jueves, julio 14, 2016

Sensatez y sentimiento


Sensatez y sentimiento de Jane Austen


—No hace falta demasiado tiempo ni demasiada perspicacia para darse cuenta, ¿verdad? —afirmó Aysel ante el asentimiento silencioso de Nora— Deje que adivine: ¿puede ser posible que la primera vez que él le habló pensara usted que le estaba tomando el pelo? —Nora continuó asintiendo, esta vez con una leve sonrisa en su recuerdo, y Aysel concluyó—: Y cuando se dio usted cuenta de que no era así, le pareció inverosímil. Y cuando dejó de parecerle inverosímil se sintió atraída. 

La sonrisa volvió también a la boca de Aysel con ese remache, desterrando en absoluto la ironía hostil. Durante unos momentos, ambas volvieron la vista hacia la cristalera, contemplando el centelleo de las aguas producido por un claro en el cielo; unos momentos de refugio en la evocación.

—Voy a confesarle una cosa —añadió Aysel saliendo del refugio y tras el primer sorbo a su café turco—. Al principio, cuando le conocí, pensaba que era homosexual. 


A Nora, que no podía eliminar de su rostro la estupefacción y un tenue rubor, se le escapó su risa cantarina. 

—Sí, si, es cierto, no se ría. Figúrese, como antes le decía, un sujeto educado, culto, bien vestido, limpio, con opiniones flexibles, cuyos piropos son de lo más moderado... y que, además, no alardea de virilidad y no quiere llevarle a la cama a las primeras de cambio. «No, no puede ser. Es gay, seguro», me dije —soltaron sendas carcajadas antes de proseguir—. Pero me gustaba de todas las maneras, fuera lo que fuese. Me gustaba estar con él, charlar, reírme mucho. Adoraba reírme con él. Hasta el momento de la sorpresa... 

—Porque, sin duda, es una caja de sorpresas —atajó Nora, ante la pausa de la otra, conservando la sonrisa—, ¿verdad? 

Kismet, capítulo XV.

Sensatez y sentimiento. En esa obra maestra de Jane Austen (más y mal conocida en estos lares con el pésimo título de Sentido y Sensibilidad por obra y gracia del cine de época) se plantea, por medio de una placentera prosa, la virtud de mantener el equilibrio personal entre la razón, la inteligencia emocional por un lado, y por otro el sentimiento, el corazón apasionado. Es un dilema que, en mi opinión, se plantea más entre las mujeres, más dadas a oscilar entre uno y otro extremo.

Entre los hombres, los dilemas de esta naturaleza son más bien escasos (la escasez es una característica que bien define a este sexo), limitándonos a derivar, que no a situarnos conscientemente, entre el amplio espectro del término medio. Y siempre, en el mejor de los casos, más inclinados a los valores éticos que a los valores estéticos. Hace tiempo, comentando una frase que había leído en las Cartas de Lady Mary Wortley-Montagu, «Las mujeres cuando hablan de belleza lo hacen con arrobamiento», una amiga me replicó: «Me encantaría ver un sólo hombre que sepa hablar de belleza con profundidad».

La apreciación intensa de determinadas formas de belleza o sensibilidad en general por parte del estamento masculino me parece una asignatura aún no superada decentemente por nuestra sociedad. En amplios sectores de ésta, y no sólo en los poco avanzados en los aspectos educacional y sociocultural, aún se asocia la posesión masculina —con un alto grado de intensidad— de determinados fundamentos personales como educación, cultura, atildamiento o buenos modales, con la desviación de la norma general de heterosexualidad.

Y, en un arrebato de franqueza, diré que quien esto escribe tiene que luchar contra su subconsciente para ser ajeno a esta idea, que se algún modo salió al escribir el párrafo antes transcrito. Idea que con un poco de reflexión, infalible typpex para la ignorancia y el sectarismo, se diluye fácilmente.