miércoles, julio 08, 2009

Crónicas romanas (y III)

Miércoles.
Tardío despertar.
Sale de su funcional hotel en la Via Nazionale, ya en pleno mediodía, dando un paseo vía Piazza Barberini hasta la Plaza de España.
Baja por la escalinata de la Trinità hacia la Via Condotti (no falta ni una de las marcas de lujo conocidas en este hemisferio).


Hay sugestivas callejuelas y patios adyacentes, muchas veces escondidos, donde perderse durante horas.
Un refrigerio en el Caffè Greco. Como el eterno retorno.
La cena, en Al 34. Repite los viejos tiempos sin quedar defraudado: buena mesa y tagliatelle con langosta.


Jueves.
Llueve sin cesar. Hay huelga de taxis y los autobuses funcionan como siempre. No hay que buscar porqués para andar largo y tendido. Atraviesa el Foro de Augusto y cruza la Vía de los Foros, para subir a la Plaza del Campidoglio.
En los restos del Templo de Júpiter, bajo el Caffarelli, se disfrutan unas vistas espectaculares sobre el Foro.
Una breve pausa para reponer fuerzas en el Caffè Capitolino y su terraza, llegando desde el Palazzio dei Conservatori.


Paseo tranquilo de regreso. No llueve.
La cena, en el diminuto Il Posto Accanto, cerca del hotel, buenísima, originalmente tradicional y trop cher, reconforta según avanza con los ravioli de carne al jengibre y el pez espada salteado con verduras.
A la salida, la lluvia regresa. Llevar el paraguas a cuestas no facilita nada la prolongación del paseo más allá del portalón del hotel.


Viernes.
El sol ha regresado. Así que pasea por el mercado de Campo de’ Fiori. Mezcla barroca de turistas y romanos. Lo mejor, la enorme cantidad de verdura que encanta cocinar a los lugareños, dispuesta primorosamente. Los cafés de la plaza, atractivos. La librería Farenheit 451, irresistible. Se sienta un rato en una terraza y mira pasar la vida ante la suave agitación del mercado y bajo la mirada de Giordano Bruno.


Atraviesa el Puente Sisto para perderse con fruición en el Trastevere.
Y vuelve a visitar la basílica de Santa María. Lo haría una y otra vez, una de sus favoritas romanas.
Cruza el Puente Garibaldi para recorrer parte del Gueto. Como el Trastevere, algo más limpio y cuidado en general. Está a punto de iniciarse el Shabat; hombres, mujeres y niños empiezan a dejarse ver alrededor de la sinagoga en Lungotevere. Sale por la Fuente de las Tortugas (siempre Bernini).


Llega hasta la zona de Piazza de la Rotonda. De ahí al Panteón, claro.
Como siempre, después un espresso doppio en Il caffé di St. Eustacchio. El mejor café del mundo por él conocido.
Cambio de ropa para cenar el Al Pompiere, regresando al corazón del gueto (hay taxis de nuevo). Un palacio del Seicento, pero sin lujos, bullicio y calabacines fritos con anchoa.


Sábado
Villa Borghese, porque un casi todo Canova está en el Museo compitiendo inútilmente con el anfitrión Bernini.
Por la tarde, una espina pendiente: las Casas del Celio. Ocultas y ocultando frescos de los primeros siglos cristianos y el Templo de Claudio bajo el campanile de Santi Giovanni e Paolo.


La noche en Via Veneto y su apagado esplendor. Nostalgia. Ya no está Federico, ni tampoco Marcello. Pero siguen el Excelsior y el Majestic. Y, cosa curiosa, cada vez hay más gente joven en locales de moda. Pijerío irredento.
La cena, en George's, uno de los últimos y débiles bastiones de la Dolce Vita.


Domingo.
Vuelve a llover, así que nada de paseos: Palazzo Barberini, que está cerquita de la Nazionale, con su fabulosa colección y con una muestra especial sobre el Bernini pintor.
Un refrigerio rápido, porque el avión espera en Fiumicino. Media tarde.



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