martes, abril 21, 2015

Por qué Sueño y azar


Hace ya diez años que leí un entrañable artículo de Arturo Pérez-Reverte en el que describía la actitud de una niña ensimismada en el mundo que le ofrecía un libro ilustrado que estaba leyendo. «No leía con expresión plácida, sino obstinada; baja la cabeza, como si el esfuerzo de mantener a raya el bullicio circundante no fuera fácil. Se diría que aquella singular trinchera no se la regalaba nadie, sino que la conquistaba palmo a palmo, a golpe de voluntad. Enternecedoramente pequeña, sola y orgullosa. Deliberadamente ajena a todo. Ella y su libro». (La niña del pelo corto; El Semanal, 3 de abril de 2005)

Algunos meses después, en el mismo semanario, publicó otro artículo que protagonizaba «un niño cualquiera, de infantería»; pero esa definición correspondería a otra época o a otra sociedad distintas de la actual, en la que la mayor parte de sus congéneres no responde a su mismo aspecto: «el aspecto de un niño aseado, correcto, normal, el que cualquier padre con el mínimo sentido común desearía para un hijo suyo»; ni a su misma actitud: «dijo gracias cada vez, pidió por favor esto y aquello, se bebió su refresco sin derramar una gota, sin tirar nada al suelo ni molestar a nadie (...); nos dirigió otra sonrisa, dijo buenas tardes y salió del vagón». (El niño del tren; El Semanal, 18 de septiembre de 2005)

Pero este último artículo, finalizaba con un deseo: que ese niño tan normal y tan extraordinario «se encuentre en alguna parte con aquella niña del pelo corto, la que leía un libro, obstinada y solitaria, en el patio del recreo mientras las otras niñas movían el culo jugando a ser ganadoras de Operación Triunfo». Ese deseo suscitó de inmediato en mi imaginación la apetencia de realizarlo, la ilusión impaciente de ver cómo esas dos almas llamadas a compenetrarse y complementarse se encontraban y se reconocían como tales.
Y, qué duda cabe, el azar (o el destino, o la voluntad divina) y los sueños de los protagonistas están llamados a la fuerza a intervenir en contra o en pro de ese encuentro. Para conocer y reconocer a un semejante no basta la cercanía física ni el mero conocimiento visual; y a veces, decisiones que nos parecen nimias —porque aparentemente no entrañan consecuencias— o estados de ánimo cambiantes —que alteran el sentido de dichas decisiones—, suelen marcar nuestras vidas. En ciertos hechos que no damos importancia, o ni siquiera recordamos, se deciden vidas que nunca viviremos. Prestar un pañuelo, dejar olvidado un carnet, presentarse a una prueba de selección para una orquesta...

...una orquesta. Y es que la música está presente en la vida de los dos protagonistas de Sueño y azar. En torno a la música cruzarán sus vidas en más de una ocasión y determinarán su curso. El sonido de un cello en una vieja película se tornará en un hilo del que penderá la vida de ella y, tirando del otro extremo pero en el mismo sentido, también la vida de él.