sábado, abril 12, 2008

Dialéctica (II). Antítesis.

EL PRODUCTO.

Entre la infinita variedad de productos que lanza a los mercados la industria nacional, suele tener un cierto prestigio social el consistente en un acopio de hojas de papel escritas a las que se le añaden (para que no se caigan, más que nada) unas tapas con dibujos o una fotografía. Dependiendo de la calidad del papel, la fama del poseedor inicial de la patente (en términos técnicos: autoría), la capacidad de la fábrica que compra ésta o la habilidad de sus responsables comerciales, factores éstos muy variables y cuyo orden no altera el producto, sus cifras de venta pueden ser millonarias o pueden promover quiebras fraudulentas. También hay términos medios, todo sea dicho.

En estos tiempos de fragilidad espiritual y mengua intelectual, aunque nunca peores que los precedentes (cualquiera tiempo pasado fue peor), uno de los productos celulósicos más rentables es el que refiere su contenido impreso a esos tiempos que no fueron mejores. Tiempos, preferentemente los anteriores a la caída de Constantinopla, en que la falta de prosperidad, seguridad y libertad se compensaba sobradamente con la realización de gestas épicas (matanzas indiscriminadas entre banderizos), quijotadas anacrónicas, frenética escritura de Códices Arcanos y construcción masiva de catedrales. No es de extrañar, por tanto, que un buen número de fábricas rotativas haya hecho uso de la fórmula filosofal que transmuta el papel en Bonos del Tesoro. Una fórmula que, a diferencia de la buscada por los alquimistas, es muy sencilla tanto en su preparación como en su aplicación. Veamos.

Búsquese a alguien con cierta facilidad en la juntura de palabras; si es fémina la juntadora, con el producto obtendrá un plus de beneficios en cuanto a materias disquisitivas sobre literatura femenina, literatura hecha por mujeres y todas esas grandes cuestiones de amplio eco en los medios de comunicación masiva. Sobre la escribidora recaerá la obligación contractual de documentarse grandiosamente sobre esas épocas pretéritas, a lo cual el advenimiento de las TIC puede ayudar sobremanera (un poco de Encarta, un poco de Wikipedia y otro poco del rincón del vago obran prodigios al respecto), y cuya contrapartida consistirá en causar gran admiración entre los compulsivos consumidores presentes y futuros del producto.

También se incluirá como obligación ineludible de la escribanía la entrega de un manuscrito (o teclescrito) de número no inferior a varios cientos de páginas, preferentemente en múltiplos de cuatro, que se traducirá en algunos cientos de miles de productos. Esta obligación es ideológica más que nada, y responde a la ecológica máxima de “La Amazonía será nuestra o no será”.



Hay que advertir, a pesar de su sencilla elaboración, que no todo el monte es orégano, y que la volatilidad de estos productos financieros en el mercado de futuros es muy alta. El único factor seguro atrayente de los dividendos es el renombre de escribidores-as con carisma suficiente como para espetar a los colegas menos renombrados lindezas del estilo:
Sois una cuadrilla de aprendices. No quería molestar a ningún “escritor”, pseudoescritor, escritorcillo, protoescritor, pre-escritor, cuasiescritor… pero escritor es sólo el que se gana las lentejas con ello. Todos vosotros sois otras cosas (profesores, periodistas, carniceros, amas de casa…) que, además, escribís, lo cual está muy bien si os ayuda como terapia. Animo a todos los que escribís, pero sed conscientes de que no sois escritores.
Con cariño.



No obstante, puede que algunas redes socio-personales creadas con valor puedan ayudar a escapar de la aplastante maquinaria. Vale la pena intentarlo. Y hasta puede ser divertido.


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