miércoles, diciembre 23, 2009

Cuento de Navidad

En una lejana ciudad de un no menos lejano país vivía el amigo de un amigo, un honrado ciudadano que procuraba, si no hacer el bien por doquier, al menos no causar daño al prójimo. Respetuoso con las leyes, trabajaba honradamente y pagaba sus impuestos. No obstante, padecía aquel buen hombre de un cierto humor tétrico y una cierta aversión al trato humano. Este humor dejaba de serlo cuando se acercaba el solsticio de invierno y las calles se anegaban entre luces de colores y lo que a él le parecían horrísonas canciones e hipócritas felicitaciones. Esto es, la Navidad.

—¡Felices Pascuas! ¡Dios os guarde! —le decían sus vecinos.

—¡Bah! ¡Patrañas! —contestaba él con sinceridad.

Por más que sus escasos amigos le tildaran de viejo prematuro, de cascarrabias y aguafiestas, el injustificado alborozo y el consumo compulsivo de bienes inútiles que contemplaba a su alrededor le mantenían firme en su posición, como un leal francotirador.

Pero hace algunos años tuvo un desafortunado encuentro con tres espectros: el espíritu del pasado, el espíritu del presente y el espíritu del porvenir. Ese triple encuentro, sobre todo con el espíritu doble del porvenir, no dejó piedra sobre piedra en su muelle vida, trastocó su mente y su cuerpo hasta extremos inimaginables y los hemisferios del celebro le bailaron hasta el cortocircuito.

Árboles, belenes, luces de colores, villancicos, felicitaciones, festivales... todo empezó a ser poco ante la insaciabilidad de ese espíritu de armónica locura y apacible tumulto que le poseyó desde entonces.

Así que, niñas y niños de todas las edades, tened cuidado con aquello de lo que renegáis: es posible que, tarde o temprano, como le decía su dueña a aquel hombre, te caiga en la boca.

Como dijo un tal Dickens, o algo así, en un cuento que escribió con cierta semejanza: «con este fantasmal cuento he procurado despertar al espíritu de una idea sin que provocara en mis lectores el malestar consigo mismos, ni con los otros, ni con la temporada, ni conmigo. Ojalá encante sus hogares y nadie sienta deseos de verle desaparecer».

En fin, ahí les dejo la felicitación con que aquel converso acostumbra ahora a felicitar a sus congéneres.

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