jueves, noviembre 22, 2007

Paseo por Estambul


Para Lucía, por acordarse. Y porque sí.




«Esa mañana había dado un paseo largo, mucho más largo de lo previsto. Anduvo arriba y abajo por la zona de la antigua ciudad de Pera, adentrándose en tortuosos callejones, pasajes, mercados y, sobre todo, por la mundanal y bulliciosa Calle de la Independencia, repleta —cómo no— de comercios, mercados ocultos en pasajes, restaurantes, casas de cambio, y también algún liceo, y consulados, y vendedores ambulantes, estudiantes inconformistas pidiendo firmas, gendarmes, turistas, golfillos y otras gentes de índole para ella inimaginable. Vagando, vagando, el tiempo se le escurrió entre sus cinco sentidos y cayó sobre sus piernas hasta no poder más y regresar a su habitación para descansar un rato. Se puso cómoda, tumbándose sobre la cama para leer un rato y, sin pretenderlo, se quedó dormida.
Repuesta de su angustiosa pesadilla, se levantó para mirar a través del ventanal de la habitación mientras se recogía el cabello en una coleta. La vista desde aquella habitación en la cara sur del décimo piso del Hotel Marmara no tenía desperdicio.



A esa hora, el frenesí de Taksim estaba en su apogeo. Envueltos en un pandemónium de bocinazos cortos y largos, según sus respectivos significados, miles y miles de automóviles, dolmuş, camiones y autobuses circulaban a toda velocidad y en completo desorden, deteniéndose de mala gana en los semáforos, con incontables taxis formando coladas amarillas en medio del magma circulatorio. En la parte izquierda de la plaza, el viejo tranvía llegaba a su destino abriéndose paso entre un enjambre de personas y llevando enganchados a la plataforma trasera a los inevitables niños. Al fondo, la ciudad se desplegaba envuelta en un velo brumoso. Desde su atalaya podía contemplar una espléndida aunque brumosa visión de la Punta del Serrallo poblado de jardines boscosos. A la derecha del Palacio quedaban el hervidero de los muelles de Eminönü, la parte central del cuerno de oro y un bosque de minaretes orgullosos emergiendo de Santa Sofía y de las mezquitas de Sultanahmet, Suleymaniye, Beyazıt, Yeni y otras varias, hasta Eyüp. El resto del conjunto, negreando parcialmente a causa de nubes pasajeras, lo conformaba una mancha horizontal de edificios abigarrados.»


«Una cascada de cúpulas y semicúpulas parecía abrazar y proteger el silencio y la quietud del patio de la mezquita, donde sólo permanecían un par de turistas, un puñado de niños y algunos parroquianos desocupados. Antes de adentrarse en el templo, Nora enfocó la fachada principal con el gran angular de la cámara y disparó.»


«La Avenida del Diván resultaba interesante, con sus edificios antiguos, a veces extravagantes, a ambos lados. Le encantó un cementerio que se diría asilvestrado, repleto de tumbas otomanas amontonadas entre la vegetación exuberante e inculta; tumbas señaladas por pequeñas y estrechas lápidas verticales con inscripciones abigarradas y rematadas con turbantes de diversos estilos, a veces con un fez. Un pequeño, antiguo y poco transitado cementerio en medio de la ciudad: los muertos entre los vivos, juntos y revueltos.»


«Como en la pesadilla del día anterior —no le había sido tan fácil olvidarse—, cada cual iba a lo suyo, unos con prisa y otros con parsimonia, ignorando a los pocos turistas que se aventuraban a pasar por allí. Irrumpían de vez en cuando porteadores de todas las edades con bolsas de plástico diez veces más grandes que ellos a la espalda y a quienes todo el mundo abría camino. Los puestos callejeros eran casi tan numerosos como los establecimientos cubiertos. Los vendedores ofrecían su mercancía a gritos, confundidos con exclamaciones de alegría o disgusto, con saludos efusivos, con el ulular de los porteadores pidiendo paso y, una vez más, con la algarabía infantil. Si la hora coincidía con alguna de las señaladas para la oración, los almuédanos se sumaban a la abrumadora orquesta.
Mediaba la tarde cuando terminaron de atravesar el torbellino de olores del Mercado Egipcio saliendo a la plaza de Eminönü. Era el momento de despedirse. El día, largo e intenso, había pasado junto a ellos como una exhalación: paradojas del tiempo. Se situaron junto al muro a la salida del Mercado para evitar problemas con los carteristas y otros descuideros de la zona. Allí permanecieron, callados y quietos, un poco abrumados por el tumulto permanente de la explanada.»


«El tranvía llegó a Eminönü. Final del trayecto. Se apeó y cruzó la plaza por el abarrotado paso subterráneo, convertido —cómo no— en un frenético mercadillo. Pablo, atento al descomunal zafarrancho, a no pisar o atropellar y a no ser pisado ni atropellado, perdió momentáneamente el hilo de sus pensamientos. Cruzó el Puente de Gálata tratando de ignorar el enloquecedor ruido que producían los vehículos lanzados a toda velocidad. Se concentró en la legión de pescadores, apiñada a todas horas en la barandilla de levante, intentando sacar algo en limpio de las turbias aguas de esa zona. Le parecía prodigioso que no se engancharan unos sedales con otros.»



Texto: Fragmentos de Kismet.

Fotografía: Arny Raedts, Istanbul, marzo de 2005.


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