martes, enero 10, 2017

El sentimiento trágico de la vida en Jane Austen


(Entrada publicada en el blog de la Jane Austen Society España el 10 de enero de 2017)


Es habitual, si no obligado, e incluso un lugar común hacer referencia a la ironía aguda, cuando no un punto de vista netamente humorístico, que imprimía Jane Austen en sus novelas, especialmente en el tratamiento de personajes secundarios y en situaciones relacionadas con éstos. Pero lo que en absoluto resulta habitual es encontrar comentarios relacionados con lo que, en términos unamunianos, se viene en llamar el sentimiento trágico de la vida.



Un sentimiento trágico ligado directamente a ese más conocido sentido cómico. Precisamente, como el mismo don Miguel afirmó:
«Austen tuvo un cierto sentimiento de la tragedia, un sentimiento tan suave, tan resignado, tan tristemente apacible, que se convirtió en sentimiento de la comedia. Porque lo cómico no es sino otra cara más, y a las veces no la menos triste, de lo trágico». (Juana Austen (I), artículo de Miguel de Unamuno publicado en La Nación, Buenos Aires, 9 de mayo de 1914)
Quizá en una primera lectura de ciertas novelas de Austen, con excepción de Sense and sensibility, Persuasion y Mansfield Park, no se perciba con nitidez ese lado tragicómico de esos pequeños mundos que recreaba, velados sin duda por el sentido irónico, los detalles preciosistas o la propia trama de las novelas. Pero basta una cuidada relectura para levantar ese velo y dejar al descubierto ese lado menos luminoso, rabiosamente humano, en el que se mueven muchos de sus personajes, principales y secundarios. Un carácter tragicómico que se mueve entre el sentido shakespeariano (tan cultivado por la propia Jane y algunos de sus personajes más representativos) y el quijotesco. Entre la tragedia de una vida de monótona insistencia en las carencias económicas y emocionales, y entre la comedia provocada por la pequeñez mental y la insensibilidad.

No escasean las situaciones en que los personajes austenianos han de afrontar esos sentidos trágicos de la existencia en medio de encrucijadas vitales, bien mezclados con una dosis de humorismo, o bien sin anestesia previa. Encrucijadas no de corte épico, por supuesto, ni siquiera de dramatismo clásico, sino las pequeñas y anónimas angustias existenciales domésticas que se producen en la intrahistoria de los pueblos y la marea del tiempo se traga por millones.

Como se ha apuntado, hay tres novelas en las que este aspecto resulta evidente, porque sus principales personajes, mujeres todas ellas, están sometidas a situaciones que condicionan su existencia de manera insoslayable. Las hermanas Dashwood, que dan título por su distinto carácter a Sense and sensibility, no se pueden ni permitir el lujo de vivir en su propio hogar sin ser tratadas como huéspedes, y apenas tienen opciones de conseguir un matrimonio adecuado, que en aquella época era «la única salida honrosa» para las jóvenes bien educadas pero sin fortuna (Elizabeth Bennet dixit).

Por su parte, Anne Elliot está condenada a perder su juventud, su lozanía y su felicidad después de haber caído en la trampa de la Persuasion a que fue sometida por familia y “madrina”, y haber rechazado al amor de su vida, negándose a aceptar cualquier otro pretendiente que no fuera mínimamente comparable con aquél.
«El único privilegio que reclamo para mi sexo (no es demasiado envidiable, no tiene por qué desearlo) es que nuestro amor es más duradero, aun cuando la existencia o la esperanza han desaparecido». (Persuasion, capítulo XI )
También resulta evidente la desventaja en cuanto a las situaciones económicas y emocionales que sufrió Fanny Price durante su larga estancia en Mansfield Park. No podía aspirar más que a un afecto fraternal por parte del hombre de quien estaba enamorada y tenía que someterse a todos los deseos de los Bertram; de hecho, en la primera y única vez que se resistió, fue expulsada y devuelta a su paupérrimo lugar de origen.

Son éstos los caracteres femeninos a los que el fatum shakespeariano más presiona pero no doblega, porque están revestidos de fuerza, resignación, constancia y afectos inquebrantables por los suyos. En este sentido, Austen es una creadora bondadosa para con sus criaturas más sufridas, a quienes ha dotado de valores morales suficientes para manejarse en el tiempo y en el espacio durante siglos.

Pero también están salpicadas sus novelas con otros personajes a los que el sentimiento trágico adquiere caracteres más quijotescos, en el que la realidad se deforma para convertirse en un espejo social (un espejo incluso deformante, como los aplicados por Valle-Inclán en sus esperpentos, por citar un ejemplo literario cercano), en una crítica de costumbres y normas contrarias a la dignidad, la convivencia y la igualdad de las personas. Temas trágicos en sí mismos aparecen manejados por la genial escritora de una forma tal que, por las situaciones, el talante de los personajes, el tono y el desenlace del relato, pierden amargura para desembocar en la amable solución propia de la comedia.

Ejemplos de estas figuras aparecen en todas sus novelas. Empezando por el buque insignia de la escuadra austeniana, Pride and Prejudice, el matrimonio a que se ve abocada Charlotte Lucas con el inefable William Collins constituye un verdadero drama al que se veían abocadas no pocas mujeres que no estuvieran dotadas de una notable dote o, al menos, una belleza extraordinaria, y siempre que no superaran una edad “adecuada”. Sin embargo, el espejo deformante con que se nos refleja da pie a situaciones bufas que dulcifican y hacen olvidar (incluso a personajes cercanos) el vacío existencial de la pareja. Pero tampoco es menos tragicómico el matrimonio Bennet, menos vacuo el matrimonio Hurst ni menos lamentable el presumible destino de Anne de Bourgh.

En la a menudo festiva Emma, el sentido trágico de la vida de las inolvidables señora y señorita Bates —al que también su sobrina Jane Fairfax se ve arrastrada—, tratado con una conmiserativa comicidad salta a la vista de manera continua y palmaria. Ni qué decir tiene que Harriet Smith, de origen familiar incierto y dudoso, dotada de un intelecto en absoluto sobresaliente y manejada emocionalmente por la superior señorita Woodhouse tampoco escapa a esa fatalidad vitalista, de la que es rescatada en última instancia por un caballero agricultor magistralmente situado por la autora a la altura de los mejores personajes masculinos de su obra. Y no insistiremos en ese espejo deformante aplicado con saña sobre la transida vida de la señora Elton y su señor E., ejemplo de cáscaras vacías con forma humana intranscendentes pero tóxicas.

La sufrida Frederica Vernon, hija de Lady Susan, escapa por los pelos a un destino sufridamente trágico en medio de las desopilantes cartas escritas que cruza su ¿madre? con amistades y familiares, muchas de ellas relativas a la escasez de su afecto por ella y el oscuro camino que trazaba para desbaratar su futuro.

Hasta en la paródica y un tanto metaliteraria Northanger Abbey, a priori la novela menos inclinada a contener sentimiento patéticos, los rasgos de determinados personajes como los Thorpe o el general Tilney destilan un aire tragicómico, sumidos en una concepción de la vida basada en meros escalafones económicos o clasistas. El tedio de la alta sociedad, en particular cuando se trata de escoger un compañero de camino en la vida y, en tal caso, el conflicto entre el matrimonio por amor y el matrimonio de conveniencia, temas recurrentes en la obra de Jane Austen, son auténticas trampas en las que aguarda un destino trágicamente vital al que apenas hombres y —sobre todo— mujeres se resistían como si fuera un destino ineludible por completo.
«Mrs. Allen pertenecía a la categoría de mujeres cuyo trato no puede suscitar otra emoción que la sorpresa de que haya en el mundo personas a quienes puedan gustarles hasta el punto de contraer matrimonio con ellas». (Northanger Abbey, capítulo XI)
En definitiva, la complejidad de las principales obras austenianas, en cuanto a sus contenidos, incluye también una vertiente trágica en la resignación, la pobreza, el azar adverso y la desviación de valores auténticos que llevan consigo un buen número de personajes, bien a modo de contrapunto respecto de los personajes laudables y afortunados, o bien como ejemplo de las virtudes cardinales tan apreciadas por la autora.

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