viernes, abril 11, 2008

Dialéctica (I). Tesis.


«Lo que voy a decir es algo que saben todos los escritores inteligentes que aman los libros tanto como para escribirlos como si los acariciaran: por mucho que satisfagan al autor y por mucho que terminen con un "fin" de lo más apropiado, hay novelas cuyos protagonistas continúan con sus aventuras en la imaginación del escritor fuera del libro una vez impreso. Algunos autores del siglo diecinueve intentaron narrar dichas aventuras en segundas y terceras partes. Otros, aquellos que no querían caer en las trampas de tener que forjar de nuevo un mundo ya firmemente establecido, añadían un capítulo al final de la novela en el que se agotaban a toda velocidad los posibles futuros de los protagonistas como si quisieran acabar así con aquella vida nueva y peligrosa que el libro podía continuar por sí solo. Y así leemos: "Años después Dorothea regresó con sus dos hijas a la granja de Alkingstone..." o "Por fin se arreglaron los asuntos de Razarov y ahora disfruta de unos buenos ingresos...", etcétera. Pero hay otro tipo de libros que viven sus nuevas vidas en la imaginación del autor, no gracias a las imprevistas aventuras de sus protagonistas, sino simplemente por las propias historias que cuentan. El libro cambia continuamente en la mente del escritor gracias a las nuevas ideas, imágenes y preguntas que le bullen en la cabeza, a ciertas oportunidades perdidas, a las reacciones de los lectores y de buenos amigos, a los recuerdos y a determinados proyectos. Al final, la imagen del libro que el autor tiene en la cabeza empieza a no parecerse a la que se vende en las librerías y que en un principio había pretendido, y al escritor le gustaría recordar cómo surgió aquel monstruo que se le ha ido de las manos. (...)»

Orhan Pamuk. Nota final a El castillo blanco. (Traducción de Rafael Carpintero Ortega) .



Cierto, querido Orhan. Una vez creados, los personajes funcionan por sí solos. Nadie los domina; ni siquiera el propio escritor.

Por eso algunos hemos empezado a quitarnos de enmedio, a separarnos de la trama, si es que existe, y nos limitamos a observarlos; si acaso, a contar lo que hacen, a reproducir lo que dicen. Ni siquiera a describirlos. Como una relación sin compromiso.

Pensamos en una forma de entender la creación más abierta al lector, para que con sus sentidos y su inteligencia pueda acabar de definir personajes o construir historias a partir de piezas de información parciales y, en parte, inconexas. Pensamos en la relevancia de las frases, para que una tras otra sean capaces de transmitir emoción; en su expresividad, elocuencia, pertenencia, profundidad... Y en un nivel inmediatamente superior, pensamos en las situaciones: una red de experiencias, un presente fragmentario e imperfecto en su acontecer, sin planteamiento, nudo y desenlace.

En fin, parafraseando a Pamuk, queremos libros que vivan sus nuevas vidas en la imaginación del lector, simplemente por las historias que cuentan.




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