jueves, enero 08, 2009

Estupefacientes (XIV). El amor (2)


El amor es un acto de creación, de creación entendida como acto de crear, de producir algo de la nada; por lo tanto, es obra de la cabeza, de la razón. Mal puede andar por el mundo quien deja que sus actos y sus ideas surjan de sus vísceras, por mucha fama que posean socialmente y libros que nos quieran vender los poetas.

Se cuenta que Isaac Albéniz, estando ya casado con Rosina Jordana (*), viajó a París allá por el año 1889 para encargarse de una serie de conciertos. Unos días después de su llegada, su esposa recibió un telegrama que decía: «Ven pronto. Estoy gravísimo». Ella se puso en camino de inmediato y al llegar a la estación de París (no se dice cuál, mas es de suponer que fuera la D’Austerlitz), encontró a su compositor marido esperándola. Albéniz fumaba un puro enorme y parecía rebosante de salud.
―¿Pero... no estabas enfermo? ¿No estabas gravísimo? ―preguntó la sorprendida (y adivino que también indignada) Rosina.
―Sí, gravísimo ―contestó él―. Fíjate, que estaba empezando a enamorarme.

Esta anécdota no es sino la más clara confirmación de un aforismo paradójico escrito por el viejo G. K. Chesterton, ya saben, el creador del entrañable Padre Brown: dichosos los hombres que se casan con las mujeres a las que aman, pero más dichoso aquél que ama a la mujer con la que está casado.


(*) Cotilleo: al parecer, bisabuelos ambos tanto de Cécilia Ciganer Albéniz como de Alberto Ruiz Gallardón.

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