Divagaciones algorítmicas de un escritor superventas


¡Vaya birria de novela que me está saliendo!





Ni engancha de forma trepidante desde la primera página, ni hay los suficientes giros inesperados de la trama, ni la acción es lo suficientemente adictiva, ni hay muertos, ni exotismo... El tío no es lo suficientemente canalla y la tía parece salida de una peli de esas en blanco y negro. Sexo poco explícito escaso. He tenido que tachar unas cuantas frases aburridas, de esas de fijarme en detalles sutiles y en los que no pasa nada, no avanza la acción... ¡No puede ser!

Encima me dice el editor que me estoy volviendo muy barroco, que me ha pillado ya más de cuatro adjetivos en las primeras cien páginas. Y que algunas frases tienen un tufillo a profundo y elegante, así como parecido a un clásico. Barroco... ¿Qué coño será eso? Mira tú que va y me llama clasicón el tío. El caso es faltar al respeto. Qué vergüenza he pasado... Y metiéndome prisa, que ya llevo más de tres meses sin pasar de las 400 páginas. Si es que nadie me entiende, soy un incomprendido total. Y encima este año no me toca premio Satélite ni nada de eso.

Joer, y ahora que me fijo, veo que me han salido más de dos personajes secundarios. ¡Mecagüen los cojones de Buda! ¿Qué me está pasando? ¿Me estaré haciendo viejuno?

Na, renuncio. No puede ser.

Voy a tener que darle la razón al editor que llame al negro para que corrija y termine. Todo sea por mantener el prestigio y la pureza literaria. Antes perder el alfabetismo que perder el talonario y un lugar de honor en la historia de las letras.

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