viernes, agosto 08, 2008

In Arcadia (II)

Al terminar, les he les he contado mis planes para el futuro inmediato. Estaba rabiando por hacerlo; necesito sincerarme con gente de confianza (bien escaso donde los haya), compartir anhelos, iluminar la ruta con palabras incondicionales. Cada vez estoy más harta de esa ostra en que me he convertido. Y mucho mejor aún me ha venido la sincera y discreta aprobación de mis confidentes.

—Lo que le vendría bien a la hanım es alguien recto y generoso —según Feride—, que haga honor al viejo dicho de los antiguos: donde está la cabeza está también el gorro. Inseparables el uno del otro. Alguien que, de verdad, sea digno para pedirla de acuerdo con el mandato de Dios y la palabra del Profeta, como se decía antes, y que le dé chiquillos para que llenen de vida esta casa y este jardín tan maravillosos.

—Sabéis que no tengo a nadie a quien se me pueda pedir.

—Pues que lo haga directamente ante el Creador de todo.

Al principio no quería dejar traslucir toda mi emoción, pero luego me he dejado llevar.

—No me importaría que fuera ante vosotros. Ya perdí una oportunidad...

—¡Mi hanım por favor, no diga…!

—Sé lo que me digo, mis queridos amigos. Desde que murió el abuelo sois los únicos que se han preocupado por mí, sois lo único que me queda de mi familia, y no os he hecho ni caso... Por favor, Feride, no llores que me vas a hacer llorar a mí también. Hüseyin, haznos el favor de traer el café.

Tras el café, reposado, perfectamente decantado, se me cerraban los ojos, por más esfuerzos que he hecho para contenerlos. Feride me ha llevado (un poco a regañadientes, soy así) hasta uno de los divanes en la fresca y recién aseada Orangerie. Se había ocupado de disponerla antes de comer, como si supiera lo que iba a ocurrir. Me ha quitado el pañuelo y me ha descalzado antes de tumbarme y colocar una manta ligera sobre mi estómago. Es hermoso sentirse niña de vez en cuando.

—¡Si se ve a la legua que está muy cansada! Tanto trabajar, tanto trabajar… y después viene aquí a deslomarse. Ahora descanse un buen rato. Verá que bien se encuentra después.



Dos horas después, los ventanales y la puerta acristalada me han devuelto a la realidad dorada de la tarde, pero no me han arrebatado la improvisada agitación de la niñez. Una fuente repleta de rodajas gordas y descortezadas de sandía espera sobre una mesa en la terraza abierta junto al embarcadero. Del piso superior provienen las canciones que Feride gusta de cantar mientras trabaja, y que tienen la virtud de devolverme a la Arcadia de mi infancia, vivida en este mismo lugar; una infancia de la que sólo recuerdo dos sensaciones: brevedad y felicidad, a cuál más grande, recortadas bruscamente por la guadañadora inefable, inapelable. Et in Arcadia ego.

En estos últimos días me estoy acostumbrando a eso de la felicidad. Felicidad: «un camelo», sabes que digo siempre; «una vana promesa para que los incautos vayan tirando». Pero no puede ser bueno. Porque, aunque exista, eso de la felicidad no puede durar, como no pudo durar mi infancia.

¿O sí?

Para variar, voy a intentarlo. No perderé nada.

(...)
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3 comentarios:

  1. Es todo tan femenino, que estoy que no me lo creo.
    No, por intentarlo, no se pierde nada (sonrisa)

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  2. http://www.elpais.com/articulo/opinion/Estambul/mon/amour/elppgl/20080809elpepiopi_11/Tes
    Besos

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  3. Mita
    No es la primera vez que me lo dicen, pero sí es lo mejor.
    Muchas y muy sinceras gracias.
    P.S. Delicioso el artículo.

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