No leer más, sino leer mejor


Hay una novela que me llama la atención. Busco en las páginas web y redes sociales información sobre ella y críticas recibidas por los lectores. En una de esas páginas recolectoras de reseñas y valoraciones me encuentro, entre otras, con estas dos correspondientes, en buena lógica, a dos lectoras distintas.




La historia y la documentación me ha parecido interesante, pero como novela un rollo, lenta, lentisiiiima, con muchos personajes que hacen que te pierdas con tanto nombre, q desaparecen de repente, y poco enganche en la historia novelada en sí, además escrita en presente, en serio? Eso me echó para atrás desde el minuto uno de empezar a leerla
(sic, todo el texto y puntuación)

Abro el libro y, como siempre, espero a que empiece a latir entre mis manos. Leo las primeras páginas y ya es irrenunciable y definitivo. Comienza mi viaje.
Es una novela necesaria, porque los lectores estamos necesitados cada vez más de esta prosa elegante, detallista, emotiva, sensorial y brillante. De estas historias que contienen todos los ingredientes necesarios para arrebatar y ser arrebatados. Historias con nombre.

Es un ejemplo más de los muchos que pueden encontrarse a lo largo y ancho de las redes sociales en que interviene la lectura de forma protagonista. A ustedes no sé qué les parecerá este tipo de contradicciones, pero a mí lo primero que me viene a la cabeza es que una de las dos ha de estar errada por fuerza. No se trata de meros gustos novelísticos, no es cuestión de preferencias de género literario, ni estamos ante colores para distintos gustos. A una le echó para atrás desde el minuto uno y a otra le parece una obra necesaria; o una se dejó llevar por un entusiasmo del todo injustificado u otra no se enteró de nada. Quién tenga la razón o quién esté equivocada es otra cosa, y no es el motivo de esta reflexión, pero sí la forma y las condiciones de realizar ese acto tan urgentemente humano como es la lectura; y, más en concreto, la lectura de obras literarias.

Mi hijo pequeño va por el tomo número 13 de la colección ya famosa por estos pagos de Los Futbolísimos (Editorial SM); previamente se tragó la mitad de la colección Futbolmanía (Editorial Bruño), otros diez libros; y, si no lo remedio antes, se pasará la vida leyendo futuras sagas balompédicas del tipo Futboleando, Los Futboleadores, Futboleemos Todos, etcétera. Esto, además de ser un indicio un tanto fiable de cuál es su/nuestro deporte favorito, es una clara imagen de los senderos peligrosos por los que se desliza una parte nada escasa de la masa lectora nacional. ¿Sería un buen lector, aunque él presumiera de ello? ¿Tendría un criterio fiable a la hora de valorar una historia en la que no hubiera un balón de por medio? Y lo mismo es aplicable a fantasías esotéricas, vampiros crepusculares, highlanders anabolizados o multiasesinatos sin cuento. Los adictos a cada tipo de subgénero, si no tienen una auténtica formación lectora, sólo querrán más y más de lo mismo, rechazando de plano o incluso vituperando cualquier otro tipo de historia impresa.

¿Qué es leer? Pasar la vista por lo escrito o impreso comprendiendo la significación de los caracteres empleados; comprender el sentido de cualquier tipo de representación gráfica; entender o interpretar un texto de determinado modo. Eso es lo que dice el diccionario, pero éstas definiciones académicas no son suficientes. Leer no es sólo dominar un texto, del mismo modo que acumular conocimientos no equivale a adquirir sabiduría. Leer no es devorar página tras página de un libro infestado de enredos, giros, cliffhangers y demás trucos de escritores con oficio y editoriales con beneficio para pasar a otro y a otro y a otros del mismo tipo. ¿Qué es leer?

Les ahorraré apelaciones a los clásicos e innecesarias reflexiones intermedias para ir al grano. Como dice el admirado y admirable Alberto Manguel en La ciudad de las palabras, «la verdadera lectura es un desafío intelectual y un arte y una educación sentimental». Leer bien, entender a fondo un texto requiere tiempo, esfuerzo e inteligencia. Por lo tanto, «para leer bien necesitamos prescindir de las tan cacareadas virtudes de lo rápido y lo fácil y recuperar el valor positivo de ciertas cualidades casi perdidas: la profundidad de la reflexión, la lentitud del avance, la dificultad de la empresa». Pero ocurre que todos esos términos: esfuerzo, dificultad, desafío, reflexión... chocan de frente con la disolución de valores, el empobrecimiento del lenguaje y la banalización de las artes que se imponen en el mundo a velocidad creciente. Se está creando una sociedad que valora única y constantemente lo breve, lo rápido y lo fácil. En consecuencia, «pilas de libros anunciados como best sellers ocupan la mayor parte del espacio físico de la librería y todos ellos, como las salchichas, llevan una fecha de caducidad implícita que garantiza una producción constante». Otro escritor, traductor y filólogo como Carlos García Gual, remata la afirmación de su colega argentino: «Novelas superficiales inundan el mercado, gozan de amplia publicidad bien pagada, y con lenguaje facilón e intriga trepidante ofrecen saciar las ansias lectoras de un público espeso, vasto, apresurado y unánime». Y es que el buen hábito lector, está más amenazado que nunca.

«Si hoy me pregunto por qué amo la literatura, la respuesta que de forma espontánea me viene a la cabeza es: porque me ayuda a vivir. La literatura, más densa y más elocuente que la vida cotidiana, pero no radicalmente diferente, amplía nuestro universo, nos invita a imaginar otras maneras de concebirlo y de organizarlo». (T. Todorov, La literatura en peligro)

Tal como dijo (o se atribuye a) San Jerónimo, no se trata de leer más, sino de leer mejor.


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