Sábado negro


—En serio. Por nada del mundo iría a un concierto de esos. Su sola mención me da escalofríos.

Mi amigo se arrellanó y desvió la mirada hacia el ventanal frunciendo los labios con un rictus entre irónico y aprensivo. Como cada sábado, conversábamos el vermut de mediodía en la orangerie del club. Los que carecemos un abolengo rancio solemos dedicarnos en ocasiones a recordar viejos malos tiempos, a competir infructuosamente por el honor de demostrar quién de nosotros ha pasado por más penurias o a comparar la cota de pobreza desde la que partieron nuestras familias.

—Pero hombre, no me negarás que ver al viejo Paul Weller veintitantos años después no es…

—Ni Paul Weller ni el sursuncorda.

Ese nuestro ídolo juvenil ofrecía uno de sus conciertos crepusculares en la ciudad, y yo no quería dejar de sentir el desarreglo de encontrarme rodeado de cuarentones morbosos y jóvenes treintañeros hurgando en las cicatrices de aquella vida rápida, urgente, exaltada, que tan impensadamente habían —habíamos— superado antes de recalar en el remanso presente. Como tampoco dejé de intentarlo con mi amigo, aunque de sobra sabía que mi oferta de dos entradas, incluso en la zona VIP, no tenía la menor oportunidad.

—Lo que nunca he llegado a saber —alegué sin doblez— es el motivo de ese rechazo tan visceral.

Después de un sorbo de vermut, él depositó de nuevo la copa en la mesa y concluyó tajante:

—Un trauma adolescente —chasqueó la lengua antes de proseguir—: Me dirás, y me consta, que durante esa fase de maduración tan espinosa los seres humanos de este hemisferio acumulamos traumas como el avaro insaciable atesora monedas en su arcón. Sin duda. Pero algunas de esas heridas, gracias a Dios muy pocos, por alguna misteriosa razón freudiana no llegan a cicatrizar en el alma o en el cerebro y acaban acompañándote hasta el arreglo final de papeles. En mi caso, eso de los conciertos es uno de ellos.

—¿Un trauma? ¿Y a qué es debido?

—Verás… Es largo de contar.

—Tenemos tiempo.

—No sé, quizá hiera tu sensibilidad.

—Sigue.

—Bien. El asunto viene de la época del bachillerato, aquel de las siglas tan desconcertantes. Recordarás que por entonces estaba de moda organizar unas parrandas tremebundas que a alguna mente no poco retorcida se le ocurrió denominar viaje de estudios. Yo me imaginaba al estado mayor de un ejército planeando un bombardeo masivo del mismo modo en que se disponían esos viajes de estudios: se traza una X roja en un punto del mapa, la horda letal se desplaza hasta ese lugar y poco después no queda piedra sobre piedra. No sé cómo serán los de hoy, si es que aún perdura tan bárbara tradición, pero al lado de aquellas correrías las plagas de Egipto fueron tranquilas novenas de pueblo. Y el nuestro, te lo aseguro, fue particularmente devastador... Pero eso es otro tema.

»Como te decía, ese año se decidió organizar un viaje de estudios con el insensato plácet de la dirección del colegio. Entre paréntesis, debo reconocer que nuestros curas eran, a veces, tolerantes en exceso y bastante más ingenuos que nosotros. En fin... Como fácilmente se adivina, después de trazar la X roja en el mapa —siempre un lugar lo más alejado posible de todo centro cultural o civilizado—, se planteó el problema financiero. Nuestras familias podrían sufragar una parte del precio, una tercera parte o la mitad en el mejor de los casos. Se imponía buscar una fuente alternativa a los ya conocidos fraudes con papeletas de sorteos de cestas navideñas, el desfalco de los futbolines de la cantina del colegio o la sustracción cascos de botellas de refrescos y bobinas de cobre de las farolas. ¡Entonces sí que éramos emprendedores!

»La solución vino, sin embargo, de la mano de Euterpe, que por aquellos últimos años preconstitucionales se estaba soltando la melena —en el más estricto de los sentidos—. Los grandes dinosaurios musicales agonizaban al mismo tiempo que la década y el régimen, lo que provocó, ¿recuerdas?, una fiebre creadora tan incontenible como improductiva. Dabas una patada y aparecían por doquier grupúsculos de culto sacrificando cruelmente guitarras, baterías, contrabajos y demás instrumentos en pro de la inminente revolución musical. Pues bien, nuestro colegio tampoco quedó exento de la marea artística diletante, porque entre el alumnado se encontraban algunos de esos victimarios instrumentales.

»Y la idea, como toda idea adolescente, no tardó en aparecer con toda su magnificencia: podría organizarse un concierto con las bandas —y digo bien, bandas— a las que pertenecían varios condiscípulos en el pabellón de deportes del colegio, de manera que la pastizara obtenida con la venta de entradas a unos quince o veinte excesivos duros por cabeza fuera a parar al fondo del viajes de estudios, descontados los gastos de gestión y los consabidos porcentajes de apropiaciones indebidas. Los supuestos artistas desconocían la palabra caché, lo que también ayudaba. La comisión gestora se apresuró a negociar con la dirección y obtuvo la aprobación inmediata y, créeme, casi entusiasta del gremio de preceptores, demostrando su nulo conocimiento del tártaro musical naciente por entonces y una destructiva fe en el bon sauvage de Rousseau. Si se hubieran guiado por los pelos y la indumentaria de los alumnos implicados en las bandas y no en los engañosos nombres de éstas, Messiah y Yahvé, se habrían ahorrado muchos daños materiales y morales.

»A mí todo aquello solamente me inquietaba de lejos, hasta que se decidió que todos los futuros viajeros habríamos de acudir al evento como apoyo a la causa y espejo para incautos. Por lo visto, la afluencia no se presentaba masiva. Así que, con esfuerzo, tesón, engaños y amenazas al final se vendieron las doscientas cincuenta entradas del grandioso concierto.

»Llegó el día fijado, un sábado, me acuerdo perfectamente. Con una aprensión acongojada acudí a la obligada cita. Eso sí, no cometí la imprudencia de ir sólo; mis temores eran compartidos por algún que otro compañero y, entre todos, decidimos ir en grupo y filas cerradas.

»Entrar y creerme en la antesala del purgatorio fue todo uno. Colgaduras negras con calaveras pintadas, luces rojas, un equipo de sonido de aspecto neolítico y un par de artefactos que expulsaban más humo que las fumarolas del Popocatepetl nos hundieron de golpe en una realidad que no habíamos terminado de aceptar. Pero lo peor eran las varias decenas —esto es, la totalidad— de fanáticos seguidores de las bandas perpetradoras. Ya sabes, pelos hasta los tobillos, pinchos por aquí y por allá, chupas raídas —con sus esqueletos guadañeros, letras góticas y todo eso—, pantalones epidérmicos y, especialmente, ese aspecto de cefalópodos en celo que adoptan las almas cándidas cuando quieren dárselas de ángeles exterminadores... Sonríes, claro, y lo comprendo. Hoy en día esas cosas mueven a risa compasiva, pero entonces tales seres nos parecían psicópatas arbitrarios. Viéndoles moverse de un lado a otro, como depredadores al acecho, pensábamos que de allí no saldría nadie con vida. No se nos ocurría pensar que quizá su perpetuum mobile se debiera a cierta carencia de higiene corporal.

»El jefe de estudios y el prefecto de disciplina se dejaron caer por allí animosamente. Pero, al poco, sus expresiones se asemejaron a la de quien atisba un huracán en el horizonte. No nos tranquilizaron, precisamente. A esas alturas empezaban a preguntarse si Messiah y Yahvé eran, como habían presupuesto, dos de esos conjuntos musicales de orientación católico-vocacional que se propagaban como virus al amparo del Concilio Vaticano II.

»La respuesta no tardó en llegarles. Y vaya si les llegó. Los de Messiah —apelativo asaz impropio para un telonero— no sólo atacaron sus piezas, sino también los tímpanos y células nerviosas de los allí presentes con un estrépito sobrecogedor. Más que tocar, parecían querer traspasar la barrera del sonido. No, no era para tomárselo a broma. Aún hoy hay veces que me despierto por las noches bañado en sudor creyendo oír ese retumbo tenebroso. Por si fuera poco, la horda de fanáticos, con los oídos probablemente inertes, empezó a agitar sus grasientas cabelleras cual mar arbolada y a corear —es un decir— aquellos himnos insondables propios del Necronomicón. Y eso no fue lo más sangrante. No puedo evitar sonrojarme cada vez que lo recuerdo... Los demás, notando ya nuestros sentidos embotados y presos de una neurastenia infernal, empezamos a gritar desaforada, desenfrenadamente. Yo aullé con todas mis fuerzas, pero fui incapaz de percibir mi propia voz. Creí ver cómo zigzagueaban grietas en las paredes del pabellón, pero lo achaqué a un principio de delirio. Ah, muchacho, por más que lo intentara no podría ni aproximarme a describir lo que fue aquello.

»En fin, no es que quiera disculparme, pero comprende que teníamos unos quince años. Tú y yo somos padres de adolescentes y no hace falta que matice. Un quinceañero es un sicario de sí mismo. Dale un arma —siquiera dialéctica— y un poco de munición y no tardarás en contemplar el desastre. Entonces, ¿qué se podría esperar de unos doscientos cincuenta apelotonados en un recinto cerrado?

»Bueno, a lo que iba. Los mesiánicos agotaron su repertorio, consistente en tres supuestas canciones —si bien pienso que era una sola, de la que hicieron dos bises, pues la barahúnda monocorde se repetía hasta la náusea—. El arsenal fue cedido a los esperados Yahvé. Buff... ¿Cómo seguir? Para ese momento todos los presentes nos habíamos convertido en una masa de zombis sordos y roncos esperando el advenimiento del macho cabrío. Y la aparición del cuarteto —o quinteto o sexteto o qué se yo cuantos eran, soy incapaz de recordarlo— supuso una mera continuación de la misa negra. Eso para nosotros, porque hubo quien salió mal parado con el relevo. El director y otros dos padres de almas, al escuchar semejante estruendo, habían acudido al lugar de los hechos creyendo que el pabellón se estaba derrumbando en llamas o algo peor, e intentaban hacerse una composición de lugar ante el ante el panorama apocalíptico que sus ojos les mostraban. Fue en el mismo momento en que los de Yahvé iniciaron su ofensiva.

»”¡Soy Satanás!”, bramó con inaudita potencia un sujeto desgarbado, envuelto en una capa negra y con la melena de Absalón bailando alrededor, que corría por el escenario arrastrando consigo el micrófono como una fiera enjaulada. Aquella sustancia semoviente resultó ser el vocalista y líder de la banda. ”¡Soy Satanás!”, volvió a rugir, si cabe con más fuerza, en medio de un enloquecedor retumbo producido por los ejecutantes que en alguna dimensión desconocida podría ser tenida como música. Y qué decir del obsesivo juego de luces: el sueño de cualquier torturador.

»Uno de los religiosos recién llegados, el padre Facundo, si no recuerdo mal, cayó lentamente al suelo boqueando y agarrándose el pecho con una mano, mientras otros dos intentaban sujetarle pidiendo a gritos —inaudibles— una ambulancia. El jefe de estudios fue en busca de ayuda. El director tomó el pulso al caído y meneó la cabeza funestamente. Aun sin considerarme un filántropo, he de decir que la escena me conmovió. Me conmovió y también disparó la alarma que resistía intacta en algún pequeño reducto de mi consciencia. De alguna manera supe que era urgente largarse de allí cuanto antes, y así lo hice junto con un par de compañeros todavía capaces de andar por sí mismos. Eso nos salvó de un daño cerebral irreparable.

»”¡Soy Satanás!”, eran las únicas palabras inteligibles que rasgaban el aire entre estrofa y estrofa. Palabras que empecé a oír cada vez más débilmente, según me alejaba corriendo del inicuo epicentro. Ya lejos, giré la cabeza una sola vez hacia el pabellón, y me dio vértigo: fue como asomarse al abismo del fin del mundo. Vas a pensar que sigo exagerando, pero hasta me pareció ver el edificio balanceándose entre destellos de luces imposibles y un fragor semejante al de un volcán a punto de entrar en erupción. Por supuesto que ese día —ese y otros muchos posteriores— no pude dormir, encadenando una pesadilla tras otra. Mis padres, al verme, quisieron llevarme al dispensario de la Cruz Roja. Imagínate mi estado.

»El desastre fue inevitable, como estarás adivinando. Nada más atacar la segunda pieza, el equipo de sonido, con sus milenios a cuestas, explotó. Sí, amigo mío, se fundió, reventó entre un diluvio de chisporroteos que derivaron en llamas. La turba de zombis volvió a la vida huyendo despavorida en un remolino de empujones, alaridos y pisoteos. El escenario, los instrumentos y el resto del equipo regresaron a las cenizas. Y, por cierto, las grietas que creí producto de la neurosis se revelaron reales. De un dedo de grosor. El pabellón no fue declarado en ruina, pero tardó algún tiempo en ser desprecintado por las fuerzas de orden público. Esa noche hubo mucho gasto de agua oxigenada, mercromina, vendas, tiritas y frascos de sales, pero, por suerte, no hubo que lamentar mayores desgracias personales. Sólo el padre Facundo y Satanás fueron hospitalizados. Aquél salió de su angina de pecho en pocos días —aunque su cabeza nunca volvió a ser la misma—, y éste sufrió quemaduras de segundo grado al prender su capa por efecto de una lluvia de chispas.

»¿Las consecuencias? Tampoco se hicieron esperar. O quizá represalias fuera el término más exacto. Al lunes siguiente, en el patio donde formábamos para entrar a las clases se hizo la división por categorías: inductores, autores materiales, sospechosos y meros asistentes a la orgía sabática, y se les separó del resto. Para que te hagas una idea, tú que entiendes de pintura, ¿te acuerdas de ese cuadro que está en El Prado y siempre sale en los libros de Historia del XIX, el Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros? ¿Sí? Pues la escena era igual. No es que nuestros curas fueran intolerantes; ya he dicho que, más bien, todo lo contrario. Sin embargo, comprenderás que una cosa es practicar la tolerancia y otra muy distinta reconstruir el drama de Sodoma y Gomorra en tu propio colegio. Hubo castigos de lo más variado y ejemplar, cuya peor parte se los llevaron los miembros de la comisión gestora del viaje de estudios —obligados a dimitir in continenti—. Castigos de los que, por cierto, me libré gracias a aquel segundo de lucidez que me impelió a escapar de la quema.


La mirada de los mil metros se había fijado en el rostro de mi amigo. Al cabo de un buen rato, concluyó:

—No, nunca me verás frivolizar con esas cosas. ¿Qué tal otro vermut?

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