en Irún); o mi pobre Jane Austen se tenga que revolver en su tumba, mientras vayamos así es que se necesitan grandes dosis de idiocia. Idiocia para seguir escribiendo, se entiende. En realidad, ya lo dice el fulano ese de las balas:
Ser un escritor es una forma de desequilibrio mental. Están todos majaras. Cuando uno de mis escritores me dice que podría ganar más dinero trabajando de cajero en un supermercado, yo le digo que adelante. No tiene sentido escribir si no se siente que se tiene que hacerlo. Tienes que estar preparado para sufrir si lo quieres hacer. Si no, es mejor que te vayas a trabajar en un supermercado.
Bueno, quienes me leen saben que siempre les advierto que esto son sólo elucubraciones de un tipo envidioso y resentido. La verdad está ahí fuera.

Por cierto, ¿tendría alguien la bondad de prestarme una bala?


Esta delicia: Une vocation, 1896, de William Adolphe Bouguereau. Somos lo que somos.

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