miércoles, septiembre 30, 2009

De la felicidad y las identidades disociativas

«Nunca he tenido la certeza de vivir en un solo mundo, la tranquilidad de una sola pertenencia indudable. (…)
Yo trabajaba en una oficina pero en mi otra vida era un novelista, aunque nadie lo sabía. Publiqué una novela y la escisión, en vez de remediarse, se hizo todavía más profunda. Tomaba un tren o un avión para ir a Madrid a algún encuentro literario y me sentía tan raro entre mis hipotéticos colegas como un funcionario municipal que se ha equivocado de reunión. Pero volvía a Granada y a mi oficina y entre los demás funcionarios me sentía más raro aún. Y en ambos lugares me veía rodeado de gente que parecía tener una idea mucho más sólida de su posición en el mundo. (…)
Yo pensaba que sería una cuestión de tiempo, de madurez. Pero el sentimiento de incertidumbre y provisionalidad me ha seguido acompañando en cada sitio donde he estado, en cada cosa que he hecho. Cobra otras dimensiones con el paso de los años. De joven tenía una idea más heroica de la vocación literaria, que convertía cada libro nuevo en una especie de fatalidad, el fruto de un arrebato cuya misma vehemencia era su justificación y de algún modo excluía la posibilidad del error. Ahora sé que ni el esfuerzo de los cinco sentidos ni la disciplina ni la convicción ni la experiencia bastan muchas veces para salvarlo a uno de la equivocación, y que se puede fracasar y tener éxito al mismo tiempo, y que el significado de cada una de esas dos palabras puede ser tan tramposo, tan equívoco, que más vale no usarlas.»
Demasiada felicidad, Antonio Muñoz Molina (artículo publicado en el suplemento Babelia de 19 de septiembre de 2009).
Día tras día, año tras año, desde mi última juventud, la misma sensación de trastorno disociativo que describe el autor ubetense intenta sabotear todos mis esfuerzos para compatibilizar lo incompatible.

No se trata sólo de dar rienda suelta a la pulsión de la palabra escrita; no la condición de inmigrante digital más o menos integrado a través de esta bitácora y de redes sociales varias; ni las responsabilidades que completan el amor por quienes dan un sentido a mi andadura por el mundo; ni tampoco las pertinaces obligaciones cotidianas que, quiérase o no, permiten sustentar todo lo anterior con una firme lisura.

Posiblemente se debe a todo ello junto, amalgamado en una realidad (suponiendo, quizá con ligereza, que sea una realidad) poliédrica, multiforme, en la que me hallo sumido desde hace algún tiempo; una realidad que tiende a centrifugar mis distintas facetas vitales y me obliga al esfuerzo diario de encauzarlas juntas y en una misma dirección a través de unas riendas un tanto resbaladizas, porque todas ellas tienden a llevar rumbos propios, siempre en sentidos divergentes, y a situarse a gran distancia las unas de las otras.

Los contratos administrativos y la aprobación de proyectos de obras muy poco tienen que ver con las sesiones informativas de comienzos de cada curso y las tallas de las camisas de los uniformes del colegio, que a su vez en nada se parecen a un taller de Scratch con sabios aprendices, lo cual no guarda relación alguna con la libreta en la que estoy escribiendo esta entrada (y su contenido)... escribiendo, por cierto, en un parque cercano a mi casa, al tiempo que vigilo a Fernando y a su amigo Álvaro imponiendo el estado de sitio con sus monopatines, mientras mi dueña lleva a Pablo a la pediatra porque ha vomitado en el cole y tiene algo de fiebre. Realidad poliédrica. ¿Me explico?

Con estos mimbres se pueden trenzar pocos cestos de gloria, fama y posteridad que, confiteor, quizá pudiera haber imaginado en tiempos juveniles. Basta dar un repaso a las biografías de todos los clásicos, antiguos o contemporáneos, para darse cuenta de que las letras se llevan mal con los pañales o con la función pública. Pero la madurez me ha traído un excepcional regalo en forma de vacuna contra la vana-gloria; un regalo que se traduce como: ¿y qué?

Cambio gloria por felicidad. Felicidad en mano por gloria volando.

Y vuelvo al artículo de Muñoz Molina:
«Salgo luego a la calle, y como es temprano para la cita del almuerzo me siento en un banco de un pequeño parque a tomar el sol suave de septiembre leyendo el último libro de Alice Munro. El título resuena inesperadamente en mi estado de ánimo: Too Much Happiness. A veces es posible sentir demasiada felicidad. En el banco, a la una de la tarde, entre indigentes adormecidos y madres jóvenes que hablan por el móvil, leyendo al sol a Alice Munro -papel y tinta olorosa, encuadernación firme entre las manos-, me encuentro del todo en mi lugar.»



En mi caso, también en un banco del parque, a media tarde, con mi lapicero y mi libreta, viendo jugar a mis dos proyectos de hombres libres y dignos, o jugando directamente con ellos, me encuentro del todo en mi lugar. Lo demás vendrá por añadidura. Sí, a veces es posible sentir demasiada felicidad.

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