Cuidado con las palabras


Eres lo que dices y cómo lo dices. En las palabras se adivinan virtudes y defectos, afectos y odios, saberes y desconocimientos.



«Cuando se agita la criba, quedan los desechos; así, cuando la persona habla, se descubren sus defectos.
El horno prueba las vasijas del alfarero, y la persona es probada en su conversación.
El fruto revela el cultivo del árbol, así la palabra revela el corazón de la persona.
No elogies a nadie antes de oírlo hablar, porque ahí es donde se prueba una persona.
»
Libro del Eclesiástico 27, 4-7

Los personajes de una novela, para que funcionen como personas de carne y hueso, pueden y deben describirse a través de sus palabras y sus hechos. Servidor de ustedes lo aprendió tiempo ha leyendo, por ejemplo, a Pío Baroja o a Jane Austen, con su maestría en esa materia: sin necesidad descriptiva, la lectura desgrana la forma de ser, el carácter y el talante de personajes principales y secundarios en perfecta coordinación con su comportamiento y decisiones que toman a lo largo de la trama. No son los únicos ejemplos, claro está, sino sólo dos de mis referencias literarias más destacables.

Quienes de entre los lectores de estas líneas tengan o hayan tenido por costumbre la lectura de clásicos ya saben a qué me refiero; y a quienes todavía no se hayan ejercitado en esa costumbre lectora (sana para el espíritu en grado sumo), les invito a realizar ese ejercicio de adivinación y caracterización de personajes prescindiendo de las explicaciones o acotaciones del narrador.

Claro está que es mucho más fácil que el moderno narrador realice un diagnóstico psicológico, con evolución temporal incluida, en dos o tres párrafos hacia el principio de la novela; así, las setecientas páginas restantes tienen vía libre para el enganche tipo anzuelo tiburonero y la acción trepidante que te rilas.

Por supuesto, toda opción lectora es respetable por entero. Pero lo que no resulta aceptable es la mala calificación de personajes por falta de pericia de la premura lectora y la necesidad de acumulación de páginas leídas (por tandas de docenas de miles) que parece imponerse en crecientes estratos sociales del siglo.

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