sábado, enero 26, 2008

El sacrificio de Myriam

El escritor Leivick Halpern, durante una conferencia celebrada en Jerusalén el 15 de agosto de 1957, relató este episodio de su infancia:
Estudiábamos con el rabino el Talmud Tora, en la parashá denominada Vaierá, el episodio del sacrificio de Isaac. Isaac llega al monte Moria y allí es atado por su padre al altar. De pronto se levanta la voz del ángel que dice: «¡Abraham! ¡Abraham! No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada. ¡Dios solo quiso ponerte a prueba!» En este punto prorrumpí en llanto. «¿Y por que lloras ahora?», preguntó el rabino, «Isaac no fue sacrificado». Y yo, llorando, repliqué: «¿Y qué hubiera pasado, rabí, si el ángel hubiera llegado tarde?» El rabino me consoló: «Tranquilízate. El ángel no puede llegar tarde».

El poeta Leivick concluye la anécdota con la siguiente observación:
Todos vimos a seis millones de Isaac tendidos bajo cuchillas y hachas, entre las llamas y las cámaras de gas, todos ellos fueron muertos de verdad. El ángel de Dios llegó tarde.
Y ahora permitidme que os relate otro sacrificio, el de Myriam, que no ocurrió en el Monte Moria, sino en Varsovia.
El martes 8 de setiembre de 1942 aconteció la última etapa del gran progrom del guetto de Varsovia. Después de seis semanas de caza del hombre, de remesas, de cargamentos humanos, de matanzas, el progrom llego a su culminación en lo que se denomino la caldera. Los remanentes vivos del gueto fueron concentrados después del progrom en un terreno cuadrado de varios bloques de casas y allí se procedió a efectuar la selección final. Todos debían pasar por la boca de la caldera. Las filas iban y venían diariamente, reduciéndose a medida que progresaba la selección de los nazis. Los maridos iban siendo separados de sus esposas, los padres de los hijos, los hermanos de las hermanas. Había padres que, asaltados repentinamente por el pánico, abandonaban a sus niños en medio de la calle. Otros preferían acompañarlos a las cámaras de la muerte a pesar de que a ellos mismos se les condonaba temporalmente la vida.
Cuando el turno de desfilar de las SS les llegó a los judíos que trabajaban en el grupo Nº 2 de abastecimientos militares, el moderno Abraham se encontró en la misma fila que su esposa en la calle Volinska. Ambos eran jóvenes y sanos, judíos útiles, y su paso por la selección parecía estar asegurado de antemano. Dentro de la mochila que pendía de su hombro llevaba Abraham unas pocas pertenencias de vestir, algún alimento y una carga viva: Myriam, de dos años, adormecida profundamente por un somnífero. La fila iba avanzando lentamente mientras el oficial de la SS, omnipotente, iba sentenciando el camino que indicaba literalmente la vida o la muerte. De pronto, el tenso silencio fue roto por los gritos de otro bebé, algunas filas antes de la de Abraham. El oficial nazi quedo paralizado y los miles de judíos presentes contuvieron el aliento. Un policía ucraniano se abalanzo y hundió su bayoneta en la mochila de la que partía el llanto, que en segundos se convirtió en un paquete sanguinolento. «¡Cerdo inmundo!», bramó el oficial, azotando con su látigo el rostro del mentiroso que se atrevía a salvar a su hijo.
A partir de ese momento, la policías comenzaron a examinar las mochilas con sus bayonetas. Entre Abraham y el oficial quedaban solo tres filas. El rostro de Abraham empalideció como la cal. Su esposa, más fuerte o quizás más débil que él, le susurró: «¡Descuelga la mochila!». Él le obedeció como hipnotizado. Disimuladamente se desplazó al extremo de la fila y depositó cuidadosamente su mochila al costado del camino. En un instante retornó a su lugar con los ojos extraviados. Ese fue el sacrificio de Myriam. Myriam, que tenía apenas dos años.
Y yo pregunto con toda sencillez, sin ninguna doble intención: ¿Dónde estuvo el ángel del Señor? ¿Por qué se retrasó? ¿Por qué se retrasaron seis millones de ángeles? ¿Es que se rebelaron? ¿O fue esa una orden de Dios? ¿Por qué permitió Dios que se crease una situación en la que un padre tuvo que afrontar tal alternativa? Yo ni siquiera soy un escritor, sólo soy un sobreviviente. Mis preguntas no son cáusticas, ni son una cortina de humo, ni un subterfugio para esconderme en un palabrerío carente de sentido. Interrogo tan sencilla y tajantemente como el SS que tomaba la decisión de quién va a vivir y quién va a morir. Soy hombre, sufrí, estuve allí.


Lubny, Ucrania, 1941. Una mujer judía sentada con sus hijos antes de su ejecución
Archivo fotográfico de Yad Vashem

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