jueves, octubre 08, 2009

De viajes ilustrados (I)

COSAS QUE HACER EN BIARRITZ CUANDO ESTÁS VIVO


Un desayuno a tempo adagio abre los sentidos y dispone la mente y el cuerpo a recibir toda clase de sensaciones. Si el hotel dispone de terraza o jardín, es recomendable esta opción.


Las calles más cercanas a la corniche derrochan el encanto con que los franceses, y sólo los franceses, saben ataviar sus edificios. Bourgeoisie pura.


El Palacio de Eugenia de Montijo y Napoleón III, hoy Hôtel du Palais. La burguesía degenera en aristocracia. Con historia.
(NOTA: no miren en los puntos de Travel Club o Carrefour: no entra)


Acercarse a la iglesia ortodoxa rusa. Impronta dejada por la nobleza rusa, invitada primero por Eugenia de Montijo y escapada de la Revolución de Octubre después. Igor Stravinsky seguramente acudió a unas cuantas ceremonias (influencia presente en muchas de sus obras) en esta iglesia entre 1921 y 1924, tiempo durante el que residió en la villa.


Dejarse querer por la mar, sólo la mar.


Ir descubriendo el puerto viejo, poco a poco, por senderos que se se escurren entre tamarindos.


Un alto en el camino. El déjeuner es importante para encararse con la vida diaria con amplias perspectivas.


Con las fuerzas repuestas, pasear y pasear. Quizá atravesando el puente que lleva al Rocher de la Vierge.


Quizá contemplando algunos eclecticismos anglo-galo-vascos.


O cayendo en alguna galería de arte, como la de Joseph Laulié, que, de paso, interpreta los colores de su ciudad con intensidad cuando menos llamativa.


Si se tiene algo de suerte, y mejor aún si le gusta el cubismo, puede toparse con una exposición sobre Lipchitz en Le Bellevue.


A media tarde, ver y dejarse ver en algún café del Quai de la Grande Plage.


Admirar los contrastes con que juegan la luz y el mar en el crepúsculo.


Como la villa mira al oeste, puede uno tomarse su tiempo para contemplar la puesta de sol.


Encontrar un lugar para cenar; viene a ser como buscar una paja en un pajar.


Dejarse llevar (me repito, pero es así) por el encanto que los franceses saben dar tanto al restaurante de lujo como al más reducido tabac.


Si coincide en fin de semana, además, terminar la travesía diaria con un cocktail bien ambientado. El Ventilo Caffé podría ser una opción entre muchas.


Retirarse a tiempo, por mucho que se esté disfrutando. Lo mejor es enemigo de lo bueno.


Tratándose los vivos de espíritus barrocos o manieristas, disfrutar de apacibles momentos antes de dormir en el recargado lounge a media luz.


Pero sólo son propuestas muy personales, expresadas con un subjetivismo cultivado a conciencia.

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