martes, diciembre 01, 2009

Día de días

Nunca iba a ser más joven; quizá algo más viejo, pero no era seguro. Su cuerpo contaba menos que la mente.

Se levantó a las seis y media, como siempre. El frío lluvioso en la calle. En la radio el barroco. Y café.

Arrancó el motor del coche, cruzó el Puente para llegar al trabajo. Se entregó a la rutina. Iba a vivir el mismo día repetido. Pero, el escenario que dibuja el ánimo puede diferir tanto de un día a otro, de una rutina a la misma, que todo, lo máximo y lo ínfimo, puede transformarse, retorcerse. O intercambiar su sentido.

Aunque adoraba la sensación de flotar, flotar sobre el agua, sobre el tiempo, sobre los sueños, en ese momento tenía motivos de sobra para sentir el suelo firme bajo los pies.

No podía pedir más de lo que deseaba, por ser como era; ni podía desear más de lo que tenía, habiéndoselo ganado a la arena del reloj grano a grano.

Por eso se había embutido bajo la camisa y el foulard que su amadísima amante le había comprado en la elegante tienda al final de la Strada Nova.

Porque era su cumpleaños. ¿Uno más? El primero distinto. Sólo por eso.



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