miércoles, agosto 06, 2008

In Arcadia (I)

I

Salvo raras e inevitables excepciones, sólo consiento en llegar por mar. No puede ser de otro modo. Un yalı se concibe para ser admirado desde el Bósforo, luego hay que entrar en él desde el Bósforo. Como entraron mis antepasados durante siglos. Y con mayor razón en mi Yeni Arnavut, que es «como un enorme pájaro blanco extendiendo sus alas, a punto de sobrevolar el Bósforo, en cuyo interior se guardan tesoros de un art nouveau muy diferente al clásico fin-de-siècle imperante por aquella época en la Europa francófila», según el reportaje de Maisons Côté Sud incluido en el número de diciembre del 90. Sin falsa modestia. Antes lo hacía con una vieja y sencilla motora heredada del abuelo, pero mi (ex) marido me hubo regalado, constante matrimonio, una motora preciosa, una Bigolli del año 72, de seis metros, construida enteramente en madera. Acaban de ponerla a punto en el club náutico de Bebek, y la he vuelto a estrenar dirigiéndome despacio, saboreando el momento y sus recuerdos adheridos —¡cómo le gustaban a él esas entradas y salidas!—, a controlar la puesta a punto de mi Yeni Arnavut. Cuando estoy en Arnavutköy, normalmente en verano, no dudo ni un momento en usarla para escapar hasta Bebek, İstinye o Çubuklu. Aun de noche, también regreso en motora hasta el yalı; basta un poco de pericia y experiencia para cruzar el estrecho y atracar en el pequeño embarcadero que tenemos al costado sur. Mi escolta odia a muerte «ese cacharro viejo» porque suelo salir en él sin aviso previo y tienen que adivinar adónde voy y con qué propósitos, cosa que no siempre consiguen. No obstante, no creo que tengan otro motivo de queja; cuando me ven enfurecida o gruñona, cosa nada infrecuente, no tienen más que cerrar el pico, y todos tan amigos; por lo demás, creo que les trato divinamente.

Hace dos días que he encargado a Hüseyin y Feride una limpieza general, a la que voy a sumarme en lo que sea menester, recibiendo consejos o dando instrucciones. Ambos se encargan, junto con el jardinero, de mantener en perfecto estado y de limpiar la finca durante todo el año. Llegaron del sudeste siendo muy jóvenes, recién casados y con las manos vacías; mi bisabuelo se hizo cargo de ellos cuando terminó de levantar el Yeni Arnavut, y el abuelo los mantuvo como únicos domésticos. Nunca me ha gustado llamarles criados, como tampoco le gustaba al abuelo, y menos aún cuando forman los únicos vestigios de lo que otras personas llaman familia.



Nada más ver la Bigolli atracando han salido a recibirme con sus habituales muestras de contento. Tampoco ellos tienen más familia y hace mucho tiempo que no nos vemos. Casi un año.

—La hanımefendi está tan ocupada últimamente...

—¡Calla, zoquete! —le increpa su media naranja— ¡A ti que te importa lo que haga o deje de hacer nuestra hanım!

—No importa, mujer. Tiene razón —intercedo—. Aunque… si Dios quiere, mi querido Hüseyin, puede que a partir de ahora nos veamos mucho más a menudo. Y os repito que prefiero que me llaméis por mi nombre, y no tanta hanımefendi por aquí y hanımefendi por allá. Al menos aquí, entre nosotros.

Me he cambiado de ropa para sumarme a la faena. Me hace mucha gracia verme con estos pantalones tejanos viejos, una camisa masculina a cuadros y un pañuelo en la cabeza, anudado a la usanza campesina, tal como Feride me enseñó.

Entre ambas hemos repasado todas las estancias, desde el sofa central y sus salitas adyacentes hasta los dormitorios, sobre todo el mío, el que está en la zona del antiguo selamlık, con el balcón voladizo sobre el agua. Luego hemos acabado con el comedor, el salón principal, la biblioteca-estudio (tendré que hacer algunos cambios, o transformar una de las salitas, ya veré, pues no nos va a sobrar el espacio) y los baños. A veces lamento que el abuelo reemplazara el hamam particular por baños de estilo occidental... Feride me ha dado atinadas explicaciones sobre los cuidados y necesidades de cada estancia; nadie mejor que ella, que ve día a día cómo envejecen las cosas y sabe cómo recuperarlas.

Hemos parado para comer los tres juntos al aire libre, bajo la sombra de uno de los magnolios, cerca de la orilla. Me he puesto las botas con la sopa de lentejas y el cordero al estilo de Urfa (ya sabes, con mucha cebolla y pimienta negra) que ha preparado Hüseyin mientras nosotras limpiábamos.

—No me acordaba de haber comido algo tan delicioso.

—Hanımefendi, no nos avergüence, que sólo es una pobre comida de pueblo. ¡Con las cosas que debe de comer por ahí!

—Son una sombra muy pálida al lado de esta sopa y este asado, mi querido Hüseyin. Y no me llaméis así, por favor. Insisto.

Sólo he echado en falta un poco de vino para redondear la comida. Pero su mera sugerencia habría decepcionado y contrariado a este par de bienhechores.

(...)

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2 comentarios:

  1. Creo que la estupidez humana nunca dejará de sorprenderme.

    Lee esto, atención a los comentarios anónimos.
    http://almenosparami.blogspot.com/2008/07/un-pasaje-en-clase-turista.html

    ¿No está esto en contra de la libertad de expresión? Si ellos son un colectivo nosotros otro, y más numeroso.

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  2. Lo mejor de la blogsfera es el enorme espacio de libertad que nos ofrece. Es casi como un regalo.
    No lo desperdiciemos juzjando qué es digno o qué no lo es de ser publicado. No clasifiquemos ni etiquetemos a quienes sí pueden o no publicar lo que les venga en gana.
    Todo vale si no se hace daño a nadie.
    Lo que a algunos puede parecerles vacío, hueco , superficial o frívolo...pueril o vomitivo a otros puede transmitirles frescura, alegría o simplemente nada.
    Entiendo el origen de publicar un blog la necesidad personal de expresarse o desahogarse, no como otros lo entienden que es para que los demás te lean y te aprueben. Eso es un error de enfoque.
    Repito, todo parte de una necesidad íntima y personal de expresión. Lo que venga después...vendrá como consecuencia.

    Desde aquí animo a que todo el mundo, sea quien sea, publique y se exprese.
    Y que reine la paz y la armonía.

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¿Y ustedes qué opinan de todo esto?