sábado, junio 27, 2009

Crónicas romanas (I)

Bien sea por la influencia de Clío o bien por la de Calíope, y teniendo en cuenta que no soy romano, para mí Roma es la infinita extensión minúscula de aquellas siete colinas de su origen, ese triángulo pitagórico comprendido entre la Villa Borghese al norte, el Trastevere al oeste y San Juan de Letrán al este.


Es imposible abarcar en el espacio o en el tiempo (o incluso en el espacio-tiempo) semejante caos de belleza al aire libre, de historia escondida, color, ruido y perpetuum mobile con los escasos miles de millones de neuronas que todavía debe de conservar uno en buen estado. Así que no hagan mucho caso de estas elucubraciones caligráficas, producto indudable del síndrome de Stendhal, y, si acaso, estimúlense más con las fotografías. Valen más que un ciento de entradas de palabrería manida.


Cuadros, estatuas, iglesias, ágoras o templos que, de tanto contemplar en libros de texto, enciclopedias o libros de arte en una infancia y primera juventud en la que no viajaba, o viajaba de forma diferente, cuyas imágenes habían quedado grabadas en el magín de las primeras pasiones que emergen de manera incontenible, salen al paso dolientes y orgullosas. «Soy mucho más que una imagen, mucho más que un simple recuerdo. Soy parte de ti».


Hay lugares cuya contemplación, en cuya estancia me he reencontrado con un pasado, con una existencia anterior.


Eso, en definitiva, es viajar en el tiempo para reencontrarme con el niño, el joven, el fatuo, el soñador, el hambriento de conocimientos, letras e imágenes que fui. Una cuerda espacio-temporal tejida de recuerdos y sensaciones que reafirma por qué y cómo soy lo que soy.


Y en una ciudad de la que se conocen las dotaciones turístico-culturales de preceptiva visita, los transeúntes alevosos y reincidentes tienen la libertad de rastrear sus barrios en busca de fachadas, rincones, patios, plazoletas... es decir, los detalles, que construyen memoria y amor verdaderos en y por ella.


En una ciudad «decadente, ruidosa, caótica y tan bella que casi duele» (César dixit) ha de guiarse el transeúnte por el subconsciente más que por la consciencia.


Y es que no es fácil extraviarse o saciarse en una ciudad a la que no se viaja; porque en Roma se tiene la sensación de no haber salido nunca de casa, o más bien de uno mismo, la sensación de pertenencia de algún modo o en algún tiempo. Una gigantesca magdalena proustiana que evoca por doquier lo ya visto, ya escuchado, ya leído o ya soñado.

Espejo en el Caffè Greco.

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