viernes, noviembre 27, 2009

Estupefacientes (XVIII). La música (4)


Tratando de recuperar su equilibrio relativista, ese analgésico savoir faire made in England, recurrió de nuevo a sus fetiches: el sabor de la Tanqueray con limón, la noche cálida, el balcón abierto a la vida de agosto con su sillón favorito… La luz oscura de la calle iluminaba el remate con la creciente y la estrella situado en una de las esquinas del salón, como una llamada de otro mundo. Pero, él no veía mucho en ese momento, absorto como estaba en el scherzo del segundo movimiento del único Concierto para piano y orquesta que compuso Alexander Scriabin. Fácil elección para un adicto a la melancolía, droga dura donde las haya: nada mejor que un ruso para meterse uno de los habituales chutes de melancolía, para regodearse bien con un buen dolor espiritual en medio del subidón lánguido y yermo.

Había en su discoteca numerosos opus de autores de las más diversas nacionalidades a cuál más apropiado para estar presentes en esa clase de desarreglos morbosos. Qué decir de un Mahler, un Liszt, un Berlioz o incluso un Sibelius, por citar algunos bien conocidos por sus altavoces; pero, cuando la tempestad íntima arreciaba, nada como los rusos para maltratarse durante unos cuantos movimientos, calmando los dolores que la vida pone en el camino día a día —y noche a noche— o atemperando la algidez producida por el pesimismo funcional. Por esa razón, reservaba su tríada de divinidades filarmónico-neuróticas, Tchaikovsky, Shostakovich y Scriabin, cuando quería paladear al máximo esa dosis de embarrancamiento anímico, cuando llegaba, en su cénit, incluso a notar un cierto dolor físico en una zona indefinida del cuerpo, entre los pulmones y el bazo, tirando hacia el esófago; una zona escurridiza y volátil donde los sabios medievales localizaban el alma.

Así permaneció, impregnando hasta la última vena de ginebra, recuerdos y una figura temática descendente que estaba llegando a la fuga del allegro final, cuando sonó el teléfono. Contrariado, muy contrariado por el estropicio artístico y la interrupción del drogado emocional, estuvo a punto de coger el teléfono para arrojarlo por el balcón. Pero, después de contar hasta diez, descolgó.

Kismet, capítulo XVIII.




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