Misión de audaces


Me encontraba aburriéndome graciosamente en el salón francés del club antes de caer en el sopor, cuando apareció el consocio Carlos Cheddar (su segundo apellido es Cheesewill) buscando algo de sosiego espiritual y unos oídos que sirvieran de solaz para su atribulada lengua. Cheddar posee un cerebro dotado de una descomunal base de datos sobre las vidas y milagros de nueve décimas partes de los miembros del club así como de una capacidad comunicativa abundante y, a pesar de ello, amena.

—¿Y no hay ningún otro viejo compadre hoy por aquí? —preguntó una vez instalado en la paz mundana.

—Por el momento, no. Pero acabo de despedir a Eyzaguirre.

—Ah, el truhán de Pablo, el azote del mal.

—¿Cómo dices? —inquirí, suponiendo que había oído mal.

—El azote del mal, la encarnación del ardor guerrero patrio. Ya sabes, es el mote que se ganó con aquella historia de Bosnia y tod... —insistió, si bien frenó en seco al notar mi desconcierto— No me digas que no lo sabes... ¡Virgen Santa, serás el único en el club!

—Es muy lamentable, supongo, pero salvo su preferencia por la Tanqueray y una insana inclinación por la lectura de libros endiabladamente gordos, no sé mucho más sobre las venturas y desventuras de Eyzaguirre.

—¡Pero si todo el club se enteró de sus hazañas después de aquella memorable narración!

—Debí de perdérmela. ¿Por qué no me pones al día?

—Es una pena que no pueda contarlo el propio interesado. No tendrá ni comparación con la gracia con que lo contó él, pero me acuerdo del menor detalle.

—Pongamos entonces a prueba esa memoria. Te escucho.



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Eran tiempos en que el servicio militar obligatorio esperaba paciente el paso de los mozos patrios a la mayoría de edad. Pablo Eyzaguirre de Polientes retrasó el cumplimiento de sus deberes cívico-militares hasta obtener su licenciatura en esa cosa de economía y alcanzar la estabilidad laboral en una de las ramas menos agraciadas de la administración pública. Cuando le llegó el turno improrrogable, consiguió a través de una recomendación un cómodo destino de oficina en la Escuela Superior del Ejército, a quince minutos andando de su piso recién alquilado en Madrid. Sin necesidad de entregarse al escaqueo general, con pase de pernocta y graduación de Cabo, se estuvo pegando la gran vida: mucho tiempo libre, una guardia por semana y en la cuenta corriente los ahorros de un trienio listos para ser gastados sin contemplaciones.

Hasta que un día se asomó a la oficina de la residencia de mandos, su solitaria y diaria taifa, un Alférez de Navío joven, estirado y aún más bisoño que él, preguntándole a quemarropa si sabía lo que era un ordenador y, en caso afirmativo, si tenía alguna idea de informática. La más elemental prudencia en esas lides aconseja responder «no» a la primera y «tampoco» a la segunda. Pero la prudencia en el clan Eyzaguirre es del tipo heterodoxo-rebelde, y su conciencia le conminó a decir la verdad. Tuvo que seguir de inmediato al presuntuoso oficial hasta una puerta cuyo rótulo rezaba Secretaría General Técnica. Allí se encontró con un hombretón de edad indefinida, barbado y canoso, ataviado con el uniforme del Ejército de Tierra, tres estrellas de ocho puntas en la hombrera y una identificación en la que podía leerse «P. de Ozaeta».

—¡A la orden de usía, mi coronel!

Ignacio Pérez de Ozaeta y Zubiría, a la sazón coronel del antiguo CESEDEN, se quitó lentamente las gafas de présbite y le miró de arriba a abajo, como a un fenómeno: uniforme impoluto, pañuelo correctamente arreglado, botas relucientes, los distintivos rojos de cabo perfectamente alineados, con cara de veintitantos años, no de los dieciocho a veinte de rigor, y una mirada honda y directa, sin el brillo de canguelo de los novatos. Luego señaló con el índice un ordenador personal (hablamos de un tiempo en que esas dos palabras juntas no significaban nada coherente) desmontado sobre una mesa de oficina, en un rincón, con sus componentes cuidadosamente desencajados.

—Buenos días. A ver, mi cabo, ¿sabes lo que es eso?

—Si, mi coronel.

—Lleva dos meses en esa postura, el maldito, sin que sepamos nada de su vida y menos aún de los milagros que es capaz de prodigar. No sabrás montarlo y echarlo a andar, por casualidad.

—Si tiene todos los componentes necesarios... creo que sí sabría, mi coronel —contestó Pablo, haciendo de sí mismo.

—¡No caerá esa breva! Hala, es todo tuyo.

Bajo la mirada curiosa del coronel, Pablo conectó el monitor, el teclado y la impresora con la CPU, enchufó ésta y aquél a la red y, antes de pulsar el botón de arranque, preguntó:

—Perdone usía, mi coronel ¿No venía el ordenador con ratón?

—¿Cómo dice, joven? —replicó atónito el Coronel.

—El ordenador, ¿venía sin el mouse, el ratón? —insistió Pablo haciendo el gesto pertinente con la mano.

—¿Qué pasa? ¿Que el bicho este come ratones?

El envarado Alférez de Navío, atento a la conversación, sacó de uno de los cajones de la mesa un paquete.

—Creo que se refiere a esto.

—Sí, mi teniente.

Pablo comprobó los programas cargados en el disco duro y se lo explicó al Coronel. Este le preguntó si sabría hacer unos cálculos y unos listados con «el bicho», intuyendo la respuesta habitual en ese muchacho. Le explicó lo que necesitaba, dándole un par de días de plazo para prepararlo; tras darle las gracias, aunque no la ocasión a posible réplica, se marchó al despacho contiguo.

—Si tienes dudas consúltame cuanto quieras... a mí directamente, sin problemas, y sin tantos usías para aquí ni usías para allá, ¿de acuerdo? Pide todo lo que necesites —dijo según se iba, pues no era cuestión de forzar demasiado la máquina.

Al cabo de hora y tres cuartos («¿Da us... Da su permiso?») Pablo se presentó en el despacho contiguo con un manojo de papeles compuesto de unos listados, un balance en un papel tamaño A4 («Es para verlo de un solo golpe de vista, aunque la letra sale más pequeña») y un informe preliminar explicativo de las tablas confeccionado a iniciativa propia.

El Coronel, tras comprobar que no era una osada broma, dejó lo que estaba haciendo, se reclinó en su sillón de oficina y requirió a Pablo que tomase asiento. Quería charlar un instante con ese fenómeno de la naturaleza con modales más propios de un oficial del 1st the Queen’s Dragón Guards que de un clase de tropa celtibérico. Como resultado de la charla, Pablo fue liberado de todo servicio excepto guardias, insalvables debido a la escasez de efectivos (estaban llegando los reemplazos posteriores al baby boom), y se convirtió en eficaz asistente del coronel Pérez de Ozaeta, que de la misma le procuró un ascenso a Cabo Primero sin más ataduras que su mando directo y único. Se le acabó la gran vida, aunque ganó, a cambio, un buen amigo. Por esa razón, la cosa no había hecho más que empezar.

Cuando le faltaban poco menos de dos meses para licenciarse, Ignacio le propuso seguir trabajando conjuntamente más allá de esa fecha. No en calidad de furriel de lujo, como venía ocurriendo, sino con más autoridad. Había pensado en ello durante semanas, sin mucha claridad de ideas, hasta que encontró la solución en un momento de escasa inspiración: leyendo el Boletín Oficial. Las circunstancias se tornaron propicias en forma de convocatoria de plazas de ingreso en las academias militares. No tuvo que esforzarse mucho para convencer a Pablo, quien, por obra y gracia de la excedencia voluntaria, cambió su carrera de funcionario civil por la de militar. No era cuestión de preferencias, sino de lealtad (ese anhelo): entre seguir trabajando con Ignacio y volver a vaya usted a saber qué bochinche en un triste Ministerio no cabía la duda.

Para asombro más de propios que de extraños, se presentó a las pruebas de admisión, que superó (quién lo dudaría) sin dificultades y salió con el grado de Alférez para recibir formación específica durante un par de meses en la Escuela Militar de Intervención, donde adquirió la graduación de Teniente Interventor. No era difícil adivinar cuál sería su primer destino.

Así es como Ignacio pudo contar con él para la ejecución de trabajos encomendados directamente por el Jem (carraspeo con el que se referían al Jefe del Estado Mayor) siempre al margen de los trámites oficiales. De este modo organizaron con frecuencia las que denominaban operaciones de pantalla, más propias de los servicios secretos que de un centro de estudios. Asumían casi cualquier cometido sin mayores objeciones: desde supervisar la protección de delegaciones militares extranjeras hasta realizar auditorías contables en ciertas unidades con tradicional desapego al control económico. En un par de ocasiones también comprobaron algunas informaciones preocupantes y propusieron medidas sobre «algún que otro residuo del ancien régime». Todo siempre «fuera de cauce».

El caso es que un día se vieron liando el petate y volando rumbo a Mostar, con la misión de acompañar a uno de los peces gordos del Estado Mayor en la inspección que iba a pasar a las tropas españolas integradas en la UNPROFOR. El Jem le pidió al Coronel-Para-Todo que alejara a aquél adalid burócrata de las trayectorias de toda suerte de proyectiles bosnios, serbios y croatas. La estancia sería muy breve, «dos o tres días, a lo sumo». Parecía una más en la larga lista de encomiendas oficiosas, pero nada más incierto. Al principio, el Coronel no quiso mezclar a Pablo en esa guardería castrense; pero éste insistió en acompañarle, haciéndose el valiente con menos credibilidad de lo que pensaba, aunque suficiente para vencer la resistencia de su superior, a quien creía más necesitado que nunca de un brazo amigo.

Una vez en la conflictiva Herzegovina, todo fue desarrollándose en la forma prevista y sin mayores sobresaltos gracias a la experiencia adquirida por la agrupación paracaidista a que se atribuyó su seguridad. De ese modo evitaron los frentes más activos, zonas al alcance de los obuses y morteros, francotiradores, caminos sembrados de minas y demás atracciones bélicas. No vieron muertos, ni sangre, ni cementerios improvisados, ni mujeres violadas o niños mutilados. Sólo unas cuantas fachadas derruidas, muchos escombros y un puñado de caras desesperadas. De hecho, ni siquiera les instalaron en el cuartel general de Mostar, donde se habían producido algunos incidentes en días anteriores, sino cerca de Medjugorje, una posición más a retaguardia. Se veían ridículos con sus inmaculados cascos de kevlar y los flamantes uniformes de faena, comparados con los maltrechos y descoloridos que gastaban los paracaidistas.

La actuación más arriesgada prevista en el programa fue un paseo de ida y vuelta por un tramo de la carretera de Mostar a Sarajevo, que corría paralela a las posiciones serbias en el frente sur; a tal fin les hicieron hueco en los BMR de la agrupación táctica que daban escolta a los convoyes de ayuda humanitaria. Allí se llevaron un par de esos sustos que, a fuerza de repetirse, impiden llegar a disfrutar de los descuentos para pensionistas.

Uno a la ida, a la altura de Jablanica, en un puente muy elevado sobre el río Neretva; estaba semidestruido y había que cruzar con sumo cuidado a través de unas planchas metálicas. Pablo, instalado en el blindado que encabezaba la columna, pensó que se precipitaban sin remedio al vacío cuando el suboficial conductor entró en el estrecho paso como quien conduce por una autovía y llega tarde al trabajo. Ya veía los titulares de todos los periódicos en primera plana: "Joven oficial muerto en acto de servicio". Comoquiera que se sentía incapaz de articular palabra, grito o sonido alguno (lo que podía pasar por arrojo indiferente), le vino rápidamente el subtítulo: “Murió como un héroe, afrontando en silencio su destino”, afirma uno de los supervivientes. En la foto, sus padres y su hermana recibiendo la bandera plegada y toda clase de condecoraciones a título póstumo, ante la pesarosa mirada de Ignacio... Pensó en esa porción de tonterías, para su íntimo sonrojo, durante los escasos segundos que duró la travesía por las planchas.

—¿Qué le ha parecido, mi teniente? Podría hacerlo hasta con los ojos cerrados —presumió el habilidoso Suboficial Mayor.

—E-estoy seguro, pero eso mejor intentarlo el mes que viene, ¿eh? —acertó a contestar Pablo con un hilillo de voz ronca.

Ahora que si hubiera estado con sus compañeros de misión inspectora, que viajaban en el último BMR, habría mitigado su sonrojo viéndoles musitar fervorosos padrenuestros con los ojos cerrados.

El otro susto quedó para el viaje de vuelta. Fue provocado por un animoso grupo de espreskos (soldados serbobosnios en la jerga de la agrupación), que mataban la mañana repartiendo morterazos sueltos cerca de la carretera.

—Tranqui, tranqui. Lo hacen de vez en cuando para putearnos un poco, ya sabe. Pero casi nunca tiran a dar —dijo el Mayor después de la primera andanada y justo antes de que una de las granadas explotase a escasos metros de la carretera.

—¿Ca… casi nunca?

Esta escena contrastaba con la del blindado de cola, en el que el General-Sin-Miedo daba valerosos ánimos al conductor:

—¡Corra, por Dios! ¡Acelere! ¡Acelere, por lo que más quiera!



Por suerte, la cosa no fue a mayores, como había predicho el suboficial.

Sin embargo, no necesitó gran ayuda el valeroso e invicto cid a la hora de mostrar su mejor perfil ante las cámaras del Telediario, en pleno saludo espontáneo a las tropas, cuyas expresiones de choteo tomó por alegres rostros de satisfacción y camaradería. Al mismo tiempo, lejos de cualquier cámara o periodista, Pablo y su jefe chocaron palmas y se guiñaron los ojos viéndose salir de aquélla airosos y, lo que era más importante, con la anatomía completa. Eso creían.

Y creían mal, porque Némesis les aguardaba a la vuelta de la esquina. Las consecuencias del baño de gloria vía satélite no se hicieron esperar. Así, en vísperas del regreso, el miles gloriosus, inflado de ardor guerrero y conocedor ya de los menores secretos de aquella contienda, decidió «visitar el frente de verdad por mi cuenta, sin los BMR, ni acompañantes, ni nada». ¡No podían volver sin presentar un informe de semejante hazaña! Se proveyó de un todoterreno blindado con grandes UN pintadas en el techo y en las puertas, un mapa, unos prismáticos y el detente que su madre había bordado para su padre allá por el año 38, justo antes de la contraofensiva del Ebro. Como fue imposible persuadirle de aplazar la proeza hasta el próximo siglo, y habida cuenta de las órdenes recibidas, Pablo y su Coronel tuvieron que presentarse voluntarios a la excursión. Rogaron al jefe de la agrupación paraca que les asignara un guía experimentado; de lo contrario, tendrían que repatriar tres fiambres al día siguiente, con las consiguientes molestias burocráticas que ello supondría. Le tocó la china al Capitán encargado de su seguridad, como era lógico. Éste y Pablo, en contra del criterio del General-Sin-Miedo, pero cumpliendo con un elemental sentido de la precaución, fueron provistos de sendos cetmes y armas cortas reglamentarias con cargadores de repuesto.

Condujeron con gran cautela por la carretera de Trebinje y se detuvieron a la salida de Stolac, lo máximo que el guía consideró prudente avanzar. Al poco de salir del vehículo para observar desde un terraplén natural el zigzag de colinas por donde transcurría la línea imaginaria de las posiciones serbo-bosnias, se oyeron unos estampidos sordos y lejanos.

—¡Todos al suelo! ¡Al suelo! —gritó como loco el Capitán al tiempo que daba ejemplo.

Según se arrojaban al suelo unos horrísonos zumbidos revolotearon sobre sus cabezas. Poco después, una granada de mortero explotó demasiado cerca de su situación como para ser casual. Sin pensarlo dos veces, el Capitán vació el cargador de su fusil en dirección a la zona de donde intuyó que provenían los disparos.

—¡Al coche! ¡Ya, coño, ya! ¡A la puta carrera! —insistió el Capitán, obviamente contrariado.

Antes de que pudieran alcanzar el vehículo, un francotirador hizo un primer blanco en éste, y después otro.

—¡Joder! ¡Al suelo!

¿Iban a por ellos, o se estaban divirtiendo, como parecían tener por costumbre?

—¡Pero si somos neutrales! ¿Es que no ven las letras del coche? —gritaba angustiado el audaz General con la cara aplastada sobre la hierba.

Mientras reponía el cargador, el Capitán ordenó a Pablo que disparase. Este obedeció como buenamente pudo, armándose la de Dios es Cristo cuando los dos cetmes se unieron en estruendoso contrapunto. A cubierto por estos disparos, que, aunque efectuados a ciegas, debieron sorprender momentáneamente a los agresores, subieron al vehículo primero el General y detrás Ignacio, quien lo puso en marcha. Los emboscados les endosaron otra granada de mortero, que cayó en el mismo lugar, y un haz roja de trazadora cruzó por encima de ellos hacia el todoterreno.

—¡Vienen de allí! De ese saliente, ahí, en la colina de enfrente. ¡Mételes ráfaga, teniente! Ni protocolos ni hostias, o nos dan por el culo.

Vaciaron sus cargadores barriendo la zona del saliente. Después, aprovechando unos segundos de tregua, y sin necesidad de mediar palabra, se lanzaron como gamos hacia el vehículo, que salió de estampida por el camino de regreso, no sin antes ver de cerca un morterazo de despedida.

Ya fuera de peligro, con la sangre aún paralizada en las venas, Pablo trató de ocultar sin mucho éxito el persistente temblor de sus extremidades. Y pudo aguantar las náuseas gracias a que no tenía nada que echar, ya que esa mañana había sido incapaz de desayunarse (como lo sería de almorzar, horas después). Lo que no llegó a adivinar fue si la felicitación brindada por el Capitán era franca o se trataba de una simple coña debida a la pertinaz temblequera.

—Vaya tela, ¿eh? No está mal, no, pa un chupatintas. Y tranqui, que eso nos pasa a todos al principio.

Al regresar a la base de Medjugorje, recobrado el aliento y algo de color, Ignacio conferenció con el jefe de la agrupación, acordando ambos como caballeros que el «pequeño incidente» no transcendería a instancia o medio alguno, evitando entre y para todos el desagradable trance de las explicaciones reiteradas y peligrosas en la imprevisibilidad de sus consecuencias.

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—¿Qué te parece la historia? Inverosímil, ¿eh? —remachó el locuaz Cheddar— Me disculparás el lenguaje cuartelero, pero es el mismo que empleó nuestro Pablo para resaltar el pathos dramático del incidente. La verdad es que le da una pincelada de naturalismo a la narración.

—Más que eso. Me dejas de piedra —contesté sin faltar a la verdad, aunque con una pizca de exageración—. De piedra pómez.

—Al principio también a mí me costó creerlo. No es fácil imaginar al viejo Eyzaguirre limpiando el paisaje de facciosos yugoslavos fusil en mano, ¿verdad? Pues es absolutamente cierto. De todos modos, si por alguna jugada del destino le vuelves a echar el ojo, no hagas ninguna referencia al asunto, salvo que ande con al menos con media docena de Tanqueray en el coleto. No le sienta del todo bien, ¿sabes?

—Será falsa modestia.

—No, no, nada de eso. Lo que pasa es que, al recordarlo, dicen que le suele entrar cierto temblor de extremidades, y no debe de ser un espectáculo edificante.

—Me hago cargo. Esas cosas me dan mucha aprensión. De hecho, creo que necesito un reconstituyente —aseguré buscando con la vista algún camarero preservador de nuestra salud mental—. Sólo de pensarlo...

—Para mí, otro de lo mismo.

Comentarios

LA CASA ENCENDIDA ha dicho que…
Hola Fernando, es un placer leerte de nuevo y que pases por mi Casa Encendida, una verdadera alegría. Se te echaba de menos. Espero que todos bien y aguantando el tirón. Lo dicho, una alegría encontrarte!! Me suena tu relato a cosas que contaban mis hermanos y mi padre, jejejeje.
Besicos muchos.