lunes, septiembre 22, 2008

Café Toscana

«Todos los días nos vamos a dormir y por las mañanas despertamos, sin problema alguno, sólo afectados quizá por el cansancio o algún evento inquietante (...) ¿Alguna vez has pensado en ese simple mecanismo en tu cerebro que regula tu habilidad de despertar al día siguiente? ¿Qué pasaría si tuviera algún desperfecto? ¿Qué diferencia habría entre morir y dormir permanentemente o vivir y soñar constantemente...?»


Suelo decir, más en serio que en broma, que haber nacido con la pulsión de la escritura en estos últimos dos siglos es una desgracia y un fardo difícil de soportar. Ya después del siglo XVII, una vez los Cervantes, Calderón, Lope, Góngora, Gracián y etcétera, dejaron por escrito lo que tenían que dejar, la cosa estaba muy difícil. Y en el caso de que algún rincón hubiera quedado intacto, los del 98 y los del boom hispanoamericano barrieron hasta la menor mota. Así, por generalizar. Lo único que nos queda a partir de este milenio es, por tanto, darle vueltas a los mismos argumentos, a las mismas personas o personajes, y tratar buscar otros enfoques, otras perspectivas con que renovar el pacto con los lectores.

Me vi reforzando una vez más esta idea con el párrafo transcrito inicialmente, que no es sino el planteamiento de arranque de Café Toscana, la primera novela publicada por la escritora mexicana Susana Silva. Porque dicho párrafo es una especie de reescritura de lo que en su día puso Calderón en boca de Segismundo: «Y sí haremos, pues estamos / en mundo tan singular,/ que el vivir sólo es soñar;/ y la experiencia me enseña / que el hombre que vive sueña / lo que es hasta despertar».

Esta idea de la interrelación, confusión y entrelaces de realidad y sueño es la primera línea en la que incide Café Toscana, que no cejará ni se resolverá casi hasta el final de sus páginas. Una artimaña de buena artesana de las letras que le facilita la sorpresa y el giro, la conversión de lo dulce en agrio; bastidor tan denostado por los críticos (y editores) apóstoles de la pureza literaria como apreciados por los lectores cuando no se usa de un modo grosero o irrespetuoso para con éstos. Se crea así, como dice Neus Arqués, un efecto espejo, en el que la trama se desdobla casi de modo simétrico, en dos direcciones. Pero sólo casi; de ahí el interés creciente en su desarrollo y resolución.

En Café Toscana se plantea de manera fragmentada, no lineal y con distintas voces, la historia de Susana Cors. Esta protagonista, de nombre sospechosamente coincidente con el de su autora y actitud parcialmente coincidente con el Augusto Pérez de Niebla, se enfrenta a la dura papeleta que una buena parte de las mujeres contemporáneas han de solventar: la elección o el establecimiento de prioridades entre vida familiar y vida profesional. Y como a casi todas ellas, a Susana nadie se lo pone fácil. «Ser mujer, no importa cuánto te esfuerces, no te llevará al mismo lugar que a los hombres», dice la protagonista; algo que quizá tampoco nos resulte nuevo a quienes, de alguna manera, podamos ser conscientes de esta circunstancia y nos preocupa, pero que una gran parte de la sociedad ayuda a perpetuar.

Y, por último pero no por ello menos importante, también afronta Susana (¿Cors? ¿Silva?) una nueva vuelta de tuerca al carpe diem, quam minimum credula postero de Horacio. ¿Cómo? A través de la idea de recordar el futuro. Vivir lo que hay que vivir antes de morir, captar la esencia de la vida y disfrutar sus pequeños sorbos: la vida como un espresso, «unos cuantos sorbitos y se acabó, bien responde a su nombre, es rápido, espresso, como la vida, llena de esencia pero muy breve». Y es que «más vale no hacerle un desaire a la vida, porque es muy orgullosa y no perdona», no da tantas oportunidades como uno quisiera; a veces ninguna. No hace falta saber adónde vamos, sino que nos basta saber de dónde venimos. Nuestro futuro se recuerda día a día porque somos lo que venimos recorriendo día a día, y todo tiene alguna causa, todo sucede por alguna razón. Determinismo, kismet… (tamizado por el azar, añadiría yo). En definitiva, si sabemos lo que somos, también sabemos lo que seremos o lo que queremos ser con todas sus consecuencias. Algo no tan sencillo de comprender y llevar a la vida diaria, a tenor de lo que se puede ver por la calle. «Y en caso de que fuese cierto,/ pues que la vida es tan corta,/ soñemos, alma, soñemos / otra vez; pero ha de ser / con atención y consejo / de que hemos de despertar / de este gusto al mejor tiempo;/ que llevándolo sabido,/ será el desengaño menos».

He disfrutado mucho leyendo Café Toscana. Literatura boduoir en estado puro: perspectiva femenina, moderna y desprendida de la moral social. Aunque he de reconocer que las atenciones y lo adecuado(*) en recibir el libro (con dedicatoria, tarjeta y palabras amistosas) me predisponían a ello, su lectura basta y sobra para saber que es así, que es una buena novela.

Les recomiendo visitar el blog que el propio libro protagoniza, que les llevará sin duda hasta Café y cardamomo, el blog personal de su autora. Y aquí les dejo dos páginas dedicadas por el diario Reforma a Café Toscana y a su autora (en uno de los cuales, por cierto, se cita con enorme generosidad a este francotirador). Pinchen y lean, si les place.













Y hay otras cosas interesantes en torno a Café Toscana... Más información sobre este libro amigo en Tres Gymnopedias.


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(*) «Quienes, como yo, se sienten inspirados por la grandeza de las cosas pequeñas, la buscan hasta en el corazón de lo no esencial, allí donde, ataviada con indumentaria cotidiana, surge de cierto ordenamiento de las cosas corrientes y de la certeza de que “es como tiene que ser”, de la convicción de que “está bien así”». La elegancia del erizo, de Muriel Barbery.


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