miércoles, marzo 04, 2009

Cuarentones en cuarentena



Nilos de tinta se han vertido sobre los inconvenientes y las funestas consecuencias de alcanzar esa edad en la que, según las estadísticas actuales del primer mundo, los seres humanos ya hemos gastado o malgastado la mitad del soplo que dura nuestra vida. Mucho se ha escrito y con poco sentido. Ese tópico de la crisis de los cuarenta, tan refractario a la erosión como al rechazo, nunca ha tenido una explicación nítida, y siempre se ha invocado entre brumas y vaguedades. Al menos yo, que no frecuento las tertulias de psicofármacos y sociópatas, nunca he llegado a escuchar un lógico porqué. Hasta hace unos días.

Aunque no constituye una explicación sistemática y universal, este artículo del escritor Javier Cercas da, a mi juicio, una aproximación lateral a ese faux pas con que se inaugura el número cuatro en nuestros aniversarios. Para los perezosos, reproduzco aquí la descripción genérica del drama:
Dicen que a los cuarenta se produce un bache. Un bache, Dios santo: lo que se produce es un socavón espeluznante. El cuarentañero no se enamora, apenas folla, apenas bebe cerveza, jamás tira una croqueta a un ventilador; de la vida se acuerda, pero dónde está. Vive encajonado entre unos hijos demasiado niños y unos padres demasiado viejos: cuida de los hijos, pero se siente culpable de no cuidar suficiente de los hijos; cuida de los padres, pero se siente culpable de no cuidar suficiente de los padres. A veces recuerda el día en que una enfermera le puso en las manos a su hijo recién nacido; como todo el mundo, lloró, pero más tarde ha comprendido que no lloraba de alegría, sino de ganas de salir corriendo y no parar hasta el desierto del Gobi. No lo hizo, y ahora es tarde para hacerlo; ahora, de hecho, le aterra perder a su familia. Por supuesto, odia la palabra responsabilidad, aunque se siente responsable de todo, incluso de aquello de lo que no es en absoluto responsable. Además está lo otro. Schopenhauer dijo que cada vez que respiramos es como si apartáramos la muerte a manotazos; el cuarentañero tiene la impresión de apartar los muertos a manotazos: se mueren los padres, se mueren las madres, se mueren los padres de los amigos, se mueren las madres de los amigos, a veces incluso se mueren los propios amigos. El espectáculo es sobrecogedor. La mayoría opta por alimentarse a base de ansiolíticos y antidepresivos. Algunos ingenuos sueñan con cambiar de vida, ese sueño mentecato. A mí me dan unas ganas tremendas de vestirme de hombre rana y pedir solemnemente que se levante de inmediato la sesión.
La solución que propone, encerrarnos en residencias hasta que pasemos la década sobrecogedora, además de una broma, es una distopía tan deseable como imposible de sostener por los tesoros públicos. Pero como ejercicio filosófico del tipo huxleyano no está mal. Todos falsamente felices, exclamando como Miranda en La Tempestad de Shakespeare:
«¡Oh qué maravilla!
¡Cuántas criaturas bellas hay aquí!
¡Cuán bella es la humanidad!
¡Oh mundo feliz,
en el que vive gente así!»

Pero no nos engañemos. Se puede pensar, como propone el autor del artículo, en que «esto pasará; parece mentira, pero pasará». O, mejor aún, se puede pensar como Noemí: No tengo edad. Hondo y hermoso. Léanlo y consuélense.

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