jueves, septiembre 18, 2008

Taxonomía lectora


Vía Tökland.

Hemos descubierto, a través de J. Yanes, la ignorada y enciclopédica labor del mítico doctor Honorio Bustos Domecq. Entre otras ciclópeas labores, Bustos se entregó a «la desproporcionada tarea de indagar la cultura escrita en las sociedades postindustriales, y el conjunto de problemas asociados a los complejos mecanismos de difusión y de recepción cultural a través de los sistemas de escritura. De este marco general se desprendió, de forma natural, la luminosa construcción de una taxonomía universal de lectores».
Al parecer, y siempre según la leyenda relatada por J. Yanes, la tipología de Dr. Bustos incluye, en su versión revisada, unos 2.800 tipos lectores y una extensa taxonomía anexa, sumamente compleja, que no puede reproducirse sino en varios volúmenes encuadernados por su prolijidad. Así que Yanes ha realizado una labor de poda y epítome, publicando una tipología lectora abreviada en la que se halla lo más granado de «la inflexión lectora de la modernidad».
Y en este territorio no se puede desperdiciar la ocasión de reseñar tan provechoso bestiario. Aquí pueden leer la relación completa. Pero, para hacerse una idea del asunto, espigamos y reproducimos unas pocas entradas de dicha tipología:
Apógrafo, a: Lector de fotocopias. Muy frecuente en las universidades. También conocido como fotoléxico.
Apologista: Lector que hace apología de los cuentos, otorgándoles carácter genérico, en contra de la tradición europea que lo considera, injustamente, un subgénero de la novela. Especie a conservar.
Bestseléctor, ra: Especie que sólo lee bestseller. Libros que, por otra parte, suelen ser más seller que best. Es, en realidad, una honorable víctima de la sociedad de consumo y suele poseer una ignorancia enciclopédica.
Cartaginés, sa: Tipo de lector que cuando lee un libro tiene que dejarlo y empezar a leer lo primero que se escribió sobre el asunto, por muy remoto que éste sea. Normalmente empieza por los cartagineses. Se ve forzado a una especie de eterno retorno y suele perderse con facilidad en el proceloso mar de las letras. Más frecuente de lo que en principio pudiera parecer.
Clásico, a: Lector aristocratizante que sigue el canon clásico de la lectura: privacidad, sigilo, meditación. Posee una biblioteca privada que trata de imitar las emblemáticas bibliotecas personales de Erasmo y Montaigne. Vive en una mansión. Si en lugar de mansión tiene un pisito, aunque mantenga intacta su refinada pasión, los libros suelen andar atrabancados por toda la casa, en los armarios, debajo de la cama o en la nevera. La situación llega a ser grave cuando también se ve obligado a colgarlos de las ventanas como guirnaldas de flores.
Gregario, a: Lector de libros de moda, de los que anuncian por la tele. Lector de libros que le recomiendan los compañeros de trabajo o los amigos. Le encanta que le digan: “léete no sé qué, que está buenísimo”. Peca de una credulidad admirable. Suele ser pasto de las campañas comerciales de las grandes editoriales que en lo único que piensan es en vender.
Libélulo, a: Tipo lector, eminentemente frugal, que lee lo indispensable para sobrevivir. No debe confundirse con el lector de libelos, oficio noble donde los haya, ni con el lector de El ascenso de la insignificancia. Su nombre científico es acondroplásico o enano lector. Tampoco tiene que ver con el lector portátil, pero sí está emparentado con el anoréxico u opusculario. Para entendernos, un gandul.
Novélido, a: Tipo de lector monofásico que solo y exclusivamente lee novelas. La lectura de otro tipo de literatura le produce graves alteraciones neuronales. Dentro de este tipo se dan los subtipos correspondientes a la novela policíaca, de aventuras, de terror, psicológica, y otras. Padece hipermonofasia cuando dentro de un subgénero sólo lee a un autor del que conoce su vida y milagros, y al que envía correos electrónicos delicuescentes. En todo caso, es lector de largo aliento. Cuando sólo lee novelas de caballería suele empezar a tener problemas con la policía, pero en general es inofensivo.
Pedabobo, a: No confundir con el sujeto que ejercita sus dotes flatulentas disimuladamente en las bibliotecas levantando las asentaderas con levedad. Nos referimos aquí al sufrido lector de libros sobre educación. Libros, por otra parte, difícilmente soportables: escritos con gran desaliño estilístico; proclives al uso inmoderado de anglicismos; plagados de diagramas innecesarios (flechitas, cuadraditos, resumencitos); llenos de sangrados, subapartados (1; 1.1; 1.1.2; o de letras, a, b, c…); sembrados de negrillas, bastardillas, de párrafos enjutos y contenido inane. La mayoría de sus autores son eminentes glosadores. En fin, un poema.
Pornoléxico, a: Lector incontinente de vidas de santo, del martirologio romano, de horóscopos, de astrología y de revistas del corazón y otras vísceras. También es lector de ciencias ocultas, de cartomancia y de parapsicología. Entran en esta categoría algunos lectores de ciencia ficción, ufología y lectores de casos de abducción, así como los lectores y coleccionistas de fascículos semanales y pliegos de cordel.
Psicoanalista: Lector argentino de literatura de ficción.
Rampante: Llámase así al que lee recostado. Rampante severo, el que además necesita ponerse el pijama o el camisón.
Sardónico, a: Lee para confirmar que todo el mundo está equivocado. A este grupo pertenece también el llamado ultracorrector, sólo lee para pillar los gazapos ortográficos, léxicos, sintácticos o tipográficos de los otros. Puede degenerar en patología en los casos de enfatuación aguda. Suele tener colgada una sonrisita en la comisura de los labios mientras lee, para subrayar la suficiencia.
Solapero, a: Lector de solapas de libros. Es baratito, no gasta un duro en libros, lee a hurtadillas en las librerías. Es, en realidad, un subtipo de lector virtual. Llega a adquirir una extraordinaria habilidad en el uso de la información que allega de manera tan alevosa. Puede dar el pego.

Sin duda, labor digna de encomio y proveedora de diversión para toda la familia. La pregunta ¿qué clase de lector es usted? puede dar mucho juego tanto en las largas tardes de lluvioso invierno como en los matinales corrillos de chiringuito playero (siempre antes del tercer botellín de cerveza, para que no degenere). Por ejemplo, servidor de ustedes se autoincluye en las especies clásico-con-pisito y rampante, después de haber superado un tratamiento de desintoxicación como novélido.

No obstante, en este bestiario para taxónomos de biblioteca no aparecen especies protegidas como ésta, que también puede verse en el blog de Tökland:


Pinchando en la imagen podrán acceder a un tipo de salvaje lector cordial (del latín cor, cordis, corazón) de clasificación realmente difícil. Y es que Doc Bustos no profundizó en la piratería al por mayor.

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