domingo, diciembre 16, 2007

La conjura de los genios

«Cuando en el mundo aparece un verdadero genio, puede identificársele por este signo: todos los necios se conjuran contra él».


A esta máxima de Jonathan Swift, que sirve de prefacio a La conjura de los necios, yo le añadiría un envés: cuando en el mundo aparece un necio sólo a veces consciente de serlo, puede identificársele por este signo: todos los genios se conjuran contra él. Semejante regüeldo mental se debe a que durante estos últimos días me he sentido (me siento) como ese indefectible personaje de la Literatura del siglo XX que es Ignatius J. Reilly: una especie de intelectual mediocre, un Tomás de Aquino perverso, glotón y holgazán en violenta rebeldía contra todo el mundo. Quizá exagere una pizca, pero sólo una pizca.

Por desgracia, no son demasiado infrecuentes estas transformaciones de poeta gomoso en Mr. Hyde-Reilly; o de blogoescritor (M@k dixit) en funcionario de pueblo agobiado y reventao. Posiblemente se deba, como descubrí no ha mucho tiempo, a que soy uno de esos tipos con una personalidad surgida en su hemisferio derecho cerebral pero sabiamente corregida a estacazos figurados y reales por el sistema educativo español-en-vías-de-desarrollo y la condición de hijo único.

El amontonamiento de notas laborales y personales en el dietario a resultas de una semana libre seguida de un puente vacacional puede producirme el nefasto resultado del cierre de la válvula pilórico-neuronal, con el efecto secundario de un bloqueo en toda regla. Bloqueo en todos los frentes. Entonces (siguiendo con el espejo de Reilly) se da uno cuenta de la «ausencia de una geometría y una teología adecuadas en el mundo moderno» y la Cruda Realidad vuelve a ganar a los puntos.

Me alegro de verles de nuevo por aquí.

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