El horror


Los miembros de la familia Meunier siempre han tenido unas ideas muy propias y, en ocasiones nada escasas, muy peculiares. Es lo que voy a comprobar mientras departimos en amena tertulia sobre el transcurso de las últimas vacaciones con Juan Pablo Meunier Valdemar, llamado a ser el administrador principal del holding empresarial formado a lo largo de varias generaciones por la familia.

Al parecer, Juan Pablo se desplazó con su familia en automóvil hasta el corazón del condado de Derbyshire, invitado a pasar unos días en la villa campestre de sus parientes lejanos, los Edensor (los Edensor-Boyce de Derbyshire, nada menos, no los Edensor-Bolton de Shropshire, ni los Edensor-Frybill de Merseyside, que son las ramas pobres de la estirpe). Un trayecto nada desdeñable en cuanto a distancia a recorrer en automóvil, con sus buenos mil ochocientos kilómetros mediando entre origen y destino. Evitar el uso de aviones, trenes de alta velocidad o cualquier otro medio de transporte que acorte el tiempo de desplazamiento y alivie el cansancio de los viajeros es algo que no puede sino mover a curiosidad.

—Todo lo que no pueda ser guiado directamente por mis manos es algo que rechazo de plano —alega Meunier por toda explicación y convierte en regla inquebrantable.

Las objeciones no se hacen esperar. La mayor seguridad, la eficacia y todo eso que se dicta a favor de los transportes públicos. Pero el interpelado tiene respuesta para toda pregunta y réplica para todo argumento.

—Quizá en nuestro entorno ultracivilizado y supertecnologizado se haya desviado el punto de vista objetivo sobre la cuestión. Pero para quienes han perdido ese norte yo siempre recomiendo un desplazamiento en los transportes públicos de alguno de los países en vías de desarrollo, y obtener así una perspectiva más equilibrada sobre sus pros y contras.

Al parecer, Meunier esgrimía argumentos basados en vivencias personales en torno a esos viajes. Alguno de los presentes sí que tenía algún conocimiento de tales argumentos, pero yo era uno de los que, formando amplia mayoría, no habíamos tenido noticia alguna. Y a tal mayoría nos dedicó el relato de algunas de sus experiencias.

—En su momento mi esposa Elba y yo caímos en la ingenuidad de seguir una peripatética recomendación de Pablo Eyzaguirre: pasar nuestra luna de miel en Turquía. Y digo ingenuidad, entre otros motivos, porque no se trataba de concertar uno de esos viajes organizados, sino de recorrer el país y visitar alguna de sus ciudades por nuestra cuenta. Él, que conoce aquellos pagos como si hubiera nacido otomano, nos planificó la ruta, alojamientos incluidos, con claridad, precisión y detalle. Ello suponía realizar algunos trayectos en autobús y en automóvil... Y os puedo asegurar que si viajar en automóvil por las carreteras de aquel país puede llenar de espanto a los extranjeros desinformados, desplazarse en autobús es una experiencia imponente, sobrecogedora, confusa, encantadora y hospitalaria. Quien se somete a una aventura tal siempre regresa —si es que regresa— con unas cuantas canas de más. Encomendarse en manos de aquellos conductores es como jugar a la ruleta rusa con todas las balas menos una en el tambor. Os voy a contar un par de detalles para que os hagáis una idea.



La primera cura de espanto nos la llevamos en el trayecto entre Estambul y Ankara. Por entonces no estaba concluida la autopista que une ambas ciudades; el tramo construido desembocaba en una simple carretera nacional a la altura de una ciudad llamada Düzce. Y una de las dificultades que planteaba esta ruta es atravesar el puerto de Bolu, una zona montañosa, con montes boscosos y escarpados, de difícil tránsito.

Había, como debe de haber siempre en esa carretera tan principal, un tráfico homérico en ambos sentidos, y el paso por esa zona lo comprimía como en un embudo. Miles de camiones de todas las marcas y tamaños circulaban penosamente cuesta arriba o cautelosamente cuesta abajo, marcando el ritmo de autobuses y automóviles.

Al poco de iniciar el ascenso vimos un camión que bajaba adelantando a un grupo de automóviles y, por tanto, avanzaba hacia nosotros en dirección contraria. No era difícil adivinar que su conductor venía pisando al acelerador sin tregua, puede que buscando un atajo al paraíso prometido por el Profeta. Inexplicablemente, nuestro chófer departía animadamente con el asistente sobre lo que se nos venía encima, riéndose y señalando con el dedo la mole cada vez más grande lanzada contra nosotros por el camionero suicida. A eso le llamo yo mirarle a la cara a la muerte.

Cuando todo parecía perdido, el auriga de nuestro autobús se orilló a la derecha y el suicida, una vez superado el cupo de adelantamiento, sacó humo del freno y devolvió el camión a su carril con un golpe de volante pasando a menos de un palmo del retrovisor del autobús.

Ni un grito, ni una palabra más alta que la otra. Deduje que, si bien ese coqueteo con el sueño eterno deja a los foráneos mudos de espanto, para los nativos produce una sensación harto hilarante. Pero aún desconozco la explicación.

* * * * * * * * * * * *

La otra pesadilla sobrevino sólo unos días más tarde. Habíamos recalado en Fethiye, una ciudad entrañable y hermosa, al sur del país, pero donde hasta el calor se derretía. Nos establecimos allí antes de terminar el viaje en Estambul, adonde teníamos previsto viajar en avión. Pero conseguir los dos pasajes no fue tan fácil como esperábamos, ya que era época vacacional tanto para extranjeros como para nacionales. Después de un intensivo rastreo por parte de un afanoso dependiente en la oficina de Turkish Airlines, sólo se encontraban disponibles dos plazas en un vuelo de las seis de la mañana dos días más tarde, y eso gracias a una anulación registrada pocos minutos antes. No me gustaba nada (y sabía que a mi recién desposada menos todavía) esa hora intempestiva en la que todo el mundo es más vulnerable de lo que por sí se es. Pero no había dónde elegir.

El asunto es que el aeropuerto más cercano se encontraba en Dalaman, a unos cuarenta o cincuenta kilómetros de allí. La línea aérea ponía a disposición de los viajeros un dolmuş para el desplazamiento, lo cual obligaba a madrugar más todavía. Qué es eso del dolmuş, se preguntarán. Pues bien, se trata de una especie de taxis colectivos en forma de furgonetas o microbuses que efectúan rutas dentro de una ciudad o entre ciudades cercanas, que emprenden la ruta sólo cuando una ha subido al vehículo una cantidad que el conductor estime suficiente de pasajeros; de ahí su nombre, que en turco debe de significar "lleno".

La noche anterior al vuelo prácticamente no pegamos ojo (obvio las causas). Teníamos un aspecto lamentable cuando nos plantamos, cinco minutos antes de las cuatro de la mañana, en la parada del dolmuş.

«Qué crueldad», acusó Elba con la mente desordenada por el sueño, «¿Y por qué tan pronto? ¿Cómo se puede organizar nada a estas horas? Es... es...». «Nefando, ésa es la palabra», repuse con algo de humor, gozando de una vigilia inopinada. Humor que pronto iba a desaparecer.

Ya desde los primeros metros el conductor se consagró con sadismo a reventar el motor; lo que, por cierto, no impidió a mi esposa dormirse a los pocos segundos de contactar su cabeza con el duro respaldo del asiento.

Antes de salir de la ciudad verificamos dos paradas. La primera para recoger a un sujeto cuya misión se limitaría a dar abundantes dosis de charla al conductor durante el trayecto; la segunda, en lo que sospeché sería el hogar del quebrantador de motores, al que éste entró y salió en un visto y no visto seguido de una matrona a punto de desgañitarse —sin que él se quedara atrás en el turno de réplica—. Sin saber muy bien por qué, todo aquello me movió a inquietud.

No tardamos en acometer el portichuelo de Metris, donde se apreciaron ya las maneras de alarmante arrebato con que Faetón trazaba la ruta (desierta, por suerte). Sobre todo cuesta abajo.

A todo esto, la luna, en avanzado cuarto menguante, apenas arrojaba luz, por lo que avanzábamos entre las tinieblas de un paraje inexistente más allá del alcance de los focos del vehículo. Éramos como microbios de plancton precipitándose en el vientre de una ballena. En esos instantes yo empezaba a juzgar la situación poco menos que desesperada; mas no así los otros cinco turistas compañeros de drama, sumidos, al igual que Elba, en el mundo de la inconsciencia.

Lo peor, no obstante, vino poco después, en el puerto de Göcek, más largo y más abrupto. Si la subida fue aburrida y torpe excepto para el sufrido motor, que rugía con atroces estertores (¿cómo podía dormir nadie con semejante fragor?), el descenso fue escalofriante. Un descenso a tumba abierta entre barrancos boscosos. El entusiasmo del conductor, a todas luces excesivo, parecía querer rebasar los límites de la energía cinética. Desde entonces me resulta fácil imaginar cómo serían esos viajes a la velocidad de la luz que aparecen en las historias de ciencia-ficción.

De hecho, en una de esas curvas imposibles me vino la luz: «¡De eso se trata! ¡Cielo santo!», pensé en voz alta. Seguramente habíamos caído en manos de alguno de esos científicos chiflados que se enfadan tanto cuando los recortes en gastos de investigación se cargan el proyecto en que llevan veinte años trabajando, que acaban por pasarse de rosca y les da por inmolarse en contundente acto de protesta; y se hacen acompañar, de paso, por un grupo de inocentes (es un decir) congéneres desprevenidos, ajenos al tira y afloja presupuestario.

Entreveía por la ventanilla despeñaderos cada vez más empinados y tortuosos a los que el dolmuş se acercaba en curvas y rectas sin el menor asomo de estima por la vida humana.

Y no me cupo duda: íbamos a morir. Íbamos a morir todos de una forma horrible, miserable; despeñados, con los restos esparcidos aquí y allá entre amasijos de chapa y enseres desprendidos de los equipajes. Todo para provecho de los lobos. Porque ahí, en esas tinieblas del fin del mundo, tenía que haber lobos por fuerza. Eso si no acabábamos calcinados cuando el vehículo explotara tras el primer impacto en algún saliente y rodara cual bola de fuego hasta el fondo de un insondable barranco. «Dos españoles entre las víctimas de un accidente de circulación en el suroeste de Turquía», se leería en alguna esquina perdida de las páginas de sucesos, cuando el forense pudiera identificarnos a través de los premolares superiores, únicos restos que, con suerte, podrían recuperarse.

Un arrebato espiritual me sugería entonar el Cerca de ti, Señor, pero pronto lo único que retumbaba en mi cabeza era el Dies Iræ del réquiem de Mozart. Y también recordé el párrafo de El corazón de las tinieblas, en que se narra el impresionante final de Kurtz: «Gritó en susurros a alguna visión; gritó dos veces, un grito no más fuerte que una exhalación: “¡El horror! ¡El horror!”». Fue una catarsis.

Tras la catarsis, con el alma preparada para lo inevitable, contemplé a Elba cabeceando sobre mi hombro izquierdo, con las gafas colgadas de una patilla en su escote, el panamá en su regazo y la placidez infantil en su rostro dormido, ajena a la tragedia que se aprestaba a devorarnos. Y comprobé que sentía un afecto inmenso por ella, que la amaba, pues deseé intensamente que no se enterase de nada, que fuera todo muy rápido y no sufriera.

Transcurrieron larguísimos minutos esperando en cualquier momento el impacto fatal. Pero gracias a Dios, que seguramente inspiró un súbito arrepentimiento in extremis al científico loco, de pronto advertí que estábamos llegando a la terminal del aeropuerto sin que tal impacto nos alcanzase.

«¿Ya hemos llegado? Qué rápido, ¿no? Has tenido otra buena idea con esto del dolmuş», masculló Elba, medio ida y entre bostezos, antes de apearse del vehículo detenido frente a la terminal de salidas.

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—Comprenderán, estimados amigos, que estas experiencias dan un punto de vista radicalmente distinto al concepto de “viajes por cuenta ajena”. De pasar miedo en alguno de los muchos viajes que espero me resten por realizar a lo largo de mi vida, prefiero que lo pasen otros.

Un sabio, este Meunier.

Comentarios

ficcionfemenina ha dicho que…
Me obtuvo en Derbyshire, je, je, je.
Fernando García Pañeda ha dicho que…
ficcionfemenina ;))