domingo, noviembre 25, 2018

Adaptando o imitando a Jane Austen



Si se afirma que Jane Austen es la autora más imitada y adaptada no sólo de la literatura en lengua inglesa, sino de la literatura universal, no se está diciendo nada nuevo. Podría incluso afirmarse, sin temor a equívoco, que es más imitada y adaptada incluso que Cervantes y Shakespeare. Sobre todo si nos centramos en las imitaciones o adaptaciones literarias, no audiovisuales.


La inmensa mayor parte de este tipo de remedos se ha producido en el mundo anglosajón, lo cual es lógico dado el paralelismo del idioma y la facilidad de leer previamente a la autora en su propia lengua. En castellano, sin embargo, esa clase de obras han sido muy escasas, y prácticamente inexistentes hasta bien entrado este siglo. Por supuesto, en tales adaptaciones excluyo las obras del tipo fanfiction de aficionados (que son incontables), y me centro en las realizadas con carácter más formal y por plumas con trayectoria y calidad.
Por ir al grano, el objeto de estas líneas consiste en señalar que las adaptaciones de las obras de Austen siguen siendo prácticamente inexistentes en el plano literario. Así como en el ámbito cinematográfico o televisivo se realizan auténticas adaptaciones, en el ámbito literario lo que se producen, en su mayor parte, son secuelas, precuelas, crossovers y similares. Son obras que no pretenden remedar a la autora, sino dar una continuación, mezclar personajes de novelas, narrar los antecedentes de la trama de cada novela, etc., y queda bien claro cual es su propósito, sin engaño ni pretensiones. El resto, con muy rara excepción, son imitaciones. Y para aclarar algo más esta aseveración, me remito al significado auténtico de las palabras, es decir, el que le otorga el diccionario oficial de la lengua española.
Así, por una parte, adaptación es la acción o efecto de adaptar, y adaptar es «modificar una obra científica, literaria, musical, etc., para que pueda difundirse entre público distinto de aquel al cual iba destinada o darle una forma diferente de la original». Por su parte, imitación igualmente es la acción o efecto de imitar, e imitar significa «ejecutar algo a ejemplo o semejanza de otra cosa» o bien «hacer o esforzarse por hacer algo lo mismo que otro o según el estilo de otro». La diferencia es clara: la adaptación se centra en la obra en sí, dándole una forma o un enfoque diferentes, mientras que la imitación se refiere a obras diferentes de la original, pero realizadas a semejanza o en la misma línea argumental o estilística.

Empecemos por las adaptaciones.
En el ámbito cinematográfico, de manera especial, se vienen realizando adaptaciones en sentido estricto de las principales novelas; sin variaciones respecto de la trama de aquéllas, y apenas con diferencias en detalles accesorios, las obras resultantes son idénticas a las originales, e incluso suelen llevar el mismo título. Pero esto es algo apenas visto en el ámbito literario, lo cual es bastante lógico; así como en el cine se produce el traslado de un tipo de lenguaje (escrito) a otro tipo distinto (visual), e incluso los remakes son algo habitual, ya que entran en juego diversos aspectos como la dirección, la interpretación, la fotografía, escenografía, etc., en el ámbito literario se considera absurdo reproducir una novela tal cual, con ligeras variaciones de detalles, máxime si la novela en cuestión es una gran obra de un autor o autora genial.
Sí que puede darse el caso, tanto en lo audiovisual como en lo literario, de remakes o rewritings en los que, manteniéndose la trama sin variaciones apreciables, ésta se traslada en el tiempo y/o en el espacio, con las consiguientes variaciones necesarias de elementos circunstanciales. Una vez más hay que señalar que si bien en el cine y televisión también hay una relativa abundancia de ejemplos, en lo literario es un hecho muy escaso.
Para no recargar el contenido de estas líneas dejamos aparte otros casos de adaptaciones, como pueden ser las teatrales u operísticas, respecto de las cuales se puede predicar exactamente lo mismo.

Con las imitaciones, sin embargo, no encontramos grandes diferencias en cuanto al número y carácter en lo literario y lo audiovisual: en ambos ámbitos hay una gran reiteración de imitaciones de todas clases. Hay tramas novelescas que se convierten en cánones a reproducir de diversas formas, pero cuyas imitaciones no se consideran adaptaciones de las obras originales, y ni siquiera se menciona el hecho de estar imitando dicho original. Veamos ejemplos de dichas tramas canónicas.
Chico y chica se encuentran y, por adversas circunstancias, se caen fatal; chico y chica se van conociendo con más detalle y cambian su opinión; finalmente chica y chico vencen los obstáculos interpuestos entre ellos y se enamoran. Chico y chica se enamoran, pero un suceso o una coyuntura se interpone entre ellos y les obliga a separarse; años después, chico y chica vuelven a encontrarse y comprueban que el amor entre ellos persiste a pesar de todo y aceptan esta segunda oportunidad. Chica sensible y apasionada se enamora de chico de aspecto apuesto y gallardo pero veleidoso, y desprecia a otro chico menos apuesto pero leal y sinceramente enamorado; al cabo, el apuesto y gallardo desprecia a la chica y ésta reconoce en el leal y sinceramente enamorado al chico de su vida. Etcétera.
Por supuesto, quien conozca la obra de Austen habrá reconocido al instante los esquemas de las tramas de tres famosas novelas suyas. Ella fue quien estableció el canon, la primera que concibió esas tramas, hace ya más de dos siglos. Pues bien, éstas han sido reproducidas hasta el infinito y más allá en innumerables películas, novelas, series de televisión, radionovelas (los de más edad) y folletines multiformato, pero sin que por ello se diga, porque no es necesario ni obligatorio, que son adaptaciones o ni siquiera que están inspiradas en las obras austenianas; de hecho, es posible que muchos de sus respectivos autores ni siquiera sepan que están, de alguna manera, reproduciendo obras de la genio de Steventon.
La imitación o copia de argumentos es un recurso que se ha utilizado desde los orígenes de la literatura por los más grandes genios de la pluma: tomaban prestadas historias ya escritas o contadas de boca en boca para reescribirlas con su original punto de vista y concederlas vida eterna insuflándoles su hálito excelso. Los genios aportan su genialidad, y los no-genios hacen lo que pueden.

Ocurre que, al día de hoy, Austen se ha convertido en un reclamo literario y extraliterario que no conoce fronteras ni término, hasta el punto de haber surgido el término “austenmanía” para definir este fenómeno. No es lo mismo, sobre todo a efectos de mercadotecnia editorial, decir que se ha publicado una novela con la trama básica “chico y chica se encuentran y se caen fatal, chico y chica se conocen con más detalle y finalmente chica y chico se enamoran” sin más, que decir que se ha publicado una novela con el marchamo de ser una adaptación de Orgullo y prejuicio. A esos mismos efectos, no es lo mismo decir que se publica una novela sobre una segunda oportunidad en una relación amorosa que decir que se publica una adaptación de Persuasión.
Ello no condiciona la calidad de la obra escrita, por supuesto. La adaptación o imitación correspondiente será una buena o mala obra dependiendo de la calidad de su escritura, no de si está mejor o peor copiada o adaptada. Pero se trata simplemente de una cuestión de marketing. En este sentido, sí que puede tratarse de un engaño a los lectores que busquen una verdadera adaptación. Y exactamente lo mismo se puede predicar respecto de las obras filmadas.
Por ejemplo, si alguien recomienda El diario de Bridget Jones, tanto en novela como en película, como una adaptación de Orgullo y prejuicio, estará quebrantando el octavo mandamiento o incurriendo una imposibilidad moral si la persona recomendada es admiradora de la obra de Austen, o un adulteración de la verdad en el resto de los casos; pero, si alguien recomienda Amor y amistad como una (excelente) adaptación de Lady Susan estará confirmando una evidencia.

Como sincero y rendido admirador de la obra de Jane Austen y como autor de una adaptación literaria de una de sus obras, me disgusta el abuso que, al amparo de la austenmanía y de toda esa legión de lectoras y pseudolectores que califican su obra como “novela romántica” y no digamos ya con el falso tópico del discurso feminista de Austen como mujer adelantada a su tiempo, están llevando a cabo autores y editoriales al publicar supuestas adaptaciones de sus novelas. Una vez más, el mercantilismo se impone a la literatura como señal de estos tiempos menguados.

No hay comentarios: