sábado, junio 28, 2008

Ismet

Conocí a mi amigo Ismet «de una manera muy onroza», como diría él. Fue durante mi primer viaje a Estambul, hace ya unos cuantos años, en una joyería de la calle Nuru Osmaniye. Entré con la intención de comprar unos pendientes de oro para mi hermana. La joyería resultó pertenecer un grupo de sefardíes, uno de los cuales me atendió solícitamente, según la costumbre del lugar, y se presentó como Ismet Caen. Al advertir que yo era español, desplegó su repertorio sobre la añoranza de Sefarad, la lengua mantenida a lo largo de cinco siglos, las llaves de las casas de Lucena y Jaén (Caen, pronunciado djaén, no era sino Jaén escrito con grafía turca) que aún conservaban colgadas de la pared y una porción más de tópicos que, todo sea dicho, yo no desconocía. Ismet, aplicando como siempre su instinto y sus dotes de observación, me ofreció las mejores piezas de que disponía; quedé, tras breve elección, ampliamente satisfecho con un sencillo y elegante par de pendientes de oro de 18 quilates y lapislázuli afgano. Cerrado el trato de manera conveniente y con un grado de regateo mínimamente aceptable para el comerciante, solté un puñado de dólares para recibir los cambios en liras turcas, de modo que obtenía una pequeña rebaja adicional en el precio. Apretón de manos y despedida. Pero, al poco de salir, mientras degustaba uno de mis primeros ayran en una terraza de la misma calle y repasaba el monto de mi efectivo, descubrí que había un billete de quinientas mil liras de más, unas seiscientas pesetas de entonces, entre las vueltas. Así que, después de terminar su bebida, entró de nuevo en la joyería para explicar lo sucedido y devolver el billete de exceso. Un trato es un trato, cuestión de verdadera limpieza de sangre. Es la única ocasión en que he visto algo parecido al asombro en el semblante de Ismet, pero no la única en que ha abrumado a alguien con toda suerte de ponderaciones y agradecimientos. Me dio una tarjeta personal... no una de las docenas de tarjetas comerciales que poseía, sino una con su domicilio, teléfono y fax particulares, poniéndose a mi disposición para todo aquello que necesitase, fuera ayuda de alguna clase o fueran simplemente indicaciones sobre la ciudad. Pensé en ello rápidamente, y un par de alabanzas después le tomé la palabra. Intuí que no podía desaprovechar la ocasión. De hecho, Ismet nunca se había comportado así y es muy improbable que vulva a hacerlo. Al día siguiente fui con su nuevo amigo a degustar mi primer té en la plaza Beyazıt y a cenar por primera vez en el Özlâle.

«Estó siguro ke esta situasion es koza del kısmet i aussi estó bien konvensido ke va tener kontinuidad…», dijo mi anfitrión en su judeo-frañol-turco, aludiendo a las fuerzas irresistibles y a los senderos ineludibles no sólo de la vida humana, sino del cosmos todo, según dábamos cuenta de una buena ración de meze que Orhan hacía preparar siguiendo las enseñanzas de su madre.
Otro día Ismet me introdujo por primera vez en el hamam de Çemberlitaş. Y, en los sucesivos, conocí lugares en los que mi vida cambiaría de rumbo de forma decisiva. Lugares como el Club 29, junto al Bósforo, con una panorámica, una piscina a media tarde, una carta nouvelle cuisine y un baile nocturno difícilmente desdeñables; o el Feriye, un restaurante emplazado en un centro cultural que en verano se trasladaba a una terraza contigua al borde del Estrecho con la mezquita de Ortaköy asomando por una esquina. La noche del Feriye no admitía más rival que la del Q Jazz.

Al año siguiente me a disfrutar de unas semanas veraniegas en su casa antes de guiarme por ciudades como Edirne, Bursa o Esmirna. En esta última conocí a su familia, es decir, descubrí la inexistencia de límites en su hospitalidad; una hospitalidad abrumadora no sólo para con su casa, sino extendida a la gente del barrio, en la sinagoga... En otra ocasión me llevó a recorrer la costa del Mediterráneo, desde Marmaris hasta Alanya; parte de la zona oriental hasta Malatya y Nemrut Daği; y la ruta de la seda en la meseta central con lagos salados y ruinas de caravasares.

Ya en los primeros días de amistad supe de la vida y hechos de Ismet. Su familia se había asentado en Esmirna desde los tiempos de la expulsión de España, y allí residieron durante siglos, ganando una buena fama de médicos, comerciantes e impresores. Al estallar la Gran Guerra, su abuelo Işak Caen, obedeciendo al impulso de su juventud idealista y patriota, se alistó como voluntario; eso sí, como reputado y pudiente bey efendi, recibió instrucción de oficial. Fue destinado al frente caucásico, donde, por obra del azar y de su buena formación, acabó en el estado mayor del coronel Ismet Inönü. Allí llegó a consolidar el grado de Teniente, convirtiéndose en asistente del Coronel. Luego de los convulsos meses que siguieron al armisticio, y tras la ocupación griega de Esmirna en el año 19, Işak, menos joven y menos idealista, pero todavía patriota como el que más, huyó de la ciudad para unirse a la incipiente resistencia liderada por Kemal Atatürk en el norte de Anatolia. Allí se reencontró con su antiguo Coronel, convertido en General Jefe del Estado Mayor del ejército nacionalista, a cuyo servicio fue incorporado con el grado de Comandante. Participó directamente, entre otras, en las dos batallas de Inönü, de las que el general Ismet tomaría después su nombre. Fue tal el aprecio que se tenían el uno al otro que, tras la Guerra de Independencia, mantuvieron su amistad; incluso su abuelo llamó Ismet a su primer hijo —habiendo ejercido el propio Inönü de sandak en la ceremonia de circuncisión—, quien a su vez haría lo propio con el suyo. No obstante, Işak Caen no quiso utilizar ese ascendiente cuando Ismet Inönü se convirtió en Primer Ministro con Kemal Atatürk y, a la muerte de éste, en Presidente de la República; sin perjuicio, eso sí, de su fiel militancia en el CHP, al que buena parte de su familia seguiría vinculado con el tiempo. Finalizada la guerra en el año 23, Işak rechazó un envidiable alto cargo en el gobierno y se asentó de nuevo en Esmirna, donde reflotó el negocio de sus padres, se casó y nacieron sus hijos y nietos. Allí nació y se crió, pues, Ismet—nieto, quien, después de cumplir el servicio militar, decidió establecerse por su cuenta en Estambul. En contra de la opinión de su familia, que hubiera querido hacer de él un médico aún más prestigioso que su padre —si bien él se parecía más a su libérrimo abuelo que a su metódico padre—, puso en marcha su primer negocio con un ex compañero de milicia, hijo de una de las familias más acaudaladas de la ciudad; intermediación inmobiliaria era su denominación técnica. Como prosperara rápidamente, ampliaron su ámbito de actuación a actividades mercantiles diversificadas, alguna de ellas no del todo aceptada por el ordenamiento jurídico del país y poco compatible con los objetivos del servicio de aduanas. En algunas ocasiones —cuando se aburría o cuando quería comprobar el funcionamiento del personal o socios minoritarios— él mismo se ponía al frente de alguno de sus prósperos negocios, bien en un escritorio o tras un mostrador; y fue en una de esas poco infrecuentes ocasiones cuando acerté a entrar en la tienda de Nuru Osmaniye.

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—Asombroso —interrumpió uno de los lechuguinos oyentes.
—De todo punto —corroboró otro, al que siguieron varios más en el mismo tono.
—Bueno, no creo que sea para tanto, señores —repuso, no sin cierta sorpresa, el bueno de Eyzaguirre.
—¿Cómo que no?
—Pues... Se trata de una historia bastante verosí... —quiso alegar el narrador.
—¡No, esa historia no! Es el comedor, que abre a su hora —corrigió El pastas, con la implacabilidad que concede el trasiego incontenido de Madeira.
Los grupos se disolvieron ipso facto y sus componentes se dirigieron, en ordenado torrente, hacia el comedor. Y es que, si bien las siempre amenas historias de mi buen amigo Pablo no suelen carecer de éxito, la merluza al horno de los martes es un rival imbatible. Inter nos.


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